Francia

Todo al traste por un detalle

Francisco Leonarte
Offenbach, La vie parisienne. Regie de Lesort
Offenbach, La vie parisienne. Regie de Lesort © 2026 by Thomas Aumouroux / Théâtre du Châtelet
París, domingo, 14 de junio de 2026.
Théâtre du Châtelet. La vie parisienne, opéra bouffe en quatre actes. Música, Jacques Offenbach. Libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy. Puesta en escena, Valérie Lesort. Escenografía, Eric Ruf. Trajes, Vanessa Sannino. Coreografía, Rémi Boissy. Luces, Pascal Laajili. Prótesis, volúmenes y marionetas, Carole Allemand y Valérie Lesort. Efectos sonido, Dominique Bataille. Creación sonora, Stéphane Oskeritzian. Con la troupe de la Comédie Française: Véronique Vella (Pauline), Elsa Lepoivre (Métella), Serge Bagdassarian (le brésilien), Christian Hecq (Baron de Gondremark), Nicolas Lormeau (Prosper/Gontran), Jérémy Lopez (Frick), Raoul de Gardefeu (Benjamin Lavernhe), Yoann Gasiorowski (Baronne de Gondremark), Marie Oppert (Gabrielle), Sefa Yeboah (Joseph/Alphonse), Baptiste Chabauty (Bobinet), Mélissa Polonie (Urbain/l'employée). Coro, Ensemble La Marquise. Directora de coro, Lucie Rueda. Orchestre de Chambre de Paris y Frivolités Parisiennes. Dirección musical, Alexandra Cravero
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Por la inteligencia y la lucidez de su libreto, por su música que siempre nos engancha, La vie parisienne es un título incombustible. Especialmente en París. Basta confiar en las bromas ideadas por Meilhac y Halévy, basta seguir su trama lo más fielmente posible, basta cantar con sentido (no son necesarias grandes voces pero sí buenos intérpretes) y mantener la vivacidad musical, para que las representaciones sean un gran éxito. Y así está ocurriendo en el Théâtre du Chatêlet estos días.

La directora de escena, Valérie Lesort, toma como presupuesto que los hombres son todos unos cerdos y las mujeres todas unas gallinas 1. De tal suerte que los intérpretes llevan en la cara prótesis que los caracterizan como uno u otro animal. Es también notable el trabajo corporal, el cruce entre el animal y el humano ridículo, efectuado por todos los miembros de la Comédie Française (admirable en ese sentido el trabajo de Christian Hecq como barón de Gondremark) y del coro La Marquise. Al parecer el taller efectuado con Cyril Casmèze ha dado buenos frutos. Tal vez en algún momento de la representación parezca innecesario insistir sobre tales comportamientos animales, pero fuerza es reconocer que la idea tiene sentido 2 y que en general es generadora de gags que refuerzan el libreto original sin entorpecer la acción.

Los trajes también son una mezcla entre la caracterización animal y la moda de los años 1860. En cuanto a los decorados de Éric Ruf, son eficaces y evocadores, cumpliendo con las exigencias del libreto. Menos nos convenció la coreografía, con movimientos y vestuario que hacen pensar en establecimientos de cabaret típicamente parisinos (Moulin Rouge, Follies Bergère, …) sin ningún valor añadido.

Musicalmente, la orquesta está compuesta, al parecer, por miembros de la Orquesta de Cámara de París y de Les Frivolités Parisiennes. En cualquier caso parecen entenderse bien, sin que se noten desajustes entre los conjuntos. Alexandra Cravero los dirige con brío: sin sutilezas, pero con brío. Y con sentido teatral. Y es lo principal. La vie parisienne forma parte de las operetas gamberras. Poca sentimentalidad, pocos matices. De la burla al sexo pasando por la ebriedad, todo aquí ha de ser gozoso. Así que Cravero da en el clavo con su orquesta veloz y risueña.

El coro La Marquise, compuesto en total por apenas dieciséis miembros, cumple con eficacia.

En cuanto a los cantantes, Offenbach compuso la obra no para cantantes sino para actores (exceptuando el papel de Gabrielle, cantado en su día por Zulma Bouffar). Nos parece muy bien pues que sean los actores de la Comédie Française quienes se encarguen de los diferentes papeles.

Sólo que...

En tiempos de Offenbach no existía la sonorización (eran tan anticuados que ni siquiera tenían teléfonos móviles, ¡ya ven ustedes!). Tal vez formara parte de la técnica de actor el aprender a impostar la voz, técnica que tal vez hoy no todos los actores manejen con soltura. Tal vez fuera en el Palais Royal del estreno la orquesta más pequeña que la que en estas representaciones ocupa el foso del Teatro del Châtelet. Pero de una forma u otra, los actores del Palais-Royal para quienes Offenbach compuso, no recurrían a micrófono alguno.

¿Era pues menester que los actores actuales fueran sonorizados? ¿Son más torpes que los de 1867? 

Sea como fuere, la sonorización crea un efecto metálico, artificial, al que quien esto escribe no logró (y sigue sin lograr) acostumbrarse. Es el detalle que todo lo echa al traste.

Espero que no cunda el ejemplo. 

Notas

1. En este sentido, recordemos que «une poule de luxe» («una gallina de lujo») significa en francés una prostituta de lujo, una cortesana. Recordemos también en español la poco elegante expresión «ser más p--- que las gallinas».

2. Queremos decir que la idea de considerar a los hombres como cerdos y a las mujeres como gallinas tiene sentido en relación con el texto de Meilhac y Halévy, muy connotado sexualmente. Fuera de este contexto, por supuesto, no creemos que el mundo real esté compuesto sólo de hombres perpetuamente obsesionados y de mujeres perpetuamente dispuestas a .

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