Witold Rowicki: Karol Szymanowski © 1961 by Polskie Nagrania
Me parece interesante y necesario recordar y reivindicar la figura de (1914-1989), un director de orquesta polaco que, como muchos artistas notables, ha ido sufriendo lentamente el olvido desde la fecha de su muerte, hace ya casi cuarenta años, y si algo mantiene activo su recuerdo, es su prolífica discografía, que puede diseccionarse fácilmente en dos categorías: su interpretación de obras clásicas y de repertorio, que, con su batuta, adquirían un sabor personal y especial, y, por otro lado, la divulgación de obras e intérpretes poco conocidos, sobre todo polacos, que el maestro se esforzó en hacer llegar al amplio público desde su tarima de director.
Rowicki estudió violín en Cracovia, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente, trabajó la dirección de orquesta con Rudolf Hindemith (hermano del célebre autor de Matías el Pintor y Cardillac) y teoría musical y composición con el musicólogo Zdzislaw Jachimecki. Se constituyó en uno de los motores más activos de la reconstrucción de Polonia después del terrible sufrimiento que provocó la guerra, fundando la Orquesta de la Radio de Katowice y haciendo renacer el prestigio de la Orquesta Filarmónica Nacional de Varsovia, que bajo su batuta, llegó a estar considerada entre las diez mejores orquestas del mundo.
Su fama como director aterrizó también en Occidente en forma de giras y conciertos en muchas ciudades de Europa y América, recibiendo especial atención en Bamberg, donde fue nombrado director titular de la orquesta de dicha ciudad en los años ochenta, y en Londres, como uno de los principales directores invitados de su orquesta sinfónica.
Hablábamos en los primeros párrafos del artículo de la importancia de las grabaciones discográficas de Rowicki, y a ello quiero referirme ahora. Obligado es acudir, antes de nada, a la vertiente chopiniana de nuestro hombre, quien, debido al poco material orquestal que dejó escrito el gran compositor romántico, interpretó para el disco innumerables versiones de los conciertos, especialmente del n.º 1, dirigiendo a pianistas ganadoras del Premio Chopin de Varsovia, como Halina y Martha . También grabó este concierto con Grigori , mientras que del Concierto Op. 21, existe una magnífica grabación en vivo de Rowicki junto al gran Artur , con quien registró también el Segundo Concierto de Brahms. En esta labor compartida con grandes virtuosos del piano, se puede destacar también su colaboración con , con quien registró el Concierto Op. 54 de Schumann, así como los conciertos para piano n.º 3 y 5 de Prokofiev con (el último de ellos también lo grabó con Richter), y los grandes conciertos de Mozart con .
Continuando con el legado discográfico más internacional, Rowicki nos ha dejado notables interpretaciones de las sinfonías n.º 2 y 3 de Brahms, así como de las tres últimas sinfonías de Chaikovsky, y de las suites de ballet de El lago de los cisnes y La bella durmiente. Igualmente sigue circulando por el mercado una quinta sinfonía que deja testimonio de su espíritu shostakovichiano. Con todo, el producto discográfico más significativo del director polaco en Occidente fue la magnífica integral de las sinfonías de Dvorak para el sello Philips, que, al igual que la recién mencionada Quinta Sinfonía de Shostakovich, Rowicki materializó al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres.
Pero su especialidad principal, aquella que coloca a Rowicki en un escalón importante dentro de la historia de la música y del disco, y por lo que muchos conocemos y recordamos al maestro, la desarrolló en su país natal, y fue ésta su loable tarea en favor de la música polaca del siglo XX, centrando su interés en compositores que, sin duda, deben algo de su reconocimiento actual al mencionado esfuerzo de nuestro director. Uno de los más beneficiados fue Karol , un compositor venido de menos a más en los últimos tiempos, que en los años en que su figura comenzaba a vislumbrarse, aún borrosa, a través de la niebla del olvido, contó con el apoyo incondicional de su compatriota. El otro compositor polaco al que quisiera referirme por su relación con Rowicki, es Witold , reconocido como uno de los mayores representantes de la música de vanguardia del siglo XX, que compuso algunas de sus obras más eminentes por encargo de su amigo y colega, y a quien confió el estreno de varias de ellas.
Un gran aliado de nuestro director fue el sello discográfico nacional de Polonia, Polskie Nagrania, que se encargó de producir y grabar los proyectos de toda una generación de directores comprometidos con la música polaca, que muchos hubieron, y cito sólo algunos: Jan , Henryk , Antoni , Jerzy Kaprzysk, Stanislaw Wislocki y Andrei .
