Portugal

Festival de Marvão

Vientos al aire

Germán García Tomás
Banda Sinfónica Portuguesa en Marvão
Banda Sinfónica Portuguesa en Marvão © 2026 by Pilvax Films / Sara Timar / Festival de Marvão
Marvão, miércoles, 29 de julio de 2026.
Patio del Castillo. Sergei Prokofiev / arr. José Schyns, Classical Symphony. Igor Stravinsky, Concerto for Piano and Wind Instruments. Igor Stravinsky / arr. Frederick Fennell, Firebird Suite. William Youn, piano. Banda Sinfónica Portuguesa. David Fiuza, director. 12 Festival Internacional de Música de Marvão FIMM
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En el mucho más exiguo pero nada desdeñable capítulo de conciertos sinfónicos que se han venido ofreciendo al aire libre a última hora de la tarde en el patio de su castillo medieval, el Festival Internacional de Música de Marvão recibió el miércoles 29 de julio a la Banda Sinfónica Portuguesa bajo la batuta del director gallego David Fiuza Souto (1985), en lo que representó una de las escasas participaciones de artistas españoles en esta edición número 12 del certamen que acoge la localidad amurallada del Alto Alentejo portugués. Al tratarse de un concierto de cierto cariz excursionista  -aunque no al nivel del que se dio en el complejo arqueológico de las ruinas romanas Ammaia dos días después, que requirió de desplazamiento en autobús- se percibió mucha animación por parte de las personas que minutos antes del inicio del evento emprendían la marcha desde las diversas calles empedradas o desde la amplia avenida que, partiendo de la Iglesia de Santiago, desemboca en la progresiva y ascendente cuesta que da acceso a la rocosa fortaleza del siglo XIII, ciertamente imponente y admirablemente conservada.

A David Fuiza le avala una amplia experiencia como especialista en dirección de bandas, siendo principal director de la Banda Sinfónica Gallega y poniéndose al frente de formaciones como la Banda Municipal de Santiago de Compostela, la Unión Musical de Meaño o la Gran Canaria Wind Orchestra. Galicia y Portugal están hermanados tanto en idioma como por cultura, y la musical no se queda atrás. El maestro nacido en Vila de Cruces (Pontevedra) se presentaba en Marvão como director invitado de la Banda Sinfónica Portuguesa, una entidad con base en Oporto que hizo su debut el día de Año Nuevo de 2005 en esta ciudad costera del noroeste portugués bañada por el Duero. Son ya más de dos décadas que respaldan a una formación dirigida artísticamente en la actualidad por el joven clarinetista Horacio Ferreira, a su vez asesor del propio Festival de Marvão y participante en varios de los recitales. Francisco Ferreira es desde la creación de la banda su director titular y, para demostrar la íntima conexión portuguesa con España que este certamen alentejano no deja de hacer visible, un levantino, el compositor alcoyano José Rafael Pascual Vilaplana, es su director asociado.

Aunque comparativamente hablando Portugal no atesora la centenaria tradición española de bandas de música, donde solamente en la provincia de Valencia hay decenas de agrupaciones de viento, resultó grato y estimulante asistir a la buena forma y motivación colectiva de unos instrumentistas que, aparte de consolidarse como formato de banda sinfónica en las salas más importantes de todo Portugal, han actuado dentro de nuestras propias fronteras y en Países Bajos llegando incluso hasta China, alternando el gran repertorio clásico con el estreno de obras contemporáneas, y donde la difusión de la música patria adquiere un importante papel.

Precisamente en esta cita la banda portuguesa combinó los arreglos de dos partituras sinfónicas con una específica concebida para conjunto de viento y piano concertante. Si bien la buena disposición de los miembros de la banda lusa fue una constante durante toda la actuación, los resultados en las dos primeras obras no resultaron todo lo satisfactorios que podría haberse esperado. De entrada nos sonó algo extraña la transcripción de la Sinfonía Clásica de Prokofiev, inauguración del capítulo sinfónico del compositor de Sóntsovka como homenaje a Haydn y una composición que fue ofrecida en este mismo emplazamiento el domingo 26 de julio en su versión original por el joven director barcelonés Roc Fargas -primera presencia española del festival en este año- al frente de la Orquesta de Cámara de Colonia, en lo que quizá podemos achacar uno de los únicos peros al festival: el haber repetido una obra en esta edición, aunque como no pudimos asistir a este concierto no podemos establecer el factor comparativo.

Lo cierto es que el arreglo del trombonista belga José Schyns (1959) no termina de funcionar del todo, relegando en ocasiones la entidad sinfónica de la Clásica -que a pesar de su escasa plantilla y sencillez de trazo, la tiene- a pura música de cámara con sonido de banda de pueblo. La ausencia de violines, sustituidos aquí por la amplia sección de clarinetes, restó entidad y empaque a la energética frescura de los tiempos extremos, a pesar del empeño admirable de estos atriles en los tutti, animados por la batuta del atento y diligente maestro Fiuza, quien, firme en dinámicas y contrastes, inyectó un discurso hábil y virtuoso, de empaste muy logrado. En todo caso, pese a lo opaco de la sonoridad general y a la deficiente acústica que provoca el esparcimiento del sonido en un espacio abierto pero a la vez bien delimitado, los diálogos de las maderas se percibieron con nitidez y las líneas fueron todo lo claras y diáfanas que pudiera esperarse en el patio de una fortaleza aislada del mundanal ruido a 800 metros de altura.

El Concierto para piano e instrumentos de viento de Stravinski, perteneciente a la etapa neoclásica del compositor ruso, redujo los efectivos y requirió la apertura de espacio en primer término del escenario para el instrumento solista, que iba a tocar el pianista nacido en Seúl William Youn (1982) -uno más de la amplísima nómina de artistas coreanos presentes este verano en Marvão gracias a las gestiones de uno de los directores artísticos, Christoph Poppen- en lo que iba a ser la primera de sus dos actuaciones en el festival, pues el 1 de agosto acompañaría al violista Nils Mönkemeyer en obras de Brahms, Bruch (aquí junto a Horacio Ferreira), Britten y Clarke, además de la particular sonata FAE elaborada al alimón por Albert Dietrich, Schumann y Brahms.

Con un repertorio que abarca Bach, Mozart, Schubert, Chopin, Rachmaninov hasta la creación contemporánea, Youn recibió su formación en el Conservatorio de Nueva Inglaterra, en Hannover y en la Academia de Piano del Lago de Como. Estamos ante un pianista de técnica precisa pero de más refinamiento que puro arrebato enérgico en la pulsación y que no descuida los detalles -esto se comprobó en mayor medida como acompañante en el citado recital- pero esta obra específica del autor de Petrushka, bastante experimental por otro lado, no le llegó a aportar las oportunidades de lucimiento deseables que se merecía. En solos arpegiados y breves cadencias, la parte del piano se sitúa en ocasiones yuxtapuesta y contrapuesta a la orquesta de vientos, cuando no insertada en el conjunto, apreciándose un esquema asimétrico de gran virtuosismo en los movimientos extremos, aunque la obra en su totalidad se nos antoja con escasa coherencia interna, resultando el solista más un instrumento obbligato que puramente concertante.

Aun así, el hecho de incluir un teclado al aire libre con orquesta, es lo más destacable, y  acarrea consecuencias acústicas, pues, máxime en una obra como esta, los sonidos se llegaban a difuminar y no llegaban a percibirse con la claridad ideal, siendo engullido las más de las veces por la masa orquestal, por lo que el piano no llegó a situarse en igualdad de planos con el rítmico juego de la plantilla de vientos. El solista coreano obsequió al público, que acogió el buen hacer de su labor concertante con efusividad, con una reflexiva ejecución del Siciliano de Bach -uno de sus mayores caballos de batalla-, una página que ha interpretado con frecuencia en sus recitales y que nos supo francamente a poco por lo impecable de su toque de tresillos.

Continuando con Stravinski, lo que sin duda funcionó mejor de toda la velada fue la transcripción para banda de Frederick Fennell -destacado director de marchas del padre de la música patriótica en Estados Unidos y de curiosa ascendencia española, John Philip Sousa-, de la reducción como suite en cinco números del ballet El pájaro de fuego, escrito para Los Ballets Rusos de Serguéi Diághilev con libreto y coreografía de Michel Fokine. Desde los acordes iniciales en dinámicas bajas que nos adentran en el mistérico ambiente del cuento, asistimos a un trabajo excelente a nivel puramente orquestal, con un despliegue muy boyante del metal que alcanzó su máximo clímax en la danza de Kashchei. La recreación del ambiente oriental en la Ronda de las Princesas, que nos remitió a la paleta orquestal de Rimski-Kórsakov y a la danza de las esclavas persas de la ópera Jovanchina de Mussorgski, fue un dechado de refinamiento en las maderas y no se echó en falta para nada la cuerda de la partitura original, reducidas éstas al arpa, del que se extrajeron sonoridades evanescentes de auténtico cuento de hadas.

La transición desde los oscuros acordes que representan el hundimiento del palacio de Kashchei y la disolución de todos sus maleficios hasta el majestuoso crescendo final fue todo ello un ejercicio de narrativa musical que nos dejó realmente impresionados, tal fue la sutileza y la riqueza de matices con que fue desgranado. Los abundantes aplausos de los espectadores congregados en un entorno arquitectónico pero natural donde otros pájaros, los legítimos pobladores de ese patio de armas, de la torre del homenaje y de las almenas habían manifestado sus ruidosas quejas a medida que anochecía, propiciaron el bis: de nuevo el tema hímnico conclusivo, muy emparentado con el que había empleado Chaikovski igualmente a modo de variaciones en el Finale de su Segunda Sinfonía “Pequeña Rusia”, melodía que quedó clavada en nuestro cerebro durante el animado trayecto de vuelta hacia las calles del municipio. 

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