España - Madrid

Los Estunmen: experimento con fogueo

Germán García Tomás
Los estunmen
Los estunmen © 2026 by Teatre Lliure / Teatros del Canal
Madrid, sábado, 6 de junio de 2026.
Teatros del Canal (Sala Roja Concha Velasco). Los Estunmen. Ópera contemporánea. Música: Fernando Velázquez. Libreto y dirección: Nao Albet y Marcel Borràs. Escenografía: Max Glaenzel. Vestuario: Sílvia Delagneau. Iluminación: Andreu Fàbregas. Intérpretes: Óscar Dorta, Carlos Robles, Óscar Pérez, Nao Albet, Marcel Borràs, Núria Lloansi, Marc Padró, Mael Borràs-Clotet, Cadmi Albet-Tamarit Cantantes: Sandra Ferrández (mezzosoprano), Gabriel Díaz (contratenor), Vicenç Esteve Madrid (tenor), José Ansaldi (tenor), Josep Ferrer (bajo). Especialistas: Daniel Domínguez, Andreu Kreutzer, Ander Muñoz, Adrià Rosell, Pablo Sacristán, Emiliano Sosa, Nativo Suárez y Yeray Vesga. Joven Orquesta Nacional de España (JONDE). Dirección musical: Fernando Velázquez. Estreno en la Comunidad de Madrid.
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Los Estunmen, segunda parte de una trilogía temática que pone en diálogo prácticas de la Antigüedad con códigos de la modernidad, supone la primera creación operística de la pareja artística formada por Nao Albet y Marcel Borrás, una pareja de transgresores y polifacéticos artistas catalanes que se han estrenado en el género como dramaturgos y actores rindiendo un indisimulado homenaje a los conocidos como stunts o especialistas (castellanizados Estunmen), los profesionales que en el cine de acción afrontan escenas de alto riesgo y que resultan invisibilizados en la gran pantalla frente a las estrellas del reparto.

Precisamente la singular dramaturgia de esta nada usual creación teatral, atravesada de principio a fin por un ritmo vertiginoso entre saltos mortales, piruetas, llamaradas, disparos o vehículos de todo tipo en escena, se concibe desde la más pura espectacularidad de los propios dobles de acción, que cuentan abiertamente al público sus experiencias personales y las razones o motivaciones que les han llevado a elegir su peligrosa profesión.

Si este constructo teatral fuera solamente eso, se trataría de una sucesión de testimonios con el elemento visual como protagonista, pero lo que se nos quiere contar de fondo es otra cosa: una durísima y escabrosa historia que se ve apoyada en la escenografía sobria y opresiva de Max Glaenzel.

El hijo de Angelina provoca una matanza en un centro educativo antes de suicidarse, lo que llevará a su madre a dejarse arrastrar por la visceralidad y las ansias de venganza contra la sociedad que la rodea. Enfrentada a su resignado marido y en un viaje sin retorno, una huida hacia delante, por el camino se encontrará con la galería de especialistas, que la darán las claves y consejos para consumar su acción, mientras que en su cuerpo van aflorando los efectos de la testosterona y la vigorexia.

Esto da a los dos autores y libretistas, caracterizados como laureados “narradores a la usanza romana, en una extraña mezcla entre corifeos y comentaristas de la acción, carta blanca para establecer desde esos referentes mitológicos y modelos estéticos de la Antigüedad clásica toda una reflexión sobre la realidad del héroe contemporáneo en un auténtico cajón desastre denominado “ópera contemporánea” que mezcla sin frontera ni transición alguna música, canto declamado, palabra, exhibición cinematográfica y cierto aire performativo.

El rol de género se cuela sin pudor en las proclamas de estos dos presuntuosos y acomplejados filósofos del siglo XXI que, antes de autoinmolarse, no dudan en jugar a un videojuego en primera persona donde se visiona la destrucción de la sala y todo el edificio de los Teatros del Canal que alberga el espectáculo: la violencia extrema que detenta la musculosa Angelina se asocia al hombre con una serie de gratuitos tópicos y superioridades morales beligerantes con el sexo masculino que llevarán finalmente a la contrición de la protagonista con una especie de redención por el amor a través del fuego, una evocación wagneriana que representa el especialista que se quema a lo bonzo, tras el colectivo arsenal de efectos sonoros y visuales por todo el escenario que rompe la cuarta pared -entre ellos un aria de armas de fogueo-.

En medio del humor irónico tan característico de los dos autores, del que la escena dedicada a ridiculizar la apología de la violencia y las excentricidades sexuales de Quentin Tarantino es el summun de la mordacidad macabra, la sensación general es de caos argumental, no hay linealidad ni hilación alguna en la concatenación de hechos que se nos están presentando, algo que, a pesar de todo, a los encantados espectadores no pareció importarles lo más mínimo, jaleando sin cesar el despliegue de habilidades visuales.

Todo en Los Estunmen es hipérbole y sin ningún tipo de anestesia: lo es el canto de Angelina, encarnada espléndidamente con una variedad imaginativa asombrosa de extremos matices por la mezzosoprano Sandra Ferrández, desdoblada en la actriz Núria Lloansi, descarnada y vibrante en escena, y el tenor Vicenç Esteve, que resiste con temple rozando peligrosamente los límites de su tesitura. Lo es el ambicioso y abundante texto, que resulta cargante y excesivo, diluyendo la comprensión de situaciones concretas.

Y a pesar de ser un aval, el exceso llega hasta la propia música de Fernando Velázquez, cuyo experimentado oficio cinematográfico subraya y acompaña desde el foso con la disciplinada JONDE la discontinua trama a modo de melólogo o melodrama, generando sensaciones agobiantes sin renunciar a la insoslayable épica con una escritura vocal que denota los muchos vicios del declamado asimétrico actual, transmutándose camaleónicamente, eso sí, con pericia, en estilos y referencias del pasado como el aria barroca del contratenor a la manera de Haendel con un brillantísimo Gabriel Díez en la coloratura, o un arioso a lo Parsifal con heroicos y aguerridos tintes vocales a cargo del tenor José Ansaldi. Cantantes todos ellos doblados en técnica play-back por actores que son su sombra, aunque en el caso de Angelina es la propia actriz la verdadera catalizadora de la acción, relegando a la cantante el papel de alter ego que aporta el contrapunto dramático-musical.

Los creadores de Los Estunmen son especialistas en experimentos no con gaseosa, sino con armas de fogueo. Para muestra, un botón. 

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