En 2020 el Festival de Salzburgo desafió el COVID con una mini-versión en un acto de Così fan tutte donde los personajes debían guardar distancias que no venían del todo mal a la dramaturgia de distanciada nitidez impuesta por Mozart y Da Ponte para este experimento sobre el amor y sus equívocos. Este año Christoph Loy revisó su puesta para permitir unos conmovedores besos de boca con que Guglielmo y Ferrando se despiden no sólo de Fiordiligi y Dorabella, sino de su propia inocencia al comenzar la gran mentira orquestada por Don Alfonso.
Contra la pared blanca con sólo dos puertas que durante toda la obra cierra el enorme escenario de la Grosses Festspielhaus, estas finolísimas chicas de tacos altos, y tallieur negros sobre camisas blancas confrontan algo tan exótico para ellas como lo son los albaneses sugeridos por los creadores de la obra: aquí se nos presentan en casa de las chicas nada menos que amantes disfrazados con short, zapatillas, uno con camisa amarilla y el otro con una estampada en rojo. También con la severamente vestida Despina de negro y delantal blanco y el similar negro y blanco de don Alfonso contrastan estos desalineados horteras.
Como era de esperar en Loy, la regie de personas es ágil y perceptiva: encuentros amorosos entre gente tan diferente tienen lugar todos los días en las casas de una burguesía empeñada en afrontar sus dramas con una irreductible elegancia. ¡Qué bien sigue funcionando este texto y música en adaptaciones escénicas contemporáneas que hacen parecer la obra como si hubiera sido escrita la semana pasada!
Pero hay también en esta puesta un excesivo alambicamiento, fruto de la obsesión del regisseur de estilizarlo todo, frecuentemente hasta la exageración. Por ejemplo: la pared blanca sólo se abre un poquitín y muy pero muy despacito para dejarnos ver un árbol en la escena del jardín, como si se quisiera tenernos a todos en un vilo acorde con un desarrollo dramático innecesariamente ralentizado. Y el detallismo invertido para psicoanalizar cada movimiento de cada personaje puede resultar algo fastidioso. A veces pareció como si las instrucciones de Loy hubieran salido como un desfile de modelos ejecutado en una pasarela sin el más mínimo accesorio, ni siquiera una mesa o una silla.
Por lo demás, el test de COVID dio todavía “positivo” debido a algunas arbitrarias supresiones, tal vez excusables en las emergencias de salud del 2020 pero que tienen poco sentido en 2026: el segundo trio de la primera escena, (“È la fede delle femine come l’araba fenice”) desapareció en una cuarentena que también alcanzó dos arias de Guglielmo esenciales para el desarrollo de la acción teatral. Me refiero a ese “Non siate ristrosi” tan provocativo para provocar la reacción de las damas, y a “Donne mie la fatti a tanti”: suprimir esta última es como hacerlo con “Aprite un po’ quegli occhi!” en Las bodas de Figaro.
También desapareció el cuarteto en el cual Alfonso y Despina incitan a los amantes a vencer su timidez en el jardín (“La mano a me date movetevi un po”), con lo cual cayó el contraste entre la argucia de estos dos factótums y la reticencia de cuatro amantes que terminarán desatando sus pasiones instantes después.
Estas supresiones alteraron negativamente el balance entre comedia y tragedia de una obra que, como Don Giovanni, ha sido denominada por sus creadores como “dramma giocoso” precisamente para resaltar el unísono de comicidad y tragedia que campea a lo largo de toda la acción.
Pareciera como si Loy hubiera querido acentuar el drama a expensas de un humor similarmente esencial. A veces los recitativos salieron arrastrados con larguísimas pausas y un tono de melancolía o reflexividad que alteró el significado de los mismos. Y todo ello en una obra donde los recitativos son tan importantes como los números cantados. ¡Hasta se permitió alterar o suprimir alguno de ellos, algo muy discutible cuando se trata de una colaboración Mozart-Da Ponte!
¿Hasta qué grado colaboró Joana Mallwitz con este mutilado Così post Covid? Sea como sea la respuesta a este interrogante, corresponde también reconocer que las falencias aludidas fueron compensadas por una descollante dirección orquestal de lo que quedó de la obra: los tiempos, más bien rápidos pero nunca vertiginosos, permitieron a los filarmónicos vieneses expandir sus legendarias cualidades mozartianas: el obligato de trompa en el aria de Fiordiligi (“Per pietà ben mio perdona”) brilló con un decantado vibrato. Y a lo largo de toda la ejecución, las cuerdas y vientos se encargaron de marcar a través de una variada redondez cromática esa intensidad asertiva pero nunca exagerada con que esta gran orquesta sabe penetrar a Mozart sin forzarlo con sobre énfasis.
Entre el similarmente descollante equipo de cantantes cabe señalar primeramente el debut salzburgués como Dorabella de Victoria Karkacheva, una mezzo de robustísimo y cálido timbre y masiva y elegante presencia escénica que junto al similarmente efectivo Guglielmo de Andrè Schuen conmovieron con una sentida y palpitante interpretación del duetto “il core vi dono.”
Similarmente modélicos en estilo, sensibilidad y precisión de ataque estuvieron Elsa Dreisig y Bogdan Volkov, ella como una Fiodiligi capaz colocar sin dificultades sus trinos, legatos y las notas graves de “Comme scoglio”, y él como un refinadísimamente fraseado Ferrando en “un aura amorosa.” Y ambos convencieron por su convicción y excelencia vocal en “Fra gli amplessi in pochi istanti” el otro dúo de amor de este capolavoro mozartiano.
Johannes Martin Kränzle impostó un sensible y aplomado Alfonso, y, como Despina, Lea Desandre actuó y cantó con un desparpajo irresistible por su sardónica practicidad. Hasta usó una máscara anti Covid para su disfraz de médico, como para recordarnos que nunca estamos fuera de peligro, ni de las pandemias, ni de directores de escena capaces de malograr sus propias buenas ideas con excesivas pretensiones de originalidad.
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