¿Por qué una obra que obtuvo en su día tuvo un éxito triunfal, el único libreto de ópera escrito por un autor de gran prestigio, desaparece de los escenarios parisinos tras poco más de treinta años de carrera? ¿Por qué un compositor tan valioso como Salieri ha quedado relegado a mera figura de complemento?
A la escucha de Tarare, escrita por Beaumarchais 1 y compuesta por Salieri, uno no puede sino escandalizarse ante el olvido sufrido por esta obra, reducida, en el mejor de los casos, a ser citada en las notas a pie de página de los libros de Historia de la música.
Y es que, como señalaba Anatole France, a menudo la mentira tiene más largo recorrido que la verdad. Es sabido que Salieri nada tuvo que ver con la muerte de Mozart, que las relaciones entre uno y otro fueron tanto de mutua admiración como de lógica envidia entre colegas, pero el bulo que corrió sobre el supuesto asesinato de Mozart por Salieri 2 ha alimentado óperas, películas y otras obras de ficción hasta el punto que se ha tendido a constantemente compararlos, a menudo para menospreciar al italiano.
Pero es que comparar a Salieri con Mozart es como comparar a Wagner con Verdi o a Verdi con Gounod, es no admitir que en una misma época pueda haber tres, cuatro, cinco o diez compositores magníficos, cada uno con sus defectos y sus cualidades.
Así somos los melómanos, preferimos atenernos al sistema de valores que nos han inculcado hasta que ¡zas! caemos del caballo: una obra viene a trastocar el esquema que tan nítidamente habíamos integrado.
Tarare no sólo tiene un libreto que se sale de todos los esquemas por su audacia política (la Naturaleza y el Espíritu del Fuego crean humanos cuyo estatus o fortuna no dependen de su nacimiento), por su innovación formal (ese primer cuadro que sucede en una suerte de limbo, ese final contenido en una sola frase, esos diálogos rápidos), por su inteligencia (con frases tan hermosas como ese «puro incienso de la sensualidad»).
Tiene también Tarare una música tan nueva como su libreto. Recitativos, ariosos, arias, intervenciones del coro, todo parece unido sin que pueda determinarse dónde empiezan unos u otros, en una suerte de continuo musical que va más allá de Gluck y que algún día recuperarán el último Spontini, Wagner o el Verdi maduro. Sus melodías, más amables que las de Gluck, se encadenan y tienen la personalidad de un gran compositor.
Obra maestra pues, sin ningún género de dudas, Tarare volvía gracias a la inquieta programación de Laurent Brunner en la Ópera de Versalles. Gracias le sean dadas de parte de todos aquellos que amamos la Belleza.
La recuperación versallesca
Al frente de la proposición escénica, Jean-Romain Vesperini, asistido por Jean-Christophe Mast, no busca inventar una nueva historia ni transformar la existente. De acuerdo con el director de orquesta amputa la obra de buena parte de sus danzas (lástima), y escoge trajes y actitudes de «científicos locos» para la Naturaleza y el Espíritu del fuego, pero por lo demás se ciñe al libreto, trabajando la dirección de actores, jugando con la sala como puntual espacio escénico, sin olvidar los movimientos y actitudes del coro, todo con un tono festivo que puede corresponder a la ironía y el ingenio del libreto.
Los coloridos e imaginativos trajes de Alain Blanchot y las pelucas y maquillaje de Laurence Couture y Mathilde Benmoussa, vienen a resaltar el universo de opereta propuesto por Vesperini. Los decorados de Bruno de Lavenère se reducen a una caja escénica que sintetiza el principio de la perspectiva acentuada típica del teatro clásico y ya contenida en esencia en los decorados permanentes del Teatro Olímpico de Vicenza.
Sobre la caja ideada por Lavenère son proyectados los distintos vídeos de Étienne Guiol, vídeos que visten así la escena a modo de decorados cambiantes según los lugares indicados en el libreto. Las luces de Christophe Chaupin aislan o resaltan con eficacia personajes y situaciones.
Tal vez fuera necesario resolver problemas de ritmo escénico, especialmente en los momentos más convencionales (indispensables para eludir la censura del Rey, pues estamos todavía en 1787), y se puede discutir en general tal o cual elección estética, pero en general la puesta en escena se pone al servicio de la obra, y la trama se entiende sin problemas. Para los tiempos que corren, es enorme.
En escena, el joven Alain Baldo se encarga del
pequeño papel de Altamort con solvencia, y los miembros del coro Clara Penalva,
Isaure Brunner y Jérémie Delvert cumplen en sus pequeños roles.
Alexandre Adra tiene dificultades como Arthénée -esperemos que se trate
simplemente de un mal día. Y a Gwendoline Blondeel, a pesar de su bonita voz,
apenas se le entiende (lleva años con el mismo problema y ha mejorado algo,
pero no lo suficiente). Tampoco se entiende bien a Éléonore Pancrazi como Astasie,
aunque sea apreciable su implicación en el rol.
Sin embargo a Reinoud Van Mechelen (Tarare), Jean-François Lapointe (Atar), Enguerrand de Hys (Calpigi) y Jean-Gabriel Saint-Martin (Espíritu del fuego, Urson) se les entiende estupendamente. Además sus voces son plenas, segurísimas, potentes. Enamora el timbre de Saint-Martin, el único de los tres que no conocíamos. Irresistible la vis comica de Enguerrand de Hys, cada vez más redondo también vocalmente. Tal vez un punto descuidado el agudo de Van Mechelen problema puramente circunstancial dentro de una actuación magnífica. Por su parte, Lapointe lanza agudos avasalladores. Impresiona en un papel de malvado que le va como anillo al dedo.
Como impresiona la Orquesta Real de Versalles capitaneada por el joven Théotime Langlois de Swarte. Qué precisión en los pasajes rápidos, qué sonido tan fresco, qué capacidad de reacción. Langlois de Swarte infunde muchísima energía a su conjunto (¿un pelín demasiado?) que brilla sin avasallar a las voces (aprovechando también la magnífica acústica del Teatro Real de Versalles). Los fragmentos orquestales son aplaudidos cumplidamente, y tanto el pequeño Coro (buen empaste, buena dicción, disponibilidad escénica, permiten repetir que a veces «menos es más») como la Orquesta de la casa forman parte, junto a su director, de los grandes triunfadores de esta representación.
El público, absolutamente cautivado, aplaude a rabiar al final de la representación (y sí, también aplaude a los responsables escénicos, aunque un punto menos). Cuando los aplausos están en su cénit, el director de la sala, Laurent Brummer, entra en escena con otro señor. Se trata de un descendiente de Beaumarchais. Curioso que en una obra que termina, tajante, diciendo que no cuenta de quien se desciende sino el carácter de la persona, se dé tanta importancia a un señor que simplemente «desciende de». En fin, servidor de ustedes, que no es un gran fan de discursos, se va en cuanto el citado descendiente empieza a hablar.
Y nos vamos con el corazón henchido,
conscientes del privilegio de asistir a una buena representación de una obra
maestra quasi-olvidada.
1. Sí, Beaumarchais, cuyo 'Barbero de Sevilla', fusilado por Sterbini nos sigue haciendo disfrutar con la música de Rossini; el mismo Beaumarchais cuyas 'Bodas de Figaro', fusiladas por Da Ponte y musicadas por Mozart, tanto nos conmueven y hacen reír.
2. Bulo posiblemente originado por el propio Salieri que, muy probablemente aquejado de demencia senil, repetía que él había matado a Mozart.
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