España - Andalucía

La impecable y contenida guitarra de Guzmán

José Amador Morales
María Esther Guzmán
María Esther Guzmán © 2026 by Rafa Alcaide / Festival de Guitarra de Córdoba
Córdoba, domingo, 5 de julio de 2026.
Teatro Góngora. María Esther Guzmán, guitarra. Vladimir Vavilov: Ave María. Johann Sebastian Bach: Preludio y fuga n.º 15 BWV 884. Manuel de Falla: Homenaje a la tumba de Debussy; Romance del pescador; Canción del fuego fatuo. Joaquín Rodrigo: Preludio al atardecer; Invocación y danza. Isaac Albéniz: Córdoba. Astor Piazzolla: Adiós Nonino. Ennio Morricone/M.ª Esther Guzmán: Fantasía sobre temas de “La Misión”. 45 Festival Internacional de la Guitarra de Córdoba.
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Desde el inicial Ave María, atribuido durante décadas a Vavilov, la guitarrista dejó patente un sonido de gran limpieza, un punto impersonal pero cuidadosamente pulido y siempre controlado. Esa misma cualidad presidió la versión del Preludio y fuga n.º 15 BWV 884 de Bach, trasladado al instrumento con notable naturalidad y resuelto con una técnica segura, articulación nítida y un apreciable equilibrio entre las distintas voces. Sin embargo, esa búsqueda de la perfección formal acabó proyectando una impresión de cierto distanciamiento expresivo, una contención que impedía que la música terminara de desplegar toda su capacidad comunicativa.

La excepción, y también el punto culminante de la velada, llegó con el bloque dedicado a Manuel de Falla en el año del ciento cincuenta aniversario de su nacimiento. El Homenaje. Pour le tombeau de Debussy encontró una lectura particularmente sugerente, cuyos contornos deliberadamente difuminados reflejaron con acierto el trasfondo impresionista de la pieza, muy atenta a las gradaciones tímbricas y a la riqueza de las resonancias. En el Romance del pescador, en la histórica transcripción de Miguel Llobet, Guzmán logró un admirable equilibrio entre lirismo y naturalidad, mientras que la Canción del fuego fatuo constituyó, probablemente, el momento más brillante del recital gracias a un ritmo perfectamente ajustado, una transparencia ejemplar en las líneas melódicas y una luminosidad sonora que permitió apreciar toda la refinada escritura de la pieza.

También resultó muy atractivo su acercamiento a Joaquín Rodrigo, homenajeado igualmente en el ciento veinticinco aniversario de su nacimiento. Tanto el evocador Preludio al atardecer como, sobre todo, Invocación y danza fueron abordados desde una óptica más introspectiva que virtuosística, buscando el canto interior antes que el efectismo y encontrando aquí una intensidad expresiva superior a la mostrada en el resto del programa.

Las transcripciones finales -Córdoba, de Albéniz; Adiós Nonino, de Piazzolla; y la fantasía sobre temas de La misión, elaborada por la propia intérprete a partir de la celebérrima banda sonora de Morricone- volvieron a poner de manifiesto tanto su dominio del instrumento como su interés por enriquecer las posibilidades del repertorio guitarrístico.

La entusiasta ovación del público obtuvo respuesta en un bis de indudable atractivo: el célebre Libertango de Piazzolla, servido con la acostumbrada pulcritud por la intérprete sevillana. 

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