Parsifal es la única obra que Wagner concibió teniendo ya en mente las condiciones acústicas del lugar en que se había de representar, la famosa «casa de los festivales» (festspielhaus) de Bayreuth, sala diseñada por el mismo compositor. En ese sentido no existe lugar más adecuado para escucharla.
Y es cierto que, nada más comenzar el preludio, el sonido, envolviendo al auditor, como venido de todas partes, toma una dimensión casi mágica que conviene al misticismo de Parsifal. Lástima que al cabo de unos compases el director de escena (Jay Scheib) decida levantar el telón para mostrarnos... no sé, una escena en que se ve que Gurnemanz disfruta con uno de los pajes que a lo mejor es una paje o a lo mejor un trasunto de la propia Kundry, vaya usted a saber, sin que en cualquier caso ello añada nada a la obra...
Tal será la tónica general de la representación: un sonido hermosísimo y una puesta en escena banal e inútil cuando no molesta.
Los cantantes a menudo son relegados al fondo del escenario, perdiéndose así toda posibilidad de «intimidad» con el público, intimidad que hubiera sido más que beneficiosa para los momentos especialmente delicados en que es necesaria la sinceridad del canto. Pero el responsable de luces no acierta a iluminar el proscenio (cosa que tampoco es fácil en este teatro, fuerza es confesarlo) y al director de escena le interesa más situar en primer plano un estanque y una gran excavadora (tercer acto), o bien mostrarnos a un falsamente titubeante Titurel (dirección de actores bastante mala) en vez de centrarse sobre el bellísimo monólogo que Amfortas canta en ese mismo momento (primer acto).
Eso cuando, por motivos que ni conocemos ni deseamos que nos expliquen 1, los intérpretes deben abandonar la posición más cercana al público porque parece que sólo estén autorizados a cantar mientras chapotean en un pediluvio situado a la mitad del escenario (se pierde así impacto y sinceridad en todo el dúo entre Kundry y Parsifal en el 2ºacto)... Y así todo.
Pero ya se sabe, en el mundo de la ópera actual quienes mandan son los directores de escena, mientras que los directores musicales (y aún menos los cantantes) poco pueden hacer para oponerse a los designios de aquellos, porque así lo quieren los directores de las casas de ópera. En fin, nada que ustedes no sepan, pero en el Festspielhaus de Bayreuth, con puestas en escena que se pretenden rompedoras, la cosa es todavía más patente. Y más triste.
Triste porque queda desaprovechado el auténtico tesoro del Festival: la acústica de la sala. Cierto, por obra y gracia del mágico foso de orquesta de la Casa de los Festivales, se puede escuchar a los cantantes cualquiera que sea su posición sobre el escenario y cualquiera que sea el volumen de la orquesta. Pero una cosa es «que se les escuche» y otra «que lleguen a conmovernos»: y esto último no siempre es el caso.
Grandes momentos de la partitura pasan sin pena ni gloria. Los citados monólogos de Amfortas, en que Volle, maestro que consigue apianar su buen caudal cuando hace falta y aligerar su timbre, parece sin embargo más enrabiado que enfermo. Y los extensos monólogos de Gurnemanz y de Parsifal en el tercer acto (y es lástima porque aquí Schager consigue dar sinceridad a su canto y hasta casi emocionarnos). O los cambios de decorados a vista del público, que debieran ser un momento espectacular, con música grandiosa, y que aquí son escénicamente mal resueltos con una pobreza de medios desoladora que impide toda emoción en el espectador.
Eso sí, Jay Scheib cumple con casi todos los preceptos del director de escena moderno. Trajes militares (pero de fantasía, para que se note que es una secta o similar) o sacados de algún bazar de poca monta (el traje de Kundry en el primer acto es perfectamente imposible), violencia gratuita (y mal ejecutada, porque por ejemplo Kundry da una bofetada a un caballero a cuatro palmos de distancia), distorsión del argumento en la medida de lo posible (aquí Scheib hace gala de poca imaginación, limitándose a hacer que Titurel sea una suerte de vampiro que rejuvenece alimentándose de la sangre de su hijo Amfortas, que Klingsor sea una suerte de travesti que se contonea sobre sus tacones y que Parsifal rompa el aparato de hacer sangrías, disolviendo así la secta: poca cosa) y sobre todo, vídeo, mucho vídeo que en ocasiones toma el lugar de la escenografía, acaparando prácticamente todo el campo visual.
