Sentarse a la mesa de un buen restaurante no obliga a probar todos sus platos, ni siquiera a comer la totalidad de un menú. A menudo, los programas sinfónicos parecen buscar la satisfacción del público disponiendo sobre el mantel dos platos copiosos, no siempre convenientemente equilibrados. Pero hay obras no largas, quizá, que merecen -y a menudo reclaman- ser escuchadas como una oferta completa, sin compañías. Pienso en las Sinfonías 1 y 4 de Mahler, la Quinta de Sibelius -o incluso su Séptima, si me permiten ir al extremo-, la Quinta de Shostakovich, el Concierto para orquesta de Bartók y tantas otras. También las Sinfonías 1 y 4 de Brahms, acercándonos ya al programa de Quincena. Son todas composiciones que dejan poco espacio para prestar atención a otras obras y las hacen innecesarias.
Creo que el Concierto para piano número 1 de Johannes Brahms está muy cerca de esa esfera de plenitud y de exigencia en la escucha. La interpretación de Trifonov, Harding y la Mahler Chamber Orchestra hizo que, para mí, pensar en atender -además- la Octava de Dvorak -que me gusta- fuera un imposible. Abandoné el Kursaal en el intermedio. Pueden apostar a que esa excelente orquesta y un maestro de tanta calidad lograron una interpretación de altura, pero a mí no me interesaba constatarlo. No había relación entre el tiempo objetivo del programa (el Concierto de Brahms, intermedio, la Octava de Dvorak) y mi subjetividad y capacidad de escucha.
En mi primera visita a Brera, hace muchos años, paseaba entre obras maravillosas cuando el Cristo muerto de Andrea Mantegna me detuvo, me capturó y me invitó a irme de vuelta a la calle para evitar ver otros cuadros sin la necesaria capacidad. El arte no merece nunca ser un además, pero ruego a lectores y lectoras que disculpen mi renuncia a Dvorak.
Algo semejante, esa clausura para mí innegociable y gozosa de la capacidad de recibir otra cosa, es lo que provocó Daniil Trifonov en un Kursaal abarrotado. Reputado por su técnica extraordinaria, se puso enteramente al servicio de un concierto poco amigo de la mera exhibición. No se escuchó un diálogo entre solista y acompañamiento, sino una interpretación que integraba profundamente piano, orquesta y director, con una exquisita fusión de los planos sonoros: el piano entraba en la masa orquestal, desaparecía en ella, combatía con ella, volvía a emerger, se ensimismaba en su duda y su aislamiento y soledad.
La atención de Harding y de los músicos hacia Trifonov, su constante alerta, revelaba el carácter vivo e imprevisible de lo que ocurría sobre el escenario. Era un directo, con decisiones y sensaciones en tiempo real, en función de lo que sucedía en cada instante. Trifonov no toca el concierto: lo explora y respira, transmitiendo a todo el recinto que ese Brahms nace de un estado de ánimo profundamente herido, de enigmas irresueltos.
De esa exploración procede también su gestualidad física: las posturas, las torsiones, una concentración intensa, ensimismada; no hay en Trifonov voluntad de extravagancia ni de representación, no hay cálculo escénico, hay una suerte de sometimiento del cuerpo a lo que la música va exigiendo. Y todo eso llenaba el aire del Kursaal, generando esa tensión fuera del alcance de las palabras propia de los grandes conciertos y que Harding gestiona con una elegancia y una musicalidad maravillosas.
Tampoco las propinas fueron una exhibición, sino que incumbían a Trifonov como una parte más de su portentosa entrega. Golijov para elevarse y desplomarse en la fuerza; Óscar Lorenzo Fernández para intimar en las proximidades veladas del silencio. Y mis pasos cruzando el Urumea, minutos después, para honrar tanta música.
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