Contra una escena de rampas abstractas y sombríos colores entre sepia y gris, Gabriela Carrizo, fundadora de la compañía de danzas Peeping Tom se estrenó en la regie operística con una Carmen de constante irrupción coreográfica. Convincentes fueron la sincronización “de ballet” con el movimiento de masas en coros que por su ritmo están pidiendo ser bailados.
Pero la repetitiva irrupción de bailarines explicando la palabra cantada con exageradamente patéticas contorsiones malogró la teatralidad fundamental de la obra. Banal resultó por ejemplo la figura de un Cristo semidesnudo con aureola de luz de neón danzando alrededor de Micaela durante el aria de ésta en el tercer acto. Y también banal fue mostrar a una regordeta mamá de Don José tomándole a éste una mano, mientras con la otra se aferra a la de Micaela en Parle-moi de ma mère. En el tercer acto, cuando Micaela informa a José que la madre está a punto de morir, la señora sale de entre el coro en pelotas para fallecer y ser enterrada por…Lilas Patia, en esta versión una buena cantaora que después de preludiar con una seguidilla el acto II se nos presenta para cerrar el tercero con este ritual fúnebre.
La fragmentación de la narrativa original con este tipo de antojos fue agravada por la total supresión de diálogos cantados o hablados, lo cual transformó en incoherente las idas y venidas de personajes que se abrían paso enmudecidos en medio del superfluo exhibicionismo de la comparsa coreográfica.
Sólo en una efectiva escena final dejó Carrizo finalmente solos a Carmen y Don José: contra el fondo de un crepúsculo rojizo él logra a la vez conmover y atemorizar con su combinación de ternura y fiereza frente a una protagonista inconmovible en su fría y pasiva agresividad. Finalmente, Don Jose comienza hiriendo a Carmen durante el dúo para permitir así que este emblema único de valentía femenina, siga afirmando su libertad aún herida. Ni siquiera la última puñalada la hace caer. Sobre el final la vemos erguirse tambaleante contra el sol de fuego, mientras es Don José quién cae aplastado por la desesperación.
Fue en este cierre que brillaron más que nunca dos grandes de la escena operística actual: Jonathan Tetelman había cantado su ‘aria de la flor’ con alguna reserva, pero con un agudo final modélicamente estilizado de forte en diminuendo al piano. Pero en el cuarto acto se largó con todo: pocas veces es dado escuchar un fraseo tan claro e intenso y una impostación de mayor firmeza en el pasaje del registro medio al agudo.
La tesitura de la protagonista no ofreció problemas para Asmik Grigorian, una soprano que en un rol escrito para mezzo sólo demostró alguna debilidad en las dos primeras frases de su aria del tercer acto (En vain pour éviter les réponses amères, etc.). El resto fue impecable, comenzando por una habanera y una seguidilla de antológica calidez y asertividad y una Chanson bohème de incomparable precisión de ataque y gradación de dinámicas.
David Luciano proyectó con segura impostación sus coplas de Toréador y Kristina Mkhitaryan cantó su Mïcaela con convincente brillantez tímbrica.
Los importantes y difíciles cameos del elenco fueron interpretados con similar rigor e intensidad, y cada número musical de esta versión privada de diálogos fue maravillosamente concertado por la tercera gran figura de la noche: fue gracias a Teodor Currentzis y su orquesta Utopia que algunos números como el quinteto del segundo acto alcanzaron un virtuosismo difícil de igualar en su sincronizada precisión de stacatto y redonda expresividad.
Ya desde el primer preludio, Currentzis deslumbró con irresistible variedad de dinámicas y clarividente tratamiento cromático. A ello añadió su maestría para progresar entre tiempos extremos, por ejemplo, desde un lentísimo comienzo hasta el vertiginoso final en una Chanson bohème que Grigorian coronó con un agudo formidablemente controlado. Fue aquí que el público explotó con el aplauso más espontáneo de la noche.
Bajo esta dirección, y con esta orquesta, la masa coral del cuarto acto consiguió finalmente arrebatar la audiencia con esa convicción de arena taurina en que culmina la lidia y autodestrucción recíproca de los amantes más contradictorios del género operístico. Poco y nada de coreografías necesitan estas pasiones para explicarse por sí mismas, desde la habanera hasta la confrontación final cuando son interpretadas con cantantes, coro y orquesta como éstos. Y de acuerdo a las instrucciones de una batuta tan dionisíacamente inspirada.
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