Hay conciertos que terminan con un aplauso y otros con un certificado de defunción.
Lo ocurrido en la Quintana merecería la presencia de un forense para averiguar en qué momento dejó de respirar la música.
La escena tenía algo de surrealista. La información sobre el protocolo de evacuación se ofrecía únicamente en gallego mientras la mitad de la plaza hablaba inglés, francés y alemán.
Y entonces apareció Baldur Aurel Brönnimann para disecar la partitura. Como ya nos tiene acostumbrados, volvió a conceptualizarlo todo. Y, como ocurre en cualquier sala de anatomía, el paciente ya no respiraba. El fraseo le resulta sospechoso. La articulación, una excentricidad de músicos antiguos.
Sostendré hasta el último calderón que un director de orquesta debe ser, antes que forofo de Wikipedia, músico. Porque los músicos tienen una bella obsesión, casi poética, con la esencia misma de la música: el fraseo.
Todo lo demás son conferencias con acompañamiento orquestal.
Un director debe ser músico. «Músico y tal…» si me apuran… Porque una orquesta no necesita un maestro de primaria para que explique la obra antes y después de dirigirla. Necesita alguien capaz de hacerla vivir.
Estoy cansado de sus charlas, de ese ritual de soplar en el micrófono antes de hablar y de las explicaciones construidas a base de inconmensurables lugares comunes.
Quisiera que algún día Brönnimann subiera al escenario para compartir una historia que no figure en la primera página de una enciclopedia online, una observación personal capaz de cambiar la forma de escuchar la obra. El público de un concierto no necesita un curso acelerado de alfabetización musical. Necesita música. Música antes que pseudo-pedagogía. Música antes que pseudo-conceptos.
Porque ninguna gran sinfonía mejoró jamás después de una charla.
La velada tampoco ayudó en otros aspectos. La amplificación de la soprano resultó tan desafortunada que, por momentos, daba la impresión de cantar desde el fondo de una tinaja. Una voz magnífica reducida a un sonido opaco, encerrado y distante por culpa de una sonorización impropia de un escenario de esa categoría.
Brönnimann pertenece, a mi juicio, a esa rara estirpe de taxidermistas del sonido que confunden el cadáver con la obra de arte. Toma una partitura viva y, tras someterla a un meticuloso proceso de pseudo-conceptualización, la devuelve impecablemente embalsamada. Ni una gota de sangre. Ni un latido. Ni una respiración. Lo explica todo y sin embargo no dice absolutamente nada.
La melodía, esa señora caprichosa que solo se deja seducir por quien sabe cantarla, parece producirle cierta incomodidad. Y el repertorio elegido para los turistas de la plaza prometía, al menos sobre el papel, melodías reconocibles. Pero de poco sirvió. El concierto acabó convertido en una manifestación de populismo musical: mucho efecto, poca sutileza. Mucho bombo. Y, sobre todo, demasiado timbal.
El timbalista de la RFG se vino arriba, mientras Brönnimann fue incapaz de contener, matizar o simplemente domar aquellos cañonazos eufóricos que rebotaban amplificados contra las fachadas de la plaza. Un auténtico suplicio para los oídos. Una delicia sonora, eso sí, para el turista ocasional, que confunde el estruendo con la emoción y los decibelios con la grandeza.
He leído en el periódico colombiano El Tiempo una extensa entrevista publicada el 2 de febrero de 2009 de la que se desprende que Brönnimann estudió dos años de violín. Dos años de violín alcanzan para afinar el instrumento; no para afinar el criterio. Tras dos años de violín no entiendes por qué duele un adagio de Bach o por qué sonríe Mozart cuando parece llorar.
Ya no puedo ver a tantos músicos extraordinarios tocar con la mirada cada vez más apagada en la Plaza de la Quintana de los Muertos, precisamente en un día de fiesta. No hay drama mayor para una orquesta que acostumbrarse a sobrevivir en lugar de hacer música.
La Quintana lleva siglos conviviendo con la muerte. Quizá por eso entiende tan bien el silencio. Esa plaza nunca me había parecido tan fiel a su nombre. Porque los muertos no eran los que descansan bajo las piedras. Eran las melodías que no llegaron a nacer.
Y cuando, en medio de una charlita que esta vez pretendió ser graciosilla, dijo aquello de que las violas suelen pasar desapercibidas en una orquesta, sentí un rubor ajeno. La sección de violas ya no encontraba ninguna sonrisa políticamente correcta con la que disimular la metedura de pata del jefe.
Los chistes de Brönnimann, igual que su batuta, parecen buscar desesperadamente un cometa al que agarrarse: un concepto extravagante, una ocurrencia estética que nos distraiga de lo esencial. Pero cuando el cometa no aparece, queda la música. Y entonces la música, implacable como un espejo, empieza a hacer preguntas.
El podio es un lugar cruel. Amplifica el talento, pero también la ausencia de él.
A mi juicio, a Brönnimann el podio de la Real Filharmonía de Galicia hace tiempo que le queda grande y la batuta, larga.
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