España - Cataluña

…Y volvió ‘Aida’

Jorge Binaghi
«Aida» de Verdi. Regie de Neshat
«Aida» de Verdi. Regie de Neshat © 2026 by Sergio Panizo / Gran Teatre del Liceu
Barcelona, martes, 29 de septiembre de 2026.
Gran Teatre del Liceu. Aida (El Cairo, Opera, 24 de diciembre de 1871). Libreto de A. Ghislanzoni y música de G. Verdi. Intérpretes: Anna Netrebko/Olga Maslova (Aida), Arsen Soghomonyan Ganci (Radamès), Ekaterina Semenchuk/Fiorenza Cedolins (Amneris), Artur Rucinski/Àngel Odena/ (Amonasro), Alexander Köpeczi /Simón Orfila (Ramfis), Vittorio De Campo (Il Re), Carmen Buendía/Núria Vilà (Sacerdotessa) y Moisés Marín (Messaggero). Dirección escénica y video: Shirin Neshat. Escenografía: Christian Schmidt. Vestuario: Tatyana van Walsum. Coreografía: Dustin Klein. Iluminación: Felice Ross. Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Pablo Assante). Director: Antonello Manacorda/Josep Gil.
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Al título más representado en este Teatro le ha tocado un lifting. Cansados (no sé quiénes) de la antigualla de escenas pintadas por Mestres Cabanes hemos tenido el privilegio (¿) de la producción que nació hace ya bastante en Salzburgo, siguió su periplo con modificaciones en París, y al parecer ha vuelto a sufrir otras ahora. Según donde recale la próxima vez se tratará de una verdadera ‘work in progress’ de su creadora, la iraní Shirin Neshat (que, como se debe, en el programa figura antes que el director musical y ni qué decir el reparto (para seguir con los anglicismos podríamos decir que se tratan de ‘optionals’ -por esa razón yo he puesto el orden inverso pero seguro que  lo cambian en aras de la ‘nivelación’). Que hace unos videos y arma fotos fijas en blanco y negro notabilísimos (¿o escribo ‘notabilísim@s, no sea que las fotos se sientan disminuidas?: estoy casi más preocupado que Amneris por saber si Aída ama a Radamès como ella).

Todos mis respetos por su situación de mujer iraní y en el exilio, y sus buenas intenciones de no hacer una ‘grand opéra’, sino un alegato antibélico, etc. Pero resulta que, como se suele decir, de buenas intenciones está plagado el camino del infierno. Y aquí nada tiene mucho que ver con lo que se dice y se escucha.

Hacer un solo intervalo en una obra larga ignorando los calculados finales de acto de Verdi y Ghislanzoni para asestarnos infumables procesiones de sacerdotes o cautivos con un fondo sonoro tipo Halloween, o por el contrario un grupo de soldados que se visten con su uniforme y tras ser reprendidos por el sargento se ponen a bailar como poseídos gritando, no sólo valorizan la obra sino que la despedazan en ritmo y continuidad dramática, y poco ayuda que el mismo grupo de soldados amenace casi a continuación a Amneris y sus esclavas en rigurosas enaguas durante la danza de los moritos (lo dice el libreto, no yo: nadie solicite mi cancelación, ‘numi, pietà’) para aparentemente obligar a la princesa (¿no era de la clase dirigente?) a ponerse un vestido rojísimo.

Y no digamos ya cuando, en los pocos momentos solistas que la obra tiene, se dedican a asestarnos proyecciones de diverso pelaje (los monólogos parecen desesperar a todo el mundo en todas partes: ¿por qué no los cortamos, que detienen la acción según ciertos criterios?).

Aprovechando lo de los ‘moritos’ han de saber ustedes que no es que aparezcan unos y otros. Aunque hay tres ballets de distinta extensión previstos por Verdi nadie baila: a lo sumo hay movimientos ‘exóticos’. En el templo de Ftah al ritmo del baile de las sacerdotisas aparecen Ramfis y Radamès, que degüella un cabrito y se lava luego las manos. En la escena del triunfo los vencidos están al fondo desde el inicio con ropas negras (por lo cual cuando Radamès pide al Rey que le perrmita presentarlos sólo aparece encapuchado Amonasro). El propio objeto de la marcha triunfal aparece antes y aquí degüella a una niña (pero no he visto que se lavara las manos), y al final, pese al perdón conseguido, los prisioneros que se han desvestido personalmente en distintos grados son masacrados a golpes de metralla que interfieren con los compases finales del segundo acto. Lo que más se salva es el cuarto acto porque la invención no daba para mucho más.

El público reaccionó mal ante la danza de los soldados con variadas expresiones; ante la interminable procesión de los presos antes del último acto rematada por la novia de blanco, que ya ha aparecido otras veces y probablemente sea la protagonista, las reacciones tendieron más a la broma con pedidos de bis, comentarios sobre lo aburrido o lo esmerado del espectáculo.

En el medio -durante el dúo entre los protagonistas en el tercer acto- hubo que interrumpir porque la alerta de seguridad civil inundó el teatro no sólo con los ruidos de los celulares sino con el color rojo o rosado, que hacía un efecto muy bonito. El director esperó paciente, Netrebko se sentó a reírse de buena gana, Radamès se quedó de pie, paralizado. Para noche movida, sí que lo fue.

