Un pequeño teatro en la casa de un dueño rico, con invitados cenando en restaurantes caros o con un frondoso picnic en el parque campestre adyacente a la sala. Un lugar ideal, entonces, para recrear esta obra de Strauss y von Hofmannsthal sobre las desdichas de artistas encargados de satisfacer a un millonario y sus invitados con un espectáculo lírico marginal.
Marginal a la cena y a programados fuegos de artificio que presionan la decisión del dueño de casa de juntar el agua con el aceite. En este caso, la reyerta de bambalinas sobre si un número de commedia del arte debía preceder o seguir el drama central de la Ariadne abandonada por Teseo en Naxos, debe dar finalmente paso a la orden del anfitrión de juntar comedia y tragedia … en un solo espectáculo.
En Glyndebourne los artistas se quejan de ese intervalo de 90 minutos para la cena o el picnic que termina enfriándoles las voces. En Ariadne auf Naxos la queja está encabezada por un personaje único en la historia de la ópera, a saber, un compositor desesperado por la degradación de su arte en aras de los ritos sociales del público.
En su puesta de 2013, Katharina Thoma se sirvió de esta similitud entre los ricos de Viena y de Glyndebourne situando la escena en este último en medio de una segunda guerra mundial que terminará destruyendo la señorial casa de campo junto al teatro con un bombazo al final del prólogo. Ello llevaba a que la ópera que sigue tuviera lugar en un lazareto. Hubo muchas quejas frente a este bombardeo de la ambientación original, y tal vez por ello la administración del festival decidió contratar al talentoso Laurent Pelly para una producción menos arriesgada en 2026.
La de Pelly es una puesta más bien tradicional, sin videos y encuadrada en dos simples paneles, uno en estilo barroco y el otro una simple cortina de seguridad blanca que ocasionalmente cierra el fondo. Sobre el final, ambos paneles se separan para dejar entrever las sombras de Ariadne y Bacchus contrastando con una gloriosa puesta de sol.
Samantha Hankey interpretó con timbre cálido y articulada precisión fraseo un compositor cuya presencia Laurent Pelly decidió incluir también en la ópera propiamente dicha, durante la cual lo vimos ocasionalmente espiando y deambulando tímidamente para proteger y admirar a su Ariadne. Gracias a este simple y acertado toque de regie, prólogo y ópera se unieron en una solución de continuidad faltante en la mayoría de las producciones, que siguen las instrucciones originales de hacer desaparecer al compositor en el final del prólogo sin permitirle aventurarse también al árido pedrusco de Naxos donde finalmente tiene lugar la ópera que tantos afanes le ha costado musicalizar.
El resto del reparto fue de alto nivel. Rachel Willis-Sørensen (Ariadna) impresionó no solo con un sólido registro medio sino también por un passaggio terso y brillante, y, como Zerbinetta, Alina Wunderlin arrolló a la audiencia con su vibrante y bien colocada coloratura. David Butt Philip cantó un Bacchus apoyado en firmes y robustas notas de Heldentenor y Michael Kraus sostuvo la cómica mezcla de realismo y desesperación del maestro de música con bien articulados parlandos.
También los cameos esenciales a esta obra fueron interpretados con la requerida convicción: el mayordomo de William Relton hizo rabiar a todos con su insufrible condescendencia, y la tropa de cómicos, aquí todos de blanco y coreografiados a la Marcel Marceau, interrumpió las desdichas de Ariadne con impactante luminosidad. Mención especial merece también el fulgurante y evasivo maestro de danzas de Ru Charlesworth.
Quienes nos hemos mal acostumbrado a gozar repetidas veces de las Ariadne auf Naxos interpretadas por la Filarmónica de Viena, extrañamos en esta ocasión un cromatismo más variado y luminoso en la de Londres, algo tal vez relacionado con el hecho que los vieneses afinan más alto.
Pero, de cualquier manera, hubo en esta interpretación bajo la batuta de Robin Ticciati seguridad de acentuación y contraste a través de tiempos urgentes, pero nunca forzados. Y también hubo una decantada y diferenciación instrumental, desde los expresionistamente fragmentados acordes del prólogo hasta ese final quasi wagneriano que exige esfuerzos inusuales para una orquesta pequeña. Ticciati y sus filarmónicos hicieron en este sentido honor a las credenciales de Glyndebourne en una obra cuya primera producción en 1950 fue dirigida nada menos que por Thomas Beecham.
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