La última composición escénica de John Tavener (1944-2013) mundialmente estrenada por la Grange Park Ópera consiste es una sucesión de quince escenas cortas musicalmente comentadas con ritmo incisivo y minimalista reiteración orquestal, sobre Krishna, el legendario semidiós hindú adorado como el octavo avatar del Dios Vishnu. A través de él las creencias de millones de indios se acercan a las del cristianismo con sus enseñanzas sobre el amor divino y la compasión.
Tavener definió como una “pantomima mística” esta sucesión de imágenes de canto y ballet sincronizado que narran la vida de este emblema de sabiduría trascendental: Krishna como niño asombra a su madre como Cristo lo hacía con María. Las similitudes con el cristianismo se hacen más dudosas cuando, de acuerdo a la extática sexualidad hindú, Krishna comparte su amor con dos mujeres, Rada y Rukmini para terminar los tres consustanciados en una unión celestial sólo posible después de una de esas pruebas de confrontación con el mal sin las cuales no hay mitología posible. En este caso se trata de una gigantesca cobra que en la novena escena domina la excelente puesta de David Poutney, consistente en un cuadro único donde desde una tribuna al fondo un coro siempre activado por una mímica expresiva y una iluminación cambiante, comenta el canto y el ballet del proscenio.
La estricta separación de escenas y el intrínseco significado de cada una de ellas conspira contra una narrativa general, pero la obra está bien construida y alcanza momentos de gran belleza, por ejemplo en un extático dúo de amor entre Krishna y Rukmini.
En el reparto se destacó primeramente el narrador interpretado por Ross Ramgobin por su seguro y caudaloso timbre baritonal. Similarmente convincentes sonaron Eliran Kadussi como el Krishna adolescente, y también el adulto interpretado por Elgan Llŷr Thomas. Julia Sitkovetsky, Nazan Fikret (respectivamente Rada y Rukmini), brillaron no sólo a través de una emisión clara y contundente sino también por su convicción interpretativa.
La crítica local no pareció convencida frente a esta novedad que según algunos rumores fue impulsada por el mismísimo rey Carlos, pero en mi caso no pude dejar de admirar la sincronización de variedad cromática, iluminación, canto y coreografía.
Es sabido que en Tavener cualquier composición es más un problemático ejercicio de religiosidad que una estructura musical de valor propio. El programa de mano incluye un interesante artículo en el cual el escritor krishniano Ranchor Prime relata como este compositor más bien conocido por sus aspiraciones místicas cristianas le explicó la obra escena por escena mientras la interpretaba al piano: “el mantra de Hari Krishna lo dice todo. Es una canción de amor entre Radha y Krishna…Este dúo de amor es la más extática pieza musical que he alcanzado a escribir…” ¡Se nota!
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