Hace apenas un mes, en la misma París pero en el Teatro de los Campos Elíseos, escuchábamos El ocaso de los dioses en versión de concierto, atendiendo a criterios históricamente informados, bajo la batuta de Kent Nagano. Volvemos pues a escuchar la misma obra, en la sala Bastille de la Ópera de París, bajo la batuta de Pablo y con puesta en escena de .
¿Pero cómo es posible que, cuando se trata de versión de concierto (verbigracia la citada del pasado 13 de septiembre en el Teatro de los Campos Eliseos) el espectador entienda todas las motivaciones, todas las situaciones, todo lo expresado por la música, y cuando se trata de una versión escenificada no se entienda un piho de lo que pasa en escena?
Según Bieito, la roca rodeada de fuego tiene distintos decorados, Siegfried ya se está magreando con Gutrune antes de beber su poción, Brunilda es más fuerte que Sigfrido cuando éste viene a raptarla en nombre de Gunter, etc. Eso sin contar todos los momentos en que, para rellenar, Bieito pide al cantante o la cantante que haga como que baile o que vaya de un lado al otro del escenario no se sabe por qué 1. Como, no se sabe por qué, los personajes se estiran unos a otros del pelo (un gesto que al parecer a Bieito le encanta, porque lo usa en casi todas las óperas de esta Tetralogía). Eso entre otros mil detalles de violencia gratuita y mal resuelta técnicamente que hacen que la cosa resulte chusca.
En fin, que al vídeo innecesario y omnipresente (como en el 80% de las producciones actuales), que a la confusión en decorados y en intenciones, se una una dirección de actores paupérrima. Eso sí, gastándose una pasta. Porque los decorados, la cantidad de personal técnico, los trajes, todo esto cuesta un potosí: es lo que se llama una pifia a lo grande.
Pues que habría que creditar entre los intérpretes a los técnicos de sonido. Todos los cantantes van sonorizados 2. Y aún así, la orquesta los cubre por momentos.
Eso sí, cuando le pregunto a mi vecino de asiento qué le parece lo que acabamos de escuchar, me contesta que la orquesta no le parece lo suficientemente potente... A ver si el problema de Wagner va a ser el público wagneriano...
Heras Casado dirige sin pena ni gloria. Las frases están ahí. De cuando en cuando hay algún momento que se escapa al tedio que todo lo domina (el raconto de Waltraute por ejemplo) pero enseguida volvemos a más de lo mismo.
grita (¿le ha sugerido alguien que puede no-gritar?); como Brunilda parece tener menos volumen (aunque a lo mejor todo depende del técnico de sonido, vaya usted a saber) pero sus agudos son impecables y sus graves nutridos, y es la única que tiene momentos de auténtica sinceridad 3, aunque por desgracia la dirección de actores es tal que no se entiende muy bien qué quiere su personaje; tiene una bonita voz, pero sin el squillo de la de Wilson, con lo cual, a pesar de la sonorización, un tercio de su intervención se lo traga la orquesta. Tratándose de como Gutrune, la orquesta se traga la mitad de lo que canta. Gunter tiene problemas para cantar su entrada con Brunilda en el segundo acto, y dice el resto. En cuanto a Eve-Maud , sigo pensando que vocalmente Wagner le viene grande, pero es artista y compone, con sus medios, una Waltraute vibrante … a pesar de que la puesta en escena le fuerce a mimar un personaje exagerado y poco creíble.
Por suerte en la primera escena tenemos el lujo de escuchar el timbre inconfundible de como primera norna y la también valiosa prestación de la magnífica Marie-Andrée como segunda norna.
El coro, tratado escénicamente como en función de fin de curso, musicalmente realiza una prestación que no cuaja, algo desbaratada.
En cuanto a la orquesta, los solistas son buenos, cierto, pero todos aquellos detalles de orquestación tan sabrosos que descubríamos con , en la versión de Heras Casado se han quedado por el camino. Volvemos a una orquesta donde prima el volumen. Y volumen hay, bastante para cubrir a los cantantes. No por ello impresiona, porque cuando todo está en forte, otro forte más no impresiona. No hay misterio en el preludio del segundo acto (el sueño de Hagen), no hay aventura en el viaje de Sigfrido por el Rin (bien es cierto que la puesta en escena idiota no ayuda), no hay sutileza en el tejido orquestal... Y aún gracias que hay dos o tres momentos de remanso en que la orquesta permite a Eve-Maud Hubeaux o a Tamara Wilson dar emoción.
En general, entre la puesta en escena incoherente, falsamente provocadora y sin sutileza psicológica, entre la dirección orquestal plana y también falta de sutileza, entre los cantantes que no añaden nada (salvo, como decimos, Tamara Wilson), servidor de ustedes se aburre como ostra. Tanto es así que, sintiéndolo mucho por la crítica, me voy al segundo entreacto.
Eso sí, ni una sola protesta. El público que llena la sala parece encantado...
No, si al final, el problema de Wagner serán los wagnerianos...
1. El famoso interludio comúnmente denominado «viaje de Sigfrido por el Rin», gracias a Bieito se convierte en «Brunilda se pega unos bailes cuando está sola en la roca: ¿estará borracha?».
2. Para hacer honor a la verdad, y no sabiendo más del asunto, es posible que la sonorización sólo se aplique a ciertas partes de la sala. Los aparatos sobre los cantantes están ahí, indudablemente.
3. El momento del segundo acto en que Brunilda, sola -aunque en escena queden Hagen y Gunther- se pregunta qué ha podido pasar, es uno de los pocos momentos de auténtica emoción en esta representación.
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