Auditorio de Galicia, sede de la Real Filharmonía de Galicia © Dominio Público
Hace exactamente un año, el 29 de agosto de 2025, nació una invitación: detenernos por un momento y mirar hacia atrás. La Real Filharmonía de Galicia estaba a punto de cumplir treinta años. Treinta años de música, pero también de personas, encuentros, recuerdos y voces que merecían permanecer. Aquel día levantamos la copa por primera vez.
Desde entonces, cada día 29 volvimos a encontrarnos. Durante once meses, directores, músicos, solistas, compositores y responsables institucionales fueron sumando sus voces, recuerdo a recuerdo, hasta reconstruir gradualmente tres décadas de historia.
Hoy volvemos sobre aquellos encuentros. Esta vez, para reunirlos todos en una misma mirada.
La serie Real Filharmonía de Galicia: tres décadas compartidas fue, desde el principio, una iniciativa personal, nacida en uno de los atriles de la propia orquesta.
Después de veintitrés años en la Real Filharmonía, había vivido buena parte de su historia desde dentro. Ante un aniversario en el que muchos echábamos de menos mirar hacia atrás, decidí hacer algo. Elegí hacerlo escribiendo.
Llamé a algunas puertas.
Y las puertas se abrieron.
Mucho más de lo que había imaginado.
Al otro lado encontré recuerdos, tiempo, confianza y una generosidad que superó todas mis expectativas. Aquella iniciativa personal dejó de ser solo mía.
Pero la vida de una institución nunca se detiene.
Hay capítulos que todavía se están escribiendo. Desde 2024, la Real Filharmonía vive uno de ellos.
El presente necesita tiempo para convertirse en memoria. Ese nuevo capítulo podrá ser contado algún día, cuando exista la perspectiva que merece.
A lo largo de estos meses, cada una de aquellas voces fue aportando una pieza distinta. Hoy, en esta última entrega, me permitiré pincelar algunas reflexiones propias.
Si pudiéramos repasar ahora toda la serie como quien vuelve a abrir un álbum de fotografías, lo haríamos sentados en un sillón acogedor, deteniéndonos una vez más en cada una de sus páginas.
En la primera página nos detenemos un poco más. Nos devuelve al enorme privilegio de conversar con Helmuth Rilling, director fundador de la Real Filharmonía. Con él volvimos al primer sonido de una orquesta joven, formada por músicos llegados de distintos lugares de Europa, y a la oportunidad irrepetible de construir algo que todavía no tenía pasado.
Gracias, Maestro. Su voz abrió esta serie. Su memoria permanecerá en ella.
H. R.: «Fue una enorme alegría trabajar con un conjunto nuevo, libre de las cargas de la tradición.»
La siguiente página nos lleva todavía más atrás, cuando la orquesta ni siquiera existía. Con Xerardo Estévez y Xosé Manuel Villanueva descubrimos que antes del primer sonido tuvo que existir una visión.
Xerardo y Xosé Manuel: aquella quimera que os atrevisteis a imaginar está hoy aquí. La Real Filharmonía de Galicia nació dentro de aquel «proyecto de ciudad» que quería abrir Santiago al mundo a través de la cultura y devolverle su dimensión europea.
Con la tercera entrega llegamos a Maximino Zumalave, cuya historia con la Real Filharmonía comenzó antes incluso de su primer sonido y la acompañó después durante casi tres décadas.
M. Z.: «Una orquesta es un instrumento humano. Todo lo que pasa dentro tiene consecuencia en el sonido».
Gracias, Maximino, por cuidar durante tantos años aquel instrumento humano. Y por seguir mirando a Bach como a un contemporáneo.
Siete programas y nueve conciertos a lo largo de catorce años unen a Frank Peter Zimmermann con la Real Filharmonía. Llegó por primera vez cuando la orquesta apenas tenía dos años y regresó una y otra vez. En plena época navideña, aquella entrega nació como un regalo para mis compañeros de orquesta: recuperar, después de tantos años, su voz.
Gracias, Frank Peter, por aceptar aquella invitación.
F. P. Z.: «Todos los conciertos que la Real Filharmonía y yo tocamos juntos permanecerán profundamente en mi memoria. Desde la primera colaboración y a lo largo de los años, siempre tuve la impresión de ensayar y crear algo especial con una familia musical».
Y gracias por seguir queriendo volver.
Antoni Ros-Marbà dedicó doce años de su vida a la Real Filharmonía. Hablar con él fue hablar inevitablemente del sonido, pero también del tiempo y la paciencia necesarios para construirlo.
A. R. M.: «Una orquesta necesita tiempo: es como un buen vino crianza, que tiene que madurar. La música es un trabajo que no admite atajos».
Gracias, Maestro, por aquellos doce años. Y por seguir llamando familia a la Real Filharmonía.
Llegó por fin el momento que había dado origen a toda esta serie: el trigésimo aniversario de la Real Filharmonía. Para celebrarlo, reuní en una misma entrega muchas voces.
La principal tenía que ser la de los propios músicos, acompañados por Lucas Alemán, primer concertino titular de la formación.
Quise sumar también la dimensión institucional y me propuse un reto que no sabía si conseguiría: llegar hasta la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, dado el singular vínculo de la Real Filharmonía con este ministerio. Y la respuesta llegó, con una amplia reflexión sobre la trayectoria de la orquesta, su presente y su futuro.
