Tras veinte años, vuelve a Sevilla un título clave de la ópera francesa del XIX que, en su anterior y primera visita al Teatro de la Maestranza, no llegó a convencer (si exceptuamos la labor llevada a cabo con la ROSS por el simpar Michel ). En este caso, tanto la puesta en escena como el reparto se cuidaron un poco más y, en general, la satisfacción del público la noche del estreno permitió dar por saldada la deuda. No es fácil, por extensión de la obra -mayor incluso si se hubiera presentado completo el ballet-, familiaridad de los espectadores con la historia y demanda vocal, salir airoso de un proyecto como el Romeo y Julieta de , pero, al menos desde lo musical, se puede afirmar que se cumplió con holgura.
Comenzando por una pareja de protagonistas entre los que parecía existir mucha química: la soprano Nina , soprano con un sólido registro agudo, fue ganando seguridad y aplomo con cada acto, y mostró una capacidad de plegar sus mimbres en el famoso dúo del cuarto acto, que llenó de matices. Posteriormente, hizo gala de temperamento en el aria del veneno, con un lirismo incipiente muy adecuado a la escena. A su lado, con buena técnica y gran conocimiento de sus medios, que evolucionan hacia terrenos más pesados, Pavol llenó de elegancia a Romeo. Es fundamental que en este rol se ponga freno al arrojo (sin renunciar a él, como demostró en el acto tercero) y, con una facilidad para el juego dinámico controlado, supo conmover en sus dos escenas solistas.
Tanto , rotundo e implicado Laurent que trasladó con magnética intención las indicaciones del veneno a Julieta, como Anna-Doris , voz de mezzo ligera con el tornasol justo para roles como este de Stéphano, aprovecharon sus breves momentos solistas para destacar del resto de un reparto de secundarios comprometidos, a veces más desde lo escénico que en lo vocal.
La segunda visita de Sasha al Maestranza, esta vez con el tiempo necesario para sacar aún más partido de una espléndida y empastada Sinfónica de Sevilla, confirma que este director es muy adecuado para el repertorio operístico del XIX. Ofreció variedad dinámica y se ocupó especialmente de arropar a las voces. Por su parte, como de costumbre, una gran labor la del coro del Maestranza que consigue siempre prestaciones de altura con homogeneidad y mucha intención.
La producción de Luca , estrenada el pasado año en la Ópera de Roma y disponible poco después en alguna plataforma en línea, traslada la acción a la Italia de los años cuarenta del pasado siglo, y establece una relación muy visual y directa con la muerte desde el inicio; exceptuando a los protagonistas, el resto de los integrantes del elenco aparecen caracterizados como espectros. La escena es única, una especie de patio porticado sumido en la oscuridad sobre el que se proyectan imágenes -algunas más acertadas que otras- y se recrean los diferentes cuadros. Especialmente sugerente es la última, en blanco y negro, que plasma la destrucción final con acierto. El movimiento de actores es eficiente y, en general, supuso este un marco sin disonancias para seguir la trama desde otro prisma.
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