Desde el inicial Ave María,
atribuido durante décadas a Vavilov, la guitarrista dejó patente un sonido de
gran limpieza, un punto impersonal pero cuidadosamente pulido y siempre
controlado. Esa misma cualidad presidió la versión del Preludio y fuga
n.º 15 BWV 884 de Bach, trasladado al instrumento con notable naturalidad y
resuelto con una técnica segura, articulación nítida y un apreciable equilibrio
entre las distintas voces. Sin embargo, esa búsqueda de la perfección formal
acabó proyectando una impresión de cierto distanciamiento expresivo, una contención
que impedía que la música terminara de desplegar toda su capacidad
comunicativa.
La excepción, y también el punto
culminante de la velada, llegó con el bloque dedicado a Manuel de Falla en el
año del ciento cincuenta aniversario de su nacimiento. El Homenaje. Pour le
tombeau de…
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