Francisco, el curita mendicante que revitalizó el cristianismo como palpable encarnación histórica del Jesús dogmatizado en cuatro Testamentos, ha vuelto a ser evocado en esta nueva producción de la única ópera de Olivier Messiaen modélicamente escenificada por Romeo Castellucci y musicalmente dirigida por Maxime Pascal.
A través de ocho cuadros contorneados con una precisión estética a lo Beato Angélico y una expresionista contemporaneidad musical que hace recordar al menos idealizado y más enjuto Francisco de Cimabue, Messiaen dramatiza la vida de este santo de todos los santos y todas las religiones literalmente como un Via Crucis: Francisco transita cada cuadro como un peregrino anhelante por compartir con su propia carne el sufrimiento del Crucificado. Sólo así podrá aprehender el amor que inspiró el sacrificio.
Porque es a través de la miseria y el sufrimiento que la belleza del sol, la luna, las aves y la naturaleza pueden ser cabalmente entendidos. Es por ello que al amar las llagas del leproso que besa al final del primer acto, Francisco termina ganándose en el tercero el estigma de las llagas similares a las de un Jesús que precisamente por su omnipresencia no necesita ser mencionado por su nombre en esta Opus Magna de casi cinco horas de duración.
Tampoco la cruz aparece siquiera por un momento en la puesta de Castellucci, salvo la tenue insinuación de dos hilos de luces, uno vertical y otro horizontal bien separados uno del otro y que jamás llegarán a cruzarse. Sólo al final de esta puesta severamente minimalista y acorralada contra el implacable muro de piedra de la Felsenreitschule, el hilito de luz vertical se alarga hasta casi tocar el cadáver de Francisco, mientras la piedra se ilumina en el costado superior derecho con el blanco de un vapor que comienza a invadir la escena mientras los hermanos franciscanos se retiran por la derecha, dejando que una pastoral de corderos avance por la izquierda.
Al comienzo y en alusión a la carrera de las armas que el santo abandonó para abrazar su vida espiritual, lo vemos desnudándose frente al fresco no terminado de una armadura medieval. Su padre y su madre, contemporáneamente vestidos recogen las ropas que guardarán para volver a ofrecérselas en el tercer acto como para aliviar la agonía postrera del pobrecillo. Pero Francisco rechaza esta última tentación para abrazar el amor del final de los tiempos proclamados por el Ángel (única voz femenina de la obra) y por el coro como la Omega que resuelve el Alfa despuntado con el acto de la Creación primigenia.
Entre las muchas e inolvidables estampas sincronizadas con la polifacética variedad de ritmos, dinámicas, énfasis y color de la partitura se destaca en esta producción el encuentro con el leproso, sólidamente cantado en su protesta por un Sean Panikkar en blanco y personificado por un escuálido viejo desnudo que después de haber dejado que Francisco lave sus llagas se abraza a él antes de desaparecer ambos bajo un enorme manto.
Quienes recuerden el austero Francisco de José van Dam pueden aquí compararlo con Philippe Sly, un extraordinario cantante actor capaz de proyectar en clarísimo francés las prédicas dirigidas por igual a Dios y a sus hermanos franciscanos: van Dam exhibía una intensa autoridad estatuaria, de poco movimiento, bien de acuerdo a las regie operísticas de la época en que se estrenó la obra (1983). Sly en cambio se contornea como un junco ante el inquieto viento de los desafíos místicos propuestos por la obra.
Poco hizo Castellucci durante los famosos cuarenta y cinco minutos de la prédica de las aves, pero mejor. Mejor, porque de esta manera la Filarmónica de Viena se apoderó de la esclarecedora ornitología musical de Messiaen con su descripción de piares y revoloteos a través de una complejísima pero claramente diferenciada masa orquestal: de percusión y xilófonos en dos tribunas a los costados, y con el foso central ocupado por la instrumentación de cuerdas, maderas y metales de viento. La orquestación de esta obra es única por la armonización de todos estos grupos a través de ondas Martenot que aportan un sugestivo fluir sonoro a través de una estructura que también admite la simpleza de reiterados leitmotiven. Y todo esto al servicio de un libreto fraseado con claridad y contundencia.
