Con una orquesta mejor que la que le
había tocado en el Covent Garden años atrás, y sin los obstáculos que tan
frecuentemente ocasionan las malas producciones, Antonio Pappano inauguró con la Sinfónica de Londres
un Tristán e Isolda excelentemente
cantado. Su interpretación fue en este caso arrolladora, tal vez excesivamente
enfatizada, pero de superlativa variación cromática y de dinámicas y acabado
detalle orquestal.
Los sforzando del famoso “acorde de Tristan” al comienzo, y los que
acompañan la presentación de este héroe tan inseguro y huidizo ante Isolda en
el primer acto, fueron graduados como para cortar la respiración de cualquiera,
bien de acuerdo con el ahogo de esa Isolda que en medio de su histeria inicial
pide desesperadamente aire (“Luft! Luft!”). Y similarmente intensa emergió la sombría
nota grave de clarinete apoyado en…
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