Reino Unido

Tsunami wagneriano

Agustín Blanco Bazán
Pappano dirige «Tristan e Isolda»
Pappano dirige «Tristan e Isolda» © 2026 by Mark Allan / Barbican Center
Londres, domingo, 12 de julio de 2026.
Sala de conciertos del Barbican. Tristan e Isolda, drama musical en tres actos con libreto y música de Richard Wagner. Versión de concierto. Clay Hilley (Tristan), Sara Jakubiak (Isolda), Marina Prudenskaya (Brangaene), Franz-Josef Selig (Rey Marke), Gyula Orendt (Kurwenal), Neal Cooper (Melot), Michael Gibson (marinero/pastor), y James Emerson (Timonel). Coro Sinfónico de Londres y Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de Antonio Pappano.
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Con una orquesta mejor que la que le había tocado en el Covent Garden años atrás, y sin los obstáculos que tan frecuentemente ocasionan las malas producciones, Antonio Pappano inauguró con la Sinfónica de Londres un Tristán e Isolda excelentemente cantado. Su interpretación fue en este caso arrolladora, tal vez excesivamente enfatizada, pero de superlativa variación cromática y de dinámicas y acabado detalle orquestal.

Los sforzando del famoso “acorde de Tristan” al comienzo, y los que acompañan la presentación de este héroe tan inseguro y huidizo ante Isolda en el primer acto, fueron graduados como para cortar la respiración de cualquiera, bien de acuerdo con el ahogo de esa Isolda que en medio de su histeria inicial pide desesperadamente aire (“Luft! Luft!”). Y similarmente intensa emergió la sombría nota grave de clarinete apoyado en cuerdas al final del preludio, justo antes de la canción a capella del marinero.

Fue con contrastes como este que el carácter premonitorio de la obra se desató progresivamente a través de esos angustiosos interrogantes que solo encuentran respuesta cuando aquellos ansiosos “Luft” logran rimar con ese “Lust” (deleite) de suprema transcendencia que finalmente nos Isolda nos arroja al final de la obra.

En medio del tsunami desencadenado por Pappano nadó la Isolda de Sara Jakubiak, una soprano lirico dramática de timbre brillante e impostado con una solidez de acero que permite compararla con Helen Traubel. En lugar del reflexionado distanciamiento con que muchas sopranos cantan la transfiguración final, Jakubiak decidió protestarla como un alegato espetado al público con apasionado dramatismo: “¡Mírenlo amigos!... ¿no ven como resplandece?... ¡mírenlo!…”

Así canto Jakubiak su primera Isolda, después de los dos otros debuts de este año, el de Lisa Davidsen en Barcelona y el de Malin Byström en Amsterdam. Tal vez un poquitín menos de pasión, y un fraseo más intensamente articulado en pasajes que piden más mezzopiano que forte sean requerimientos a cultivar por esta formidable soprano en el afianzamiento de un rol cada vez más insondable cuando más se lo interpreta.

La Brangaene de Marina Prudenskaya no se quedó atrás en intensidad y robustez dramática y desafió los extremos estados de ánimo de su ama con asertivos parlando y una expresividad segura en su confrontación del primer acto y su desesperada plegaria en el segundo.

El tercer gran cantante, y también el más completo por su calidez de timbre, fraseo e interpretación dramática fue Franz-Joseph Selig. Es raro escuchar un Marke tan convincente en las variadísimas inflexiones sin calado de su extenso monólogo y la explosión emotiva de del reproche a Tristan que define el dilema central de toda la obra: ¿por qué esta afrenta? ¿quién puede sondear este abismo inescrutable? („warum mir diese Schmach? Den unerforschlich tief geheimnisvollen Grund, wer macht der Welt ihn kund?“). La mezcla de pasión y desafío puesta por Selig en esta representación sería motivo suficiente para llamar a la obra “Tristan, Isolda y Marke”.

También Clive Hilley se apasionó hasta el punto de agarrarse desesperadamente a la baranda del podio orquestal durante el monólogo del tercer acto como un Tristan que interpretó sin partitura. Todo ello con una voz siempre firme y segura, pero con menos fuerza de proyección que la lograda por sus colegas.

Excelentemente proyectado en cambio estuvo Gyula Orendt como Kurwenal en este caso un escudero digno de agregar su nombre al triángulo amoroso central por sus enfáticas intromisiones. Porque en esta obra Kurnewal, como Marke, están enamorados de Tristan y frustrados porque a Tristan solo le interesa Isolda. Por ello corrijo mi propuesta de agregar nombres: Marke y Kurwenal quedan fuera para Tristan e Isolda. Así lo dice el libreto, y bien lo cantó Jacubiak, lo importante es esa “e” que une el nombre de los amantes para finalmente llevarlos juntos al reino de la noche, el amor y la muerte. O más bien a la entrega final al mar, en este caso magistralmente agitado por Antonio Pappano. 

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