Algo común en Bayreuth pero raramente visto en Salzburgo: cuando cayó el último telón, un abucheo generalizado saludó una producción a todas luces fallida. Pero como no era la primera noche con la aparición de los culpables, el público se compuso rápidamente para aplaudir a las víctimas, en este caso un buen equipo de cantantes y un excelente director de orquesta.
Dos horas y pico antes, esta Ariadne había comenzado con un video estilo guerra de las galaxias mostrando un desértico paisaje, y, en medio de este la enorme cúpula en cuyo interior Ersan Mondtag escenificó la sala donde durante el prólogo tendrían lugar los encontronazos entre el mayordomo de ésta, “la casa del hombre más rico de Viena” (aquí el libreto fue cambiado para referirse al mundo) y los artistas encargados de organizar la ópera y el divertimento cómico a representarse allí.
Muchos son hoy día los directores de escena que no pueden hacer ópera sin adosarles una ideología de conflicto político. En este caso, algunos interpretaron que con esta Ariadne se pretendía denunciar la intención del hombre mas rico del mundo (Elon Musk) de hacer una fiesta en Marte. Pero imposible pensar en un Musk capaz de organizar una fiesta divertida. Y en este caso la idea de criticar a Musk con la ayuda de Strauss y von Hofmannsthal naufragó en un desordenado aburrimiento.
Todos los personajes, vestidos como en las películas galácticas, actuaron interferidos al fondo por una ventana ovalada que pretendía ilustrar los luminosos y ágiles comentarios orquestales de Richard Strauss con atractivos cielos cambiantes, el constante tránsito de naves espaciales y hasta alguno que otro combate con guerreros en escafandra. Fatalmente, no quedó más remedio a los personajes que actuar rutinariamente y sin el menor toque de humor las idas y venidas del prólogo para caer después del intervalo en un caótico happening de baile y sexo durante la ópera.
Al informar que cancelaba su Ariadne aduciendo que no había alcanzado a preparar convincentemente su rol, Elina Garança despertó en quienes asistimos a este espectáculo la sospecha de que lo que podría haberla incomodado era una payasesca peluca roja y el ridículo de ponerse al final el similarmente burdo casco alado con que minutos antes se había presentado su Baccus. ¿Y cómo interpretar convincentemente la instrucción de separar a bailarines follando en medio de una orgía poco estimulante por el artificial acartonamiento de movimientos pélvicos del cuerpo de ballet? Su reemplazante, Christine Nilsson, cantó con buena impostación y robustez de color aún cuando su fraseo no fue proyectado con la claridad que hubiera sido de desear.
También Eric Cutler cantó un buen Baccus, aun cuando el color de su voz salió a veces algo velado. Del resto se destacó la excelente Zerbinetta de Ziyi Dai, que consiguió entusiasmar al enfadado público con agudos trasparentes y de acero por su fuerza de proyección en su célebre aria “Großmächtige Prinzessin.”
La más afectada por la puesta fue Kate Lindsey, quien valientemente trascendió la confusión escénica para cantar un inspirado y trágicamente entusiasta compositor. El regisseur la castigó haciéndola deambular como personaje femenino mudo durante la ópera y con burdos roces sexuales con Zerbinetta.
Mientras la escena se hundía, el foso se elevó con la sensible dirección orquestal de Manfred Honek al frente de una Filarmónica de Viena que sí sabe cómo comentar con expresiva luminosidad y redondez hasta el más mínimo detalle de esta conmovedora y transparente partitura. Merecedores de una regie coherente fueron todos los cameos, desde el hablado personaje del mayordomo de Johannes Silberschneider hasta las nereidas y dríadas custodias de Ariadne y la bien sincronizada troupe cómica encabezada por el Harlequin de Leon Košavić. Sobre el final fue posible atisbar a Adriana y Baccus subiéndose a una nave que en una bola de fuego se desintegró con fuerza similar a la producción.
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