Que una producción operística es un organismo vivo no se le escapa a ningún aficionado, ni que se transformen las energías o las reacciones del público cada noche. Lo que en un estreno comienza a florecer puede adquirir matices tan diversos hasta llegar a la última función que merece la pena, aunque sea de manera extraordinaria, registrarlo. Y si ese título es Aida, el experimento se convierte en un auténtico placer para quien esto escribe, por la predilección que siente por este y por la oportunidad, que no siempre se presenta, de haber podido asistir a varias representaciones, desde el estreno (20 de junio) hasta la última noche (28 de junio).
Mil veces se ha escrito que, tras su aparente grandiosidad, se esconde una obra de incontestable intimidad -y no por ello la afirmación pierde vigencia, fuerza o un ápice de verdad al reformularse-, así que se necesita un director musical inteligente y sensible, cuya visión traspase la de lo espectacular para revelar una arquitectura sonora que haga aflorar el drama intemporal lleno de matices, sutilezas y contradicciones. Daniele Callegari mostró con su idiomática lectura un control de las dinámicas muy acertado, supo atender a las voces y consiguió plasmar mucho de lo que se espera al escuchar la partitura quizás más brillante de Giuseppe Verdi.
A lo largo de la pasada semana, fue apreciable la evolución de una ROSS que se encuentra cómoda en el foso, y en un repertorio del XIX que tanto frecuenta. Se ganó en cohesión y se consiguió, especialmente la noche de tercera función, ese sonido flexible, necesario en tercer y cuarto acto. Notable fue la homogeneidad de cada sección, exponiéndose con claridad cada plano en ese gran equilibrio sonoro que debe ser Aida.
Hizo lo propio el coro del Maestranza. Su entrega es indiscutible -si se atiende a la interacción, se aprecia demás una especial sintonía entre muchos de los integrantes-, y el trabajo de su director, Íñigo Sampil, se percibe en la manera en que se van trabajando los reguladores. Son muchos los requerimientos técnicos de esta partitura en el plano coral, y se cumplió con la mayoría de ellos.
De todo lo anterior, ya se desprende que el nivel musical de estas funciones ha sido muy satisfactorio, toca ahora dedicarse al desempeño de los solistas.
En primer lugar, se destaca el de la mezzosoprano Ketevan Kemoklidze, cuya relación con el Maestranza empezó diez años atrás con una gran Jane Seymour de Anna Bolena y continuó con uno de sus roles más frecuentados, Carmen. Subiendo escalones en cuanto a dramaticidad, la cantante nos trajo otro de sus papeles más celebrados hoy, y la total entrega de su Amneris es digna de elogio, pues es lo que esperamos de un complejo personaje que transita la sensualidad, la furia y el arrepentimiento. Desde aquella más ligera belcantista tercera esposa de Enrique VIII la voz ha evolucionado, ganando potencia y robustez. Se crecía velada a velada con la electrizante escena del juicio y no se le escapó matiz que amplificar. Inteligente para salvar escollos, ganó en comodidad y desenvoltura -quizás fuera quien más construido tuviera el rol desde el estreno- y la función del 26 de junio se saldó con una gran ovación que esperamos sirva como puerta a un próximo regreso.
Su rival en escena, Marigona Qerkezi, mostró gran musicalidad, y la desenvoltura que fue ganando con las funciones -en el estreno pecó quizás de cierta prudencia en algunos momentos clave y estatismo en lo actoral- la llevó a redondeado una recreación sobresaliente. Los medios, que la sitúan entre lírica y spinto, más cerca de esta que de aquella tipología sin serlo al cien por cien, son ideales y muy maleables, y, por ello, con una generosa proyección siempre impecable, es capaz de doblegar su imponente instrumento con maestría.
Alejandro Roy acusó asimismo notable evolución. Ya desde sus primeras notas el día del estreno se evidenció el arrojo. Un instrumento que se ha ido construyendo con inteligencia a lo largo de los años y que le ha permitido pasar de roles más ligeros a otros más comprometidos como este, ganando cuerpo, metal y apabullando en volumen. Las costuras se mostraron a la hora de matizar y doblegar el sonido, y eso fue puliéndose, con un dúo final junto a Querkezi de acentos más variados y ricos durante la última función de la serie, el pasado domingo. No muchos tenores españoles pueden presumir de haber pisado las tablas del Metropolitan con Calaf o Radamès, celebramos que vuelva la próxima temporada.
Las voces graves se colocaron en un cierto segundo plano ante estos tres grandes protagonistas, con cantantes que mostraron, eso sí, dedicación. Rotundidad especialmente en el caso de Insung Sim como Ramfis. Bella voz la del joven barítono Ernesto Petti, que debutaba el rol de Amonasro, aquí más atormentado que impulsivo guerrero y siempre dicción clara y maneras idiomáticas.
Néstor Galván -implicado mensajero- y Patricia Calvache -inspirada sacerdotisa- aprovecharon bien sus breves intervenciones para mostrar unos mimbres que pueden dar más juego en el futuro encima de las mismas tablas.
Y para finalizar, una puesta en escena que busca la abstracción y que retoma la estética -con las proyecciones, el juego contrastado de luces, las acrobacias y la mayor atención al movimiento de masas que a la creación de personajes- preferida últimamente por Paco Azorín, muy en consonancia con la reciente Medea de Madrid o el Sansón de este mismo teatro. Quizás por un fallo técnico, quizás por decisión del director, en la última noche se comenzó con el público en silencio y a oscuras, lo que posibilitó entender mejor el guiño temporal disparador del espectáculo. Y mención final para el virtuoso funambulista David Marco, al que se le otorga el privilegio de la omnipresencia, como una especie de viajero del futuro y espectador de una trama que pretende manipular.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios