Ópera y Teatro musical

El hastío y los milagros

Enrique Sacau
Nixon in China, producción de Peter Sellars Nixon in China, producción de Peter Sellars © 1987 by Houston Grand Opera
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Tomo más de 100 aviones al año. Cada semana mientras espero miro por los ventanales de los grandes aeropuertos de Europa y me maravillo. Oigo de fondo las quejas de los pasajeros en la cola de seguridad y por los retrasos y las cancelaciones. Y no lo entiendo. 

Que los aviones lleguen a tiempo (y la inmensa mayoría lo hacen) es un milagro técnico, logístico y de voluntad que me reconcilia semanalmente con la civilización. Me recuerda lo que es posible cuando, dejando al lado excesos ideológicos, trabajamos con el objetivo común de hacer posible lo imposible. Los hastiados pasajeros no lo ven así. 

Me pasa cada vez más en la ópera lo que me sucede con los aviones y me resisto al hastío que veo en algunos espectadores. Un hastío que, dado que voy a la ópera 40 ó 50 veces al año, y que me acerco al medio siglo de vida, esperaba experimentar yo también y que afortunadamente me elude. Cuanto más aeropuertos piso y más aviones tomo, más optimista me vuelvo. De forma similar, cada vez más frecuentemente, salgo del teatro con una sonrisa de oreja a oreja. 

El hastío no tiene nada que ver con la puntualidad del avión ni con la calidad de la ópera, sino con la incapacidad que tenemos de maravillarnos como la primera vez: la emoción y los nervios del primer viaje y la sorpresa del sonido único de la voz lírica son difíciles de reproducir. Con el tiempo y la repetición, vamos al teatro con la versión perfecta en la cabeza, la que hemos escuchado en vivo o en disco y la que hemos imaginado haciendo un collage imposible de memorias reales e inventadas. Buscamos a veces algo nuevo, un droga distinta y mejor (una escenografía, una voz) pero cada vez es más difícil. Sucede así a los heroinómanos, que se pasan la vida buscando reproducir en vano el primer viaje.

He pensado mucho en esto durante las últimas semanas en que he ido a ver Nabucco en La Scala, Trovatore en el Real, y Puritani (¡qué suerte poder ver esta ópera en directo!) y Bohème en Covent Garden. 

Podría escribir cosas horrendas de esto o aquello y si fuese crítico musical lo haría, pero mi sensación al salir del teatro es, cada vez más, de alegría al pensar que una cosa tan difícil se pueda hacer tan bien, y maravillado de que siga interesándome asistir, de que no me importe (de hecho, que me alegre) de no ser el joven impresionable que fui asistiendo a mi primera Tosca, siempre con una sensación de oportunidad como cuando emprendemos la aventura del viaje: con retrasos, pesados que ralentizan la fila, gente maleducada y cancelaciones. O, para ser más específico, sopranos que desafinan, producciones absurdas y directores lentos, todos parte de la experiencia homérica del viaje. Bendito milagro. 

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