Seguramente el título de esta reseña habrá parecido vulgar a alguno, pero no. No le falta del todo razón porque he usado a propósito la locución ‘popular’ en España, pero para referirme a muy otra cosa. A saber: que con un par de cantantes de semejante tonelaje la reposición de la ópera de Verdi, incluso en esta producción y con sus altibajos, cobra sentido. Sobre todo cuando Beczala y Tézier fueron grandísimos, pero no los únicos que lo hicieron bien. Aunque tan bien ya casi no estoy acostumbrado. Y menos dos al mismo tiempo.
Si la sala estaba tan llena (aunque no agotadas las entradas) se habrá debido a eso, en especial a que era la primera de las funciones en las que se presentaba el tenor polaco. De aquel primer Faust en concierto, tan bien recibido, el camino hasta este Radamès ha sido largo, y entonces podría haber parecido imposible o temerario, pero en la prudencia y la calma con que Beczala se ha tomado su carrera encuentro ecos de la ejemplar y poco seguida Mirella Freni (de Nannetta y Zerlina a Aída y Adriana).
Empezó a un nivel elevadísimo, con una ‘Celeste Aida’ ejemplar, ya desde las primeras palabras del recitativo y aún antes (y terminada con un ‘ppp’ estratosférico) que le valió la primera gran ovación de la noche, y allí se mantuvo en cada oportunidad, fuera ya en el aspecto más heroico o en el más lírico (los ejemplos del primer y segundo cuadro del último acto fueron eso: ejemplos). Exhibió, además, una gran soltura.
Tézier había cantado ya una función, y en esta se mostró digno de todas las alabanzas que se le dirigieron con motivo de la primera. La parte es más bien breve, pero aprovechó desde la entrada cada momento para dejar oír su bellísimo timbre y su fraseo apasionado y variado usando cuando se requería una media voz deslumbrante que sobre todo servía para dar una pátina humana (la de padre) al feroz personaje (la famosa frase, tan típicamente verdiana, ‘pensa che un popolo vinto straziato per te soltanto risorger può’ sonó en toda su belleza pero también como una plegaria). Y pensar que llegó casi de casualidad a la producción por la cancelación de un colega que ya hacía tiempo era sabido que no se presentaría.
Anna Pirozzi fue una buena protagonista que también goza aquí, con justicia, de muchos adeptos. Probablemente no sea este el personaje que le vaya mejor a su tipo de voz, sobre todo imponente y probablemente más a sus anchas en una Turandot o una Abigaille, pero de todos modos logró plegarla (no siempre) a los momentos más líricos e íntimos, e hizo un verdadero esfuerzo por responder a lo que le pedía la directora de escena. Creo que su mejor momento fueron los dos primeros actos, y en particular ‘Ritorna vincitor’.
Ksenia Dudnikova es una voz de mezzo joven y fresca, con un buen centro y grave. El problema es que intenta demostrarlo a cada paso y así a veces engola y en otras el exceso es tal que termina por hacer borroso el color. Corolario de lo anterior, tiene seguramente una buena extensión en el agudo, pero casi siempre termina siendo o corto o gritado. Como artista fue genérica.
Giorgi Manoshvili fue un Ramfis por aspecto y voz el más imponente de los tres que he visto, pero empezó con un vibrato exagerado y aunque lo superó enseguida también él, en la aparentemente inofensiva frase del acto tercero (‘Iside legge degli umani nel cor’) demostró que el papel necesita de un auténtico bajo o de esos llamados bajobarítonos con un grave sonoro.
El Rey de George Andguladze se hizo oír siempre, pero con un timbre tan desangelado que incluso hablar de timbre parece demasiado.
Carmen Buendía y Moisés Marín repitieron sus papeles en el mismo modo que el primer día. Y lo mismo puede decirse de la actuación de coro, orquesta y el director Antonello Manacorda.
Y por último quiero dejar constancia de que en esta oportunidad el público pareció más comprensivo y paciente con los detalles de la puesta en escena de la que tampoco añadiré nada nuevo…hasta que llegó ese último intervalo (que a la tercera vez se me hizo eterno) con los cautivos vestidos o desvestidos de diverso modo moviéndose en cámara lenta en medio de gritos y susurros (los de Bergman eran mucho más interesantes y verdaderos) hasta que al final aparece ‘la novia’ que se va despojando de sus vestiduras hasta quedar desnuda. En el medio de tal procesión se desató una tempestad de protestas, y como hubo una tímida reacción de aplauso el escándalo fue de traca, con dicterios de los que el último y más tremendo fue el de ‘¡pobre Verdi!’. Telón.
Agrego que no he podido ver ni la Aída de Ewa Plonka, ni el Radamès de Ivan Gyngazov, ni el Amonasro de Amartuvshin Enkhbat. Si ni en la vida se puede todo, calculemos en el arte…
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