Francia

La Insula Orchestra y su Beethoven extendido

Agustín Blanco Bazán
Laurence Equilbey
Laurence Equilbey © Auditori
París, viernes, 25 de septiembre de 2026.
Auditorium de la Seine Musicale. Beethoven: Concierto para piano nº 5, y Sinfonía nº 3 ‘Eroica’. David Fray, piano. Insula orchestra e Insula Camerata bajo la dirección de Laurence Equilbey.
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¿Falta de información? ¿Exceso de espectáculos en una ciudad emblemática? Cualquiera sea la razón, no cesa de extrañarme que aún queden melómanos que no han visitado La Seine Musicale, el modernísimo centro cultural parisino ubicado en una isla del Sena cerca del Bois de Boulogne. Y que por ello no hayan asistido allí a algún concierto a cargo de la Orquesta residente, la Insula Orchestra, una excelente agrupación de instrumentos de período fundada en 2012 por su directora artística Laurence Equilbey. Importantes solistas vocales e instrumentales se incorporan a ciclos indefectiblemente programados con alguna innovación capaz de ayudar al espectador a reconocer ángulos interpretativos novedosos, aún en el caso de obras archiconocidas.

Por ejemplo: esta velada de apertura de temporada es una continuación del ciclo Beethoven extended, un proyecto de reinterpretación de sinfonías y conciertos beethovenianos que agrupa a la Insula con su institución de educación musical paralela, la Insula Camerata en la ejecución de las obras con orquesta doble que responden a una alternativa de ejecución ya existente en la época del compositor. Ella consiste en agregar al grupo de instrumentistas básicos un segundo grupo de ripieno (literalmente: “de relleno”) para incrementar la masa sonora en los tutti y los forte de los clímax de cada partitura. Es a través de esta adición que instrumentos de período con cuerdas de tripa y metales sin pistones logran incrementar la redondez y expresividad de una obra, desde los camerísticos pianissimi a cargo de la orquesta básica a los climáticos tutti y fortissimi alcanzables con el concurso de los atriles de relleno.

La Insula ya ha emitido una excelente grabación con orquesta extendida de las Sinfonías 5 y 7, y esta velada en vivo con el Concierto para piano nº 5 y la Tercera sinfonía fue para mí memorable como una experiencia nueva: en medio de las excelentes condiciones acústicas facilitadas por el maderamen total de este auditorio, las dos Insulas trabajaron su Beethoven con excelente combinación de equilibrio y diferenciación sonora.

Tan acostumbrados estamos a los estereotipos de sofisticación y brillantez de las súper orquestas modernas que a veces olvidamos lo que una buena orquesta de instrumentos de período como la Insula puede ofrecernos: esto es, no una pretendida “autenticidad” tan académica como irreproducible, sino el pulso vital y el expresionismo a flor de piel inmediatos al proceso creativo del compositor. Una cuestión de gustos, claro está, pero en mi opinión un complemento necesario para comparar y comprender mejor los orígenes y evolución interpretativa de una obra.

Un test a las preferencias de gusto es comparar en el Concierto nº 5 la brillantez cromática de un Steinway contemporáneo con la relativa opacidad del Pleyel de 1901 utilizado en esta oportunidad. Éste último, esforzadamente explorado hasta el extremo de sus posibilidades técnicas por David Fray, fue de una expresividad “yugular”, esto es, directa e irresistible como reafirmación de la inmediatez sonora del pianoforte frente al piano moderno, ya a partir de esos arpegios iniciales que tan asertivamente lo confrontan a la masa orquestal.

La reconciliación en la primera coda entre solista y una orquesta de tiempos implacablemente urgentes, fue seguida por un adagio un poco mosso durante el cual el solista dialogó con las cuerdas y los vientos con una intensidad y precisión que convirtieron este segundo movimiento en un centro vital de ejecución de toda la obra, en lugar de reducirlo a un mero pasaje entre el allegro y el rondó. Y la transición a este último fue reafirmada sin apuros y con segura nitidez. El final fue desarrollado como un delicadísimo corolario a la última cadencia que Fray interpretó con segura convicción y sensibilidad.

Es decididamente inusual escuchar una orquesta de instrumentos de período ampliada hasta una dotación de 79 ejecutantes en la Eroica, pero lo cierto es que la orquesta principal y la de relleno se impusieron aquí con una entregada convicción que Equilbey encauzó a través de un seguro marcado de tiempos y dinámicas.

Comencemos diciendo que la doble dotación de trompas sin pistones respondió con buena sincronización a las instrucciones de la batuta en el trio del Scherzo y la coda del Allegro Molto final. Y sigamos comentando que también los demás instrumentos de viento, en particular las flautas, se destacaron por su segura y cálida expresividad frente a los grupos de cuerda.

Particularmente encomiable en la dirección de Equilbey fue su maestría para integrar la orquesta de relleno a la principal sin alterar el progreso de volumen con abruptas transiciones del piano al forte. Ninguna amplificación salió forzada, sino por el contrario expuesta como una espontánea progresión de sforzandi hacia tutti acordes con la estructura básica de la partitura.

En el primer movimiento la enorme dotación orquestal transitó segura a través de los contrastes de tiempo y dinámicas con cuidadosa diferenciación de cada grupo instrumental: primeros y segundos violines, violas y chelos y contrabajos se distinguieron entre si y también en su relación con los vientos. La marcha fúnebre fue marcada con urgencia adecuada para relacionarse sugestivamente con el allegro vivace del Scherzo. Y en el finale las variaciones melódicas fueron desarrolladas con decantada espontaneidad. En la coda, el contraste entre los piani de flauta, fagot y cuerdas, y el furioso presto orquestal que cierra la obra fue magníficamente acentuado por esta inspirada agrupación de instrumentistas.

Momentos antes, todos ellos habían triunfado con similar asertividad en la marcial última variación del rondó, una variación que tan vibrantemente define el “heroísmo” de esta gran sinfonía. 

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