Desde luego, no quedó exenta del sello la gran tarea musical de Rowicki en favor de los dos compositores mencionados en el párrafo anterior, y no sólo de ellos, pues nuestro hombre también colaboró en la difusión de las obras de otros paisanos suyos, de su generación y la de Lutoslawski, como Andrzej , y también de otros más jóvenes, incluyendo al gran Krzysztof . De la generación de Szymanowski, o incluso de la anterior, Rowicki guardó especial interés por , , y sobre todo, por Mieczysiaw , otro compositor que permaneció en el olvido tras su prematura muerte, de quien grabó varias obras, incluyendo una magnífica versión del Concierto para violín Op. 8, con el solista Konstanty .
Antes de entrar a comentar las obras dirigidas por Rowicki, quisiera hacer mención de las ediciones especiales que, aprovechando el fulgurante impulso inicial del formato compact disc, el sello polaco realizó de los tres compositores de quienes poseía un mayor fondo musical. Se trata de Szymanowski, Lutoslawski y Penderecki. De los cinco volúmenes dedicados a este último, destacan dos álbumes dobles, uno de ellos con el Requiem Polaco y el Dies Irae, y el otro, con la Pasión según San Lucas, acompañada de otras obras vocales. También se presentó la versión completa del impresionante oratorio Utrenya. Por otro lado, se dedicaron dos cds a la música camerística y pianística de Szymanowski, así como a diferentes obras de Lutoslawski dirigidas por el propio compositor. Tiempo habrá de comentar algunos de estos títulos en artículos posteriores.
En cuanto a las obras de los dos compositores que mayor interés despertaron a lo largo de la carrera de Witold Rowicki, me permitiré comenzar por el más moderno, Lutoslawski, nacido el mismo año que el director, con quien mantuvo una magnífica relación tanto personal como profesional. Destacaremos, ante todo, la primera grabación de una de las obras más emblemáticas del autor, Juegos Venecianos, donde Lutoslawski desarrolla su pensamiento aleatorio, y que Rowicki interpretó a principios de los años sesenta. En otro de los discos encontramos un momento cumbre de la simbiosis entre director y compositor, con la presencia de dos obras donde la sombra de Béla Bartók posee una poderosa presencia.
La Música Fúnebre, grave y enigmática, la dedicó Lutoslawski al compositor húngaro en el décimo aniversario de su muerte, mientras que el Concierto para Orquesta, que marca el inicio de la etapa de madurez del compositor polaco, muestra (sobre todo en los dos primeros movimientos) una clara influencia de la obra bartokiana del mismo nombre. Créanme, son estas dos obras, la Música Fúnebre y el Concierto para orquesta, magníficas, estremecedoras... y mucho más bajo la batuta de Witold Rowicki.
Nos referimos ahora al otro gran autor, “protegido” de Rowicki, y de quien más obras tiene grabadas en Polskie Nagrania, pues los tres primeros discos de la “Edición Szymanowski” están dirigidos prácticamente al completo por nuestro hombre. En el primer volumen, se encuentran dos sinfonías de personalidad y recorrido diferentes, casi contrapuestos. A la juvenil Sinfonía n.º 2, todavía muy influenciada por el postromanticismo alemán (en especial Reger y Strauss), que prácticamente se dio a conocer con esta interpretación, se opone la luminosa Sinfonía Concertante para piano y orquesta Op. 60, que el compositor dedicó a su célebre compatriota Artur Rubinstein. Siguiendo la estela de la música orquestal y concertística, nos trasladaremos al vol. 3 de la serie, que contiene los dos conciertos para violín (probablemente, lo más conocido de la obra de Szymanowski), donde, además de a su inseparable orquesta varsoviana, Rowicki dirige a la violinista Wanda . He aquí dos piezas que encierran un complejo desarrollo sinfónico y un virtuosismo del solista lleno, a la vez, de altibajos y de hechizo.
Para finalizar, nos centraremos en el disco dedicado a dos obras vocales, que como las del primer volumen, poseen una personalidad y una popularidad muy diferentes. La Tercera Sinfonía siempre ha gozado del favor del público, quizás por su acentuado carácter místico y su inspiración oriental. Se trata de una obra para soprano, coro y orquesta, titulada “Canto de la noche”, cuyos textos proceden del poeta y erudito persa del siglo XIII Mevlana Jalauddin Rumi. Junto a esta obra encontramos otro de los “descubrimientos” de Rowicki para el público occidental, el Stabat Mater Op. 53, una composición sacra de clara influencia nacionalista y, a la vez, enormemente sensible, recogida, casi camerística. A pesar de tratarse de una obra mayor de la etapa de madurez de Szymanowski, y que fue estrenada con éxito en Estados Unidos, este Stabat Mater se fue quedando rezagado fuera de las fronteras de su país. El disco incluye también una última pieza dirigida por Rowicki, más corta pero no por ello de menor nivel que sus compañeras de grabación, La Litanía para la Virgen María Op. 59.
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