Y todavía guardaba algo para el final: los deseos de quienes habían sido nuestros directores titulares, Helmuth Rilling, Antoni Ros-Marbà y Paul Daniel.
Pero la vida alteró los planes. Pocos días antes del aniversario falleció Helmuth Rilling. La voz que había abierto esta serie regresaba en el momento de la celebración desde un lugar que nunca había imaginado al preparar aquel primer artículo: la memoria.
Treinta voces, distintas y necesarias, reunidas por un día en un mismo coro para cantar: feliz aniversario, Real Filharmonía de Galicia.
Con Paul Daniel, la Real Filharmonía se atrevió a explorar otras formas de ser orquesta. Salió de sus espacios habituales, acercó mundos musicales distintos y abrió el escenario a encuentros hasta entonces poco imaginables.
P. D.: «Los músicos tenemos una especie de poder casi mágico: el de tomar la música del aire que nos rodea y canalizarla de formas que pueden sanar, emocionar, calmar o dar sentido a lo que vivimos.»
Gracias, Paul. Me quedo también con una frase que te escuché repetir muchas veces: «podemos hacerlo».
J. D.: «La RFG es como un Ferrari: una máquina de precisión excepcional que no puedes entregar a cualquiera».
Así describió Juan Durán a la Real Filharmonía. Y junto a él llegaron las voces de Fernando Buide, Eduardo Soutullo, Octavio Vázquez y, a través de la de su hijo, Rogelio Groba.
A los cinco: fue un privilegio recibir vuestra música en nuestros atriles. Porque parte del patrimonio que heredarán las próximas generaciones se está escribiendo hoy.
La novena entrega se detuvo en una figura diferente: la del director principal invitado. Paul Daniel, Christoph König, Jonathan Webb y Joana Carneiro mostraron lo que puede ocurrir cuando una colaboración deja de ser ocasional y tiene tiempo para crecer.
Llegasteis como invitados. Con el tiempo, Santiago acabó siendo también un poco vuestra casa.
De aquellos años, Jonathan Webb conservaba un recuerdo muy especial: un solo de nuestra violonchelista coprincipal Barbara Switalska.
J. W.: «Estoy convencido de que en aquel momento todos nuestros corazones latían como uno solo».
Pasamos una página más y volvemos al podio. Enrico Onofri, Michal Nesterowicz y Manuel Hernández Silva compartieron historias muy diferentes con la Real Filharmonía, pero al hablar de aquellos años se detuvieron menos en los repertorios que habían dirigido que en la orquesta y en lo vivido junto a ella. Y, curiosamente, en más de un recuerdo apareció la sonrisa de los músicos.
¡Qué imagen más bonita nos dejó Onofri!
E. O.: «La RFG forma parte de la magia de Santiago; es una parte inseparable de su belleza y de su espiritualidad».
Gracias por las huellas que, desde el podio y desde el escenario, habéis dejado en nuestra historia.
Algunas de esas huellas llegaron precisamente desde el escenario. Allí nos reencontramos con Abraham Cupeiro, Pacho Flores y Javier Perianes, tres artistas muy diferentes unidos a la Real Filharmonía por proyectos que dejaron momentos importantes en su historia: Os Sons Esquecidos, Cantos y Revueltas y la integral de los conciertos para piano de Beethoven.
Tres historias muy distintas, construidas encuentro a encuentro. Pero, al mirar atrás, los tres terminaron hablando de las personas.
Abraham Cupeiro lo resumió en apenas unas palabras:
A. C.: «Calidade artística e moita calidade humana».
Con estas últimas palabras cerramos el álbum. Quedémonos todavía un momento en aquel sillón.
Comencé esta serie pensando que conocería mejor la historia de la orquesta. Terminé comprendiendo algo mucho más profundo: que la memoria también necesita quien la cuide.
Después de un año escuchando a tantas personas, algunas reflexiones permanecen.
Una de ellas nace de una paradoja: varios de los artistas que recuerdan con mayor cariño su paso por la Real Filharmonía llevan años sin volver a colaborar con ella. Las relaciones duraderas entre una orquesta y sus artistas no surgen por casualidad. Se construyen y se cuidan con el tiempo.
Al mismo tiempo, una orquesta necesita reinventarse constantemente: descubrir nuevos intérpretes, compositores, miradas y formas de entender la música. Esa renovación es imprescindible para mantenerse viva. Pero una institución que solo mira hacia delante corre el riesgo de olvidar quién es; una institución que solo mira hacia atrás, de convertirse en un museo. El verdadero reto consiste en encontrar el equilibrio entre ambas cosas.
Después de este año, entiendo de otra manera la necesidad de mirar hacia atrás: es una forma de cuidar lo que somos ahora.
Y si algo me impactó fue la forma en que voces tan relevantes hicieron suya aquella invitación inicial. Artistas de trayectoria internacional, antiguos responsables de la orquesta e incluso una ministra encontraron tiempo para recordar y compartir fragmentos de una historia que también era la suya.
La acogida que encontré fuera contrastó con el silencio con el que, en gran medida, la serie fue recibida entre quienes vivimos esta historia desde dentro.
Quizá la cercanía hace que demos por sentado aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana.
Hay muchas formas de querer una institución. Y muchas formas de celebrarla. Esta fue la mía.
Querido lector, levantemos la copa una última vez.
La memoria de la Real Filharmonía encontró aquí un espacio.
Que siempre encuentre el suyo.
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