ABAO inauguró su 75ª temporada con La Traviata, elección segura para una temporada tachonada de títulos emblemáticos. La respuesta del público estuvo a la altura, con un Euskalduna agotado y una producción aplaudida con entusiasmo.
La puesta en escena, firmada por Mario Pontiggia, situaba el conocido título verdiano en la Belle Époque. La escenografía, de Francesco Zito y Antonella Conte, ofrecía una postal glamurosa y bien resuelta, que nos trasladaba al mundo de Proust. En consonancia con la inspiración Art Nouveau, las líneas curvas, los motivos vegetales y las siluetas animales acaparaban el protagonismo sin perder su función simbólica. El escenario aparecía enmarcado entre esbeltas “líneas de látigo” desabrochando en carnosas hojas, como si lo que se mostraba en el centro fuese, a su vez, una lámina. Quizá en consonancia con esta idea, el movimiento escénico tendió más bien hacia el estatismo. En particular, a mí me gustó la sombría combinación cromática del último acto y el detalle de las siluetas de mariposas de la cabecera en la que, moribunda, sufre Violetta.
Para la ocasión, ABAO reunió dos nombres de referencia para el belcanto en la actualidad, los de Jessica Pratt y Javier Camarena, así que, además del reclamo verdiano (La Traviata sigue siendo, seguramente, la ópera más popular del repertorio operístico) el propio reparto era, en sí mismo, un motivo para asistir a la representación.
Camarena no necesita presentaciones: es una estrella global cuya extraordinaria trayectoria como tenor ligero le ha llevado a cosechar éxitos en los principales coliseos internacionales. Pratt, por su parte, es una cantante de conocedores, muy respetada en Italia y que se identifica especialmente con el papel de Lucia, que ha cantado más de un centenar de veces. Para ambos, poniéndolo en perspectiva, esta incursión verdiana es más la excepción que la regla. En esta ocasión, Pratt contaba a su favor con la complicidad del muy profesional Francesco Ivan Ciampa, con quien mantiene una colaboración artística regular desde hace años. La soprano británica tenía, por lo tanto, en el foso una batuta que conoce su voz, su expresividad, sus tempi y sus recursos.
Que la ópera no forme parte del repertorio habitual de estos cantantes no tiene por qué ser, a priori, un problema. Muy al contrario, en estas circunstancias se calibra la valentía y el profesionalismo de un cantante. A diferencia de los papeles en los que Camarena ha sido unánimemente aplaudido, Alfredo no pide agilidad ni sobreagudos. Lo que requiere es centro, legato sostenido y expansión en la vulnerable zona del passaggio. Aquí es donