Sentarse a la mesa de un buen restaurante no obliga a probar todos sus platos, ni siquiera a comer la totalidad de un menú. A menudo, los programas sinfónicos parecen buscar la satisfacción del público disponiendo sobre el mantel dos platos copiosos, no siempre convenientemente equilibrados. Pero hay obras no largas, quizá, que merecen -y a menudo reclaman- ser escuchadas como una oferta completa, sin compañías. Pienso en las Sinfonías 1 y 4 de Mahler, la Quinta de Sibelius -o incluso su Séptima, si me permiten ir al extremo-, la Quinta de Shostakovich, el Concierto para orquesta de Bartók y tantas otras. También las Sinfonías 1 y 4 de Brahms, acercándonos ya al programa de Quincena. Son todas composiciones que dejan poco espacio para prestar atención a otras obras y las hacen innecesarias.
Creo que el Concierto para piano número 1 de…
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