'Aida' de Verdi. Directores musicales, Antonello Manacorda y Josep Gil. Director escénico, Shirin Neshat. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, septiembre de 2026. © 2026 by Sergio Panizo / Gran Teatre del Liceu.'Aida' de Verdi. Directores musicales, Antonello Manacorda y Josep Gil. Director escénico, Shirin Neshat. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, septiembre de 2026. © 2026 by Sergio Panizo / Gran Teatre del Liceu.


Pero como Aida no es una banda de sonido de una película (aunque parece que hay que revisar este concepto) hubo interpretaciones y todo. Las artísticas no muchas porque la preocupación por los personajes no apareció. Sólo Netrebko en el primer reparto, que conocía bien la producción en su origen al menos, se desplazó de forma casi alada.

Más notable, en el segundo, la Amneris de Cedolins vivió de vida propia gracias a la gama de gestos y a los matices en el fraseo de la gran soprano italiana que volvía al Liceu después de larga ausencia (se están por cumplir los veinte de aquel sonada debut en Butterfly), antes gran Aída, para debutar en el papel de la rival. Y en ambas cantantes estuvo lo más distinguido de cada representación.

Tras algunas vacilaciones de mínima importancia en los dos primeros actos, la primera se impuso en los dos últimos y en especial en el tercero con un ‘O patria mia’ excelente, pero no sólo destacó en el aria.

La segunda cantó con sus medios de soprano. Quien quiera encontrar unos graves de pecho retumbantes saldrá decepcionado. Quien vea la distinción, la técnica, el manejo del fraseo, la interpretación y la solidez del agudo (fue ella la encargada de concluir el gran concertante del segundo acto y vaya si se la oyó) se habrá encontrado con una Amneris prácticamente inédita e interesantísima.

El común Radamès (una proeza en sí misma, resultado de los interminables cambios del elenco masculino por cancelaciones y otras extrañezas) fue el debutante Arsen Soghomonyan, de voz amplia, extensa, algo metálica, segura, fraseo convencional, poco uso persuasivo de la media voz, y elemental como actor. En la segunda noche pareció más tranquilo y seguro que en la primera.

En el segundo reparto la protagonista fue Olga Maslova, voz sin duda importante pero no muy bien manejada, fraseo monótono e insípido, y con algunos problemas de entonación. En el primero Amneris fue una Ekaterina Semenchuk que exhibió un estado vocal más bien precario, con poderosos graves nasales más que de pecho, y a veces poco audible en los otros registros. Se preservó para la gran escena del juicio que fue lo mejor. Espero que se haya tratado de una mala noche o una indisposición pasajera.

Amonasro se encargó a un Artur Rucinski a quien el papel le excede aunque cantó bien (la emisión del agudo parece siempre distinta del resto de los registros). Más sólido, aunque monolítico, resultó el de Ángel Ódena, que ya había cantado la parte la última vez y con los mismos resultados.

El Ramfis de Alexander Köpeczi fue bueno, pero me pareció de color menos oscuro que en otras ocasiones. Simón Orfila exhibió, por su parte, un vibrato excesivo: no parece Verdi un autor en el que se encuentre cómodo.

El único intérprete del Rey fue Vittorio De Campo, un joven de medios importantes, que seguramente si madura y refina su técnica obtendrá muchas satisfacciones pronto.

Las sacerdotisas (esta vez cantaban en el escenario) de Carmen Buendía y Núria Vilà estuvieron correctas, algo más quizá la primera.

El mensajero de Moisés Marín volvió a mostrar su buen hacer. No sé si fue él o la directora de escena la que le impuso un ‘morte’ al final de su relato en un estilo hiperverista y por lo mismo censurable.

'Aida' de Verdi. Directores musicales, Antonello Manacorda y Josep Gil. Director escénico, Shirin Neshat. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, septiembre de 2026. © 2026 by Sergio Panizo / Gran Teatre del Liceu.'Aida' de Verdi. Directores musicales, Antonello Manacorda y Josep Gil. Director escénico, Shirin Neshat. Barcelona, Gran Teatre del Liceu, septiembre de 2026. © 2026 by Sergio Panizo / Gran Teatre del Liceu.

El coro se desempeñó muy bien, aunque el sector masculino (no sé si había diferencia en el número) resultó menos potente que el femenino, y fueron ambos especialmente notables en los momentos de mayor recogimiento (pienso en el inicio del tercer acto y en el cuadro del templo del primero).

La orquesta volvió a poner de manifiesto su excelente nivel técnico. Antonello Manacorda, que debutaba como su asistente Josep Gil, sacaron más partido de los momentos íntimos, aunque con tendencia a la lentitud mientras que en los vigorosos, sobre todo el primero, prefirió un acento ‘pompier’ que puede ser tradicional y hacer efecto, aunque Verdi no sea Meyerbeer.

Mucho público el primero de los días, 28 de septiembre, menos el segundo, 29 de septiembre. Muchos aplausos.

La próxima reseña recogerá la actuación de la mayoría de los intérpretes que aún me queda por ver.

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