Cuenta la anécdota que es así como Anton Bruckner se presentó ante su admirado Wagner, entonando su nombre y apellido con el arpegio descendiente de re menor con el que empieza su Tercera sinfonía, obra que traía, junto con la Segunda, para presentar al “Mago de Bayreuth”. También es de sobras conocido que, entre los nervios de la ocasión y la cerveza a raudales ofrecida por Wagner, el pobre Bruckner llegó a su pensión sin recordar de cuál de las sinfonías había aceptado Wagner la dedicatoria 1
Los St. Florianer Brucknertage empezaron el 13 de agosto precisamente con la ‘Bruckner–Dämmerschoppen’, una sesión de “cerveza y música de banda” a cargo de la Florianer Musikverein, recordando aquellas veladas en las que Bruckner se tomaba su buena cerveza con sus alumnos, al son de la banda de la guarnición local. Las 'Jornadas brucknerianas de San Florián' incluyen música de cámara, de órgano, y la Misa pontifical el día de la Solemnidad de la Asunción de María, además de un taller de construcción de violín.
Sin duda los St. Florianer Brucknertage no tienen el glamur de los vecinos festivales de Salzburgo o Lucerna: la Altomonte Orchester, de reciente creación, tampoco tiene el pedigrí de los Berliner o los Wiener Philharmoniker 2. Ítem más: Bruckner jamás pensó en interpretar sus sinfonías en una iglesia, sino en una sala de conciertos, no en el ámbito rural, sino en el capitalino. Pero estos Brucknertage en la abadía que vio crecer a Bruckner tienen un carácter especial que va más allá de la música, va a las sensaciones, a las emociones y, en cierta medida, a la trascendencia.
La instrumentación del inicio de la Sonata “Pathétique” de Beethoven fue uno de los primeros deberes que le puso el maestro Otto Kitzler al talludo Bruckner, que se metía a sinfonista cerca de la cuarentena. La interpretación de dicho fragmento, que abría el concierto, reveló dos cosas, predecibles ambas: el genio de Bruckner como orquestador y la sonoridad de la abadía, contundente en los tutti pero poco nítida, especialmente en las agilidades de las maderas, a las que Bruckner asignó diversas partes de su orquestación.
Sin embargo, el resultado global de la Sinfonía fue mucho mejor. Por un lado, el oído ya estaba acostumbrado a la acústica y, por el otro, la dirección de Katharina Wincor, enérgica, viva y con sentido de unidad. La música nunca languideció ni atropelló. Wincor supo gestionar las peculiaridades acústicas gracias al dominio de la orquesta y al conocimiento del lugar. La joven directora marcó unos tempi claros y flexibles y supo gestionar con acierto las pausas y silencios, connaturales en Bruckner, para que la música respirara y fluyera.
Dispuesta a la antigua, con los segundos a la derecha, la cuerda de la Altomonte, muy nutrida, por cierto, sonó compacta; trombones y percusión aparecían lejanos, lo que les daba un toque de misterio nada ajeno a Bruckner. Las trompetas, tan importantes en esta obra, tuvieron presencia, como las trompas, que las dieron todas sin el más mínimo fallo en sus delicados solos de conjunto. La duración total se ajustó a los 50 minutos.
La Tercera sinfonía se anunciaba en la versión de 1877, sin las citas wagnerianas, los cortes en el primer movimiento y el Adagio, pero con la coda del Scherzo añadida en enero de 1878, que no incluyó Rätig en su edición de 1879 pero sí Nowak; por tanto, muy parecida a la que se estrenó (malhadado estreno, por cierto) el 16 de diciembre de 1877 en Viena 3
El preciso ostinato de los violines y la aparición de la trompeta en los primeros compases anunciaron que algo grande iba a ocurrir, cosa que se fue plasmando durante todo el primer movimiento. Pero no todo iba a estar en el lado épico. El trio del Scherzo sonó auténticamente rústico, a terruño de la Alta Austria rural, y Wincor marcando con insistencia el tiempo fuerte del compás ternario. Sí sonó colosal la característica coda del Scherzo antes comentada. En la preparación del grandioso final, Katharina Wincor articuló un preciso rallentando en los tresillos de la fanfarria que anuncian la reaparición del tema principal de la sinfonía.
Seguro que el bueno de Bruckner, cuyos restos reposaban bajo nuestros pies, habría estado satisfecho de la interpretación. Incluso le habría dado un tálero de plata a Katharina Wincor para que se tomara una cerveza 4.
1. Parece ser que Wagner y Bruckner se pimplaron un barrilete de cerveza de la marca ‘Weihenstephan’, de la ciudad bávara de Freising. Dicha cervecería consta como la más antigua del mundo. Después de la secularización de la abadía benedictina, la cervecería pasó a manos gubernamentales. Hoy en día cuenta con una escuela de formación e investigación.
2. El intendente Thomas Wall, fallecido a temprana edad, fue el responsable del crecimiento de la orquesta hasta la madurez. Su hija, Victoria Wall, responsable de comunicación de las ‘Jornadas brucknerianas’, toca el violoncelo en la Altomonte. El actual director artístico de las jornadas, Peter Aigner, toca el violín con los segundos en la misma orquesta. Entre los dichos segundos, había un violín, sin barnizar, claro, construido durante las Jornadas.
3. La versión de 1877 es la que han grabado Barenboim (Chicago y Berlín), Kubelík, Solti, Haitink (Ámsterdam y Viena) y Thielemann (Dresde y Viena). Poer su parte, Jochum (Baviera y Dresde), Böhm, Tennstedt, Celibicache, Janowski y Nelsons grabaron la versión de 1888/89 en la edición Nowak; Knappertsbusch y Sanderling, en la edición Rättig. Blomstedt grabó recientemente la versión de 1872/73, como hicieran antes Inbal y Tintner. Poschner, que yo sepa, es el único que ha grabado las tres versiones.
4. Bruckner le dio un duro de plata a Hans Richter después del ensayo de la ‘Cuarta sinfonía’
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