Puede que Ludwig Minkus no haya pasado a la Historia de la Música, pero sin duda ha pasado a la Historia de la Danza. Su música no traza nuevos caminos ni melódicos ni armónicos, es un agradable reflejo de su tiempo, muy vienesa y con alguna coquetería rusa. Pero supo plegarse a las (muy) numerosas exigencias de la escritura para ballet, poniendo así una bandeja de plata para que Marius Petipa, coreógrafo genial, desplegase su imaginación, creando una serie de ballets que siguen conmoviendo al público. Honores le sean rendidos a uno y a otro.
La bayadera es una creación del tándem Minkus-Petipa para el Marinski de San Petersburgo en 1877. Durante mucho tiempo mal conocida en Occidente, con una historia compleja de recuperación y añadidos sucesivos (con músicas al parecer de Pugni y Offenbach), varios son los coreógrafos que han propuesto sus versiones a partir de la Petipa, inspirándose fuertemente en la recuperación en los años 1940 de Ponomarev y Chabukiani: Makarova, Grigorovich, Nureyev, Bart...
La bayadera lo tiene todo para atraer al aficionado: una historia de celos entre mujeres (casi podríamos decir de lucha de clases, con la pobre contra la rica), exotismo a raudales (con elefante, palanquines, sedas y oropeles, ídolos dorados y otras atracciones) y un acto blanco que recoge la tradición de Giselle y demás sílfides que pasean sus tutús por la imaginación del público desde hace casi ya dos siglos.
Nureyev, ya muy enfermo, estrenó su versión en 1992 y desde entonces sigue siendo programada periódicamente en la Ópera de París. Para esta tanda de representaciones se llamó como maestro repetidor a Nicolas Le Rich que en su día bailó la obra directamente con las indicaciones de Nureyev.
A diferencia de Bart, Nureyv no recupera el acto IV de la destrucción del templo y a diferencia de Grigorovich, Nureyev trata el rol de Gamzatti con más aristas, con menos simpatía. En la versión parisina Gamzatti es la mala que orgullosa se basa en su superioridad social para defender su derecho amoroso, mientras que con Grigorovich hace más pensar en la esposa enamorada que legítimamente intenta conservar a su marido.1
Y encarnando a la mala, Gamzatti, tanto Bleuenn Battistoni como Roxane Stojanov consiguieron que su personaje fuera tan orgulloso y dominante como brillantes fueron los fouettés de una y otra.
Tuvimos la suerte de asistir a tres de la representaciones. En dos de ellas, Léonore Baulac encarnaba a Nikiya con un dominio absoluto de las puntas, un juego de brazos, una dulzura y un dramatismo dignos de todo elogio. En ambas le acompañaba Paul Marque como Solor, con saltos importantes, mucha seguridad en las recepciones y mucha seguridad en los portés. Una y otro impresionaban por su dominio técnico y su fogosidad.
En la representación del jueves 2 de julio, la pareja protagonista era encarnada por los «Ginger Rogers y Fred Astaire» de la danza francesa actual, la pareja formada por Dorothée Gilbert y Hugo Marchand. Su grado de compenetración, la armonía que emana de esta pareja, la elegancia de ambos los han convertido en una pareja casi mítica entre los aficionados franceses.
Amén de los tres roles principales, la buena, la mala y el chico que bastante pusilánime se debate entre las dos (un poco como en El lago de los cisnes, Aida u otras producciones de la época), tiene La bayadère una serie de roles pequeños pero de gran lucimiento como el Ídolo dorado, la aguadora (Manou) o las tres sombras del acto blanco.
Destacaremos así la seguridad en las recepciones de Andrea Sarri como Ídolo dorado, la gracia irresistible de Marine Ganio como Manou, la aguadora, o la exquisita delicadeza de Hohyun Kang como Primera sombra.
Como la obra misma, cuya intensidad va en aumento a lo largo de los actos, el cuerpo de baile de la Ópera de París se va creciendo a lo largo de la obra, hasta un tercer acto sobresaliente por coordinación y dulzura colectiva. Y es que el inicio del cuadro «El reino de las sombras», por hipnótico, es uno de los momentos icónicos de la Historia del Ballet, y la Ópera de París sabe que ahí se la juega.
Los decorados de Ezio Frigerio y los trajes de Franca Squarciapino siguen haciendo las delicias de los aficionados a los lujos, los satinados y los brillos.
La Orquesta de la Opera de París, dirigida por Koen Kessels, cumplió con eficacia, destacando la violonista Karin Ato con un agudo de rara perfección para terminar el pas de deux del Reino de las Sombras.
En las tres ocasiones, el público, compuesto por gentes de todas las edades, aplaude a rabiar, encantado.
1. Agradezco a Rocío Goerlich y Lucía Tormo las informaciones y el espacio de reflexión que sobre estas coreografías me han proporcionado.
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