Y ahí, la banalidad de Scheib se muestra en todo su esplendor, atizándonos imágenes que ya vemos en escena (de las pantallas gigantes del campo de fútbol para mostrarnos de cerca el gol a las pantallas de los modernos directores de escena mostrándonos simplemente la cara del cantante no hay más que un paso) o que no nos importaría no ver (una falsa operación con manos hurgando en la falsa herida durante unos buenos veinte minutos). En fin.
Como Gurnemanz, Zeppenfeld sigue mostrando su bonita voz, su buen hacer, su arte del fraseo y su buena dicción con aquí o allá algún ligerísimo signo de que el tiempo pasa también para su voz, pero también con algún agudo templadísimo que indica que el tiempo no pasa tampoco tan rápido para quienes poseen una buena técnica.
Schager combina un primer acto todo en signos exteriores con un final de acto segundo y tercer acto hermosos, muestra de haber interiorizado el personaje de Parsifal después de tanto tiempo cantándolo.
Miina-Liisa Värelä tal vez tenga un punto menos de volumen que sus colegas (aunque la voz va calentando poco a poco) pero tiene la extensión del rol: hubiésemos deseado escucharla en otra puesta en escena en que, como Kundry, hubiese tenido más libertad para decir y cantar en vez de chapotear.
Volle, a pesar de todas sus cualidades como cantante, para nosotros no consigue emocionar como Amfortas. Titurel/Kowaljiow cumple, aunque no tenga la voz de ultratumba que nos imaginamos para el Titurel ideal. Shanahan/Klingsor tiene una bonita voz con un vibrato que la hace correr, aunque tal vez le falte negrura vocal, limitándose su perversión a los contoneos exigidos por la puesta en escena.
Cumplen con creces los distintos pajes y caballeros (con esa preciosa frase a cinco justo antes de que entre en escena Parsifal en el primer acto), así como las muchachas-flor en sus complejos papeles.
Pero los grandes protagonistas, aquéllos por los que valdría la pena venir a Bayreuth, son el coro y la orquesta.
Qué coro majestuoso, qué sonido suntuoso 2, qué empaste, qué dicción, qué capacidad de expresión. Hacia el final del primer acto, el coro de hombres tiende insensiblemente hacia una delicada voz mixta y ahí entronca como por arte de magia con el coro femenino entre bambalinas: una suerte de milagro vocal que bien hubiera merecido una imagen más especial que la torpe imagen concebida en general por Jay Scheib y sus adláteres.
La orquesta, con ese equilibrio de los pupitres (debido tal vez en buena parte al mágico foso wagneriano), con esa brillantez de los metales, y esa dulzura de las cuerdas, con esa templanza del agudo final del preludio, tan bien sostenido, también despierta admiración desde el primer al último compás.
Heras-Casado la dirige con eficacia. Tal vez podamos notar que en algún punto los pasajes rápidos quedan algo desdibujados, o que en la entrada de las muchachas-flor hay cierta confusión musical -además del ambiente ya confuso en libreto y partitura-, pero también hay detalles hermosos en ciertos momentos sosteniendo los monólogos de Gurnemanz, o buenos intentos de dar relieve sonoro a ciertas escenas (la famosa del Viernes Santo...).
El público aplaude copiosamente. Algunas protestas, eso sí, cuando se presentan las tres personas responsables de filmar en directo (¡menos mal!), y por lo demás ovaciones distribuidas generosamente a unos y a otros.
En total, ¿vale pues la pena el viaje hasta Bayreuth (nunca directo y con la posibilidad de tener que usar los temibles trenes alemanes), la estancia y alojamiento, las entradas (que no son baratas), para asistir al Festival?
Por la acústica, sí, sin duda.
Por los coros y orquesta, sin duda también.
Pero si hay que aguantar al director de escena de infinita torpeza que viene más a «hablar de su libro» que a servir la obra, torciéndole el cuello a la ópera representada y traicionando su espiritu con las correspondientes consecuencias musicales, la cosa queda menos clara...
1. Quien esto escribe tiene por principio que, en una puesta en escena, lo que el espectador no ha entendido es porque estaba mal explicado. Siempre es responsabilidad del director de escena que lo que se vea sea directamente inteligible para el público, sin necesidad de explicaciones antes o después.
2. Ruego al amable lector que excuse los superlativos. Quien esto escribe intenta no emplearlos, pero tratándose del Coro del Festival de Bayreuth resulta casi imposible.
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