Portugal

Festival de Marvão

El payaso triste

Xoán M. Carreira
«Pierrot Lunaire» en el Festival de Marvão
«Pierrot Lunaire» en el Festival de Marvão © © 2026 by Pilvax Films / Sara Timar / FIMM
Marvão, lunes, 27 de julio de 2026.
Igreja do Espírito Santo. Alban Berg, Adagio para clarinete, violín y piano. Arnold Schoenberg, Pierrot Lunaire op. 21. Pedro Fonseca, diseño de luz y espacio escénico. Diana Ferreira, subtitulado y programación. Ars ad Hoc: Ana Caseiro (soprano), Ricardo Carvalho (flautas), Horácio Ferreira (clarinetes), Diogo Coelho (violín/viola), Gonçalo Lélis (violonchelo), y João Casimiro Almeida (piano). 12 Festival Internacional de Música de Marvão FIMM
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La Igreja do Espírito Santo es uno de los templos más interesantes de Marvão, desde el punto de vista plástico, tanto por su sencillez arquitectónica como por acoger una colección de imaginería rural fascinante que a nuestros ojos pudiera datarse tanto en el siglo XVII como en el pop art. Esas alegres figuras escultóricas exentas, entre pasmadas y brillantes, parecieron dar acogida fraternal al Pierrot Lunaire op. 21, que -junto con Charlot y Polichinela- se ha erigido en paradigma del mito del payaso triste que estuvo de moda en los últimos años de la Belle Époque. 

Como telonero de su maestro Schoenberg, escuchamos el Adagio para clarinete, violín y piano (1935) de Alban Berg, un sutil palíndromo musical del Kammerkonzert für Klavier und Geige mit 13 Bläsern (1925-27) del propio Berg, una de las obras maestras de las corrientes neoclasicistas. La ejecución del Adagio requiere tres grandes instrumentistas como lo son Horácio Ferreira, Diogo Coelho y João Casimiro Almeida. Su interpretación está reservada a unos músicos capaces de trasmitir la claridade del discurso y la intensidad emotiva de este singular Adagio. Ferreira arrastró a sus compañeros en una trayectoria intensa por la matizada sensibilidad poética de la obra. Considero esta interpretación una muestra de que la música de Berg sigue viva y captura a unos oyentes que la perciben como música actual (que no vanguardista). 

Pierrot Lunaire (1912) fue la obra que más beneficios económicos proporcionó a Arnold Schoenberg y la que le concitó elogios generalizados de sus colegas, incluyendo los que no ocultaban su escasa simpatía por el experimentalismo armónico de Schoenberg. No tengo la menor duda de que Pierrot Lunaire merece figurar en el iconostasio de las obras maestras de la música occidental, lo cual no contradice que muestre los achaques de su edad (114 años) cuando se interpreta para un público menor de 50 años, el cual percibe como obsoletos algunos de los elementos que fascinaron a los contemporáneos de Schoenberg. Al fin y al cabo el Pierrot Lunaire es una tanda de canciones de cabaret que utiliza códigos dramáticos que han quedado obsoletos en buena parte. 

Los poemas de Albert Giraud son una narración fragmentaria de diversos instantes afectivos y vitales de Pierrot sin una continuidad cronológica o topográfica. Por eso cualquier intento dramático de darle unidad y coherencia está llamado al fracaso. El cabaret es una forma de microteatro que se desarrolla en un espacio escénico diminuto con el apoyo de un puñado de músicos, al que se le requiere una retórica de intensidad, pero no de continuidad. Y en esto acertó plenamente Pedro Fonseca en su hábil combinación de luz, proyecciones, movimiento y pequeños elementos escénicos (el más interesante una bola de cristal que servía como luna en las manos de la soprano protagonista, Ana Caseiro. 

La única constante fue el maquillaje de Caseiro, una cara partida en blanco y negro que nos recordaba la permanencia del protagonista, el payaso triste. Gracias a esta hábil puesta en escena, Caseiro desplegó su inteligencia interpretativa y se centró en trasmitirnos la enorme variedad de acentos del voluble Pierrot. El espléndido quinteto instrumental alcanzó con frecuencia la excelencia gracias al liderazgo de Ferreira. 

El generoso público de Marvao reaccionó a los seis músicos y a la dirección escénica con ovaciones. Yo salí sastisfecho del concierto y a la mañana siguiente tomé conciencia de que había asistido a una de las interpretaciones de Pierrot Lunaire más coherentes, equilibradas y bien narradas del par de docenas que recuerdo haber escuchado anteriormente

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