El segundo reparto tuvo un aire más festivo tanto en escena como entre el público, que más de una vez rio de buena gana y aplaudió a rabiar al final de la función.
Como no he encontrado mayores cambios en los elementos que se repetían, sólo diré que Maechem pareció más cómodo en su Ford, que encontré al Bardolfo de García-López más ‘en su punto’ que en la primera función, y que la orquesta me resultó -ay- más ‘desatada’ que entonces.
Como tampoco hay nada que decir de la puesta en escena, salvo que cada vez me convence más, esta reseña será por necesidad corta y referida sólo a los intérpretes.
En primer lugar, claro, el protagonista de Maestri. El Liceu lo conocía de hacía tiempo (entonces en el primer reparto, cosas que suceden) en el que es seguramente su personaje de referencia, el que lo catapultó joven aún a la fama, bajo la mano de Muti y en la Scala, hace ya un cuarto de siglo. Por supuesto hay algunas evidencias de ‘veteranía’: los monólogos con más frases habladas, más falsete, agudos logrados por técnica y experiencia que lozanos y fáciles, algún momento de entonación oscilante. Y sin embargo sigue convenciendo y cómo.
Su interpretación sigue la línea tradicional italiana (que, de paso, es la que parece haber sido la inicial del creador de la parte, Victor Maurel, que también fue el primer intérprete de Yago convirtiéndose así en el último barítono verdiano, y que en Italia ha tenido su último gran representante y defensor en el inmenso Giuseppe Taddei), tal vez acentuando el lado cómico y de bonhomía, de miradas y gestos pícaros. El artista se sabe querido aquí (su último Dulcamara esta misma temporada fue apoteósico) al punto de agradecer las ovaciones con un sonoro ‘¡olé!’.
Mantegna, que si no me equivoco debutaba aquí, fue una excelente Alice, también muy en línea ‘italiana’ (la que en los últimos tiempos va de una tal Tebaldi a una cierta Cedolins), con una voz homogénea, agudos firmes, bellos filados, y un centro y grave sólo exigidos cuando se los requiere. Y ella también se divirtió mucho (era la primera vez que la veía en una ópera ‘cómica’, aunque sea precisamente ésta).
Pizzolato (Quickly) pareció bien, con un agudo algo restringido y metálico y buenos graves, aunque su actuación me resultó un tanto exagerada.
Vila cantó e interpretó muy bien su Meg, en tanto que la pareja de amantes fue excelente, aunque un punto menos graciosa y desenfadada que la anterior. Miró tiene una buena voz, con poco color pero muy bien emitida, y se esforzó mucho en su Nannetta. Cortés, a quien oía por primera vez, estuvo más suelto en su actuación y cantó de modo impecable aunque su timbre no sea memorable.
Y así termina, en lo operístico, la temporada 2025-26 del Liceu. La nueva empezará en septiembre.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios