Que
una producción operística es un organismo vivo no se le escapa a ningún
aficionado, ni que se transformen las energías o las reacciones del público
cada noche. Lo que en un estreno comienza a florecer puede adquirir matices tan
diversos hasta llegar a la última función que merece la pena, aunque sea de
manera extraordinaria, registrarlo. Y si ese título es Aida, el
experimento se convierte en un auténtico placer para quien esto escribe, por la
predilección que siente por este y por la oportunidad, que no siempre se
presenta, de haber podido asistir a varias representaciones, desde el estreno (20
de junio) hasta la última noche (28 de junio).
Mil
veces se ha escrito que, tras su aparente grandiosidad, se esconde una obra de
incontestable intimidad -y no por ello la afirmación pierde vigencia, fuerza o
un ápice de verdad al…
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