Acordándonos del lugar común de “¿primero la palabra o la música?", podemos caracterizar esta obra como una constante alternativa de ambas concretadas sin que una sobresalga a costa de la otra. En este sentido se trata de una obra única.
Lo que sí hizo Castelluci sobre el final de la prédica aviar (¡el programa de mano enumera las cuarenta y una especies mencionadas en el libreto!) fue visualizarlo todo como un verdadero Ecce Homo colectivo: una gigantesca corona de espinas es admitida como único elemento litúrgico y una miríada de cadáveres de gorriones termina cayendo sobre hermanos cuyos hábitos blancos aparecen ahora ensangrentados. Ensangrentados como la sotana del mismo Francisco, quien, como un Cristo llevando su cruz, carga en su espalda la viola con que el Ángel se acompañó para anticiparle el amor divino a través de la música.
Tan infinito sonó este pasaje a través de los filarmónicos que la tentación de Francisco de morir para seguir escuchando pareció una inevitable obviedad. Pero ocurre que en la sólida teología impuesta por Messiaen, esta tentación de morir le hubiera llevado a evitar el sufrimiento que finalmente alcanza con la imposición de los estigmas. Y con el amor de su leproso que, acompañado por el Ángel, vuelve para el último rito: el de desnudar y lavar el cuerpo de quien logró curarlo.
Junto al vocalmente deslumbrante Ángel de Lauranne Oliva, completaron el reparto un sólido elenco de Frères que Castellucci movió como un apasionado y compacto cuerpo colectivo permitiendo a algunos solistas desapegarse para interpretar con convicción los cameos de temor, ira, e interrogantes que tan humanamente retrucan la fe. Y los coros de la Ópera de Viena se integraron a esta extraordinaria empresa (que requirió el doble de ensayos que otras puestas), con palpitante proyección de sus intervenciones a boca cerrada y gloriosa asertividad en esos cantus firmus irresistibles en la afirmación de esa plenitud que todo lo desborda, según las palabras del Ángel.
Je t’aime Olivier, immense artiste! Tal es la declaración de amor a Messiaen que Castellucci se permitió estampar en uno de sus telones, tal vez como compensación por no haber seguido las numerosas instrucciones litúrgicas de este catoliquísimo compositor. Pero fue gracias a esta desacralización que Castellucci concretó las aspiraciones míticas de Messiaen en una universalidad digna de la inspiración de este curioso asceta musical.
Y, por lo demás, ¡parece que todos amaban a Messiaen como Castellucci: desde Honneger y Milhaud hasta Boulez y Benjamin! También dos amigos míos argentinos se enamoraron de él con solo verlo observar la naturaleza y los pájaros en una finca rural bonaerense. Sin duda algo debe haber tenido de especial como persona, aparte de su genialidad musical. Es por ello que tal vez podamos excusar cualquier vanidad si es cierto que quiso reflejarse él mismo en la plegaria postrera de Francisco: “¡Señor! Música y Poesía me han llevado hacia ti.” Porque, finalmente, su Saint François es un vitral de luz y éxtasis melodramático a través del cual busca identificarse con sus creencias y su humanidad.
En el collage propuesto por Castellucci figura una imagen que al principio consideré intrusiva, pero que finalmente termina resumiéndomelo todo: un niño sordomudo es fotografiado cuando a través de un audiómetro escucha música por primera vez: su cara traiciona un éxtasis de asombro literalmente trascendental, esto es, más allá de cualquier emoción concreta. Algo así como el paradójico “¡Oigo la luz!” (“Ich höre das Licht!”) del agonizante Tristán wagneriano.
Tal vez es un asombro similar al de oír la luz el que finalmente logra unir a Francisco y sus mendicantes con Messiaen y sus discípulos. Y con cualquier espectador capaz de seguir el desafío evangélico: “¡el que tenga oídos que oiga!” Así lo exige el masivo acorde en do mayor que cierra esta obra formidable.
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