Michael Spyres, que interpreta al Emperador en la producción de La mujer sin sombra de Strauss que ha presentado el Festival d’Aix-en-Provence este verano, ha querido ofrecer también un recital liederístico, repertorio al que se ha ido progresivamente acercando en los últimos tiempos, y debo decir que ese acercamiento no puede ser más feliz.
Si tras escucharle como Emperador albergué alguna duda, fue porque la voz me sonó completamente operística, llena, muy resonante, y no pude evitar temer encontrarme ante el nada infrecuente caso de cantante de ópera al que le “sobra la voz” cuando se acerca al mucho más íntimo territorio del lied.
Pero desde los primeros compases quedó claro que los prejuicios son muy malos, y que Spyres es un consumado liederista. Su voz, efectivamente, es brillante y con una enorme proyección, pero es perfectamente capaz de adecuar su volumen al repertorio, y su estilo resulta natural, transmitiendo emoción de una manera muy directa. Capaz de atronar al auditorio en los momentos forte, sus piani en el registro agudo son realmente hermosos. Y su manera de declamar el texto consigue momentos realmente conmovedores.
A su lado, más como cómplice que como acompañante, Mathieu Pordoy encarnó a la perfección aquello tan repetido de que el piano en el lied no se limita a acompañar, sino que es tan responsable de transmitir la poesía como el texto. Sutil, elegante, expresivo, aquello fue una fiesta de dos amigos haciendo buena música.
Comenzaron con los Cinco lieder para una voz femenina, de Wagner, o como todo el mundo los conoce, los Wesendonck Lieder. Wagner los compuso sobre textos de Mathilde Wesendonck mientras trabajaba en Tristán e Isolda, y de hecho alguno de ellos fue considerado por el autor como un estudio para la mencionada ópera. Spyres demostró desde el primer momento lo que mencionaba antes: su voz, con potencia suficiente para llenar un gran teatro, también es capaz de acariciar el oído en un recinto mucho más pequeño, con medias voces en Im Treibhaus y ambiente cautivador en el último, Träume.
Siguieron los Lieder eines fahrenden Gesellen, de Mahler, ese pequeño paseo por el amor y la muerte que emocionó al público con una lectura precisa y contenida, magnífica.
Y de Mahler a Strauss, el op. 27, que termina con Morgen!, uno de los lieder más conocidos y queridos por el público, que terminó sobrecogido con la intensidad y la pura emoción que supo transmitir Spyres.
Concluía el programa con Korngold: Unvergänglichkeit (Inmortalidad), Op. 27. Un ciclo de canciones que no conocía, y que resultaron un final perfecto para complementar a Wagner, Mahler y Strauss en un interesante recorrido cronológico desde el pleno romanticismo al postromanticismo.
Una propina de Berlioz, compositor favorito de Spyres según él mismo manifestó, y una última vuelta al origen del lied con An die Musik de Schubert, remataron la brillante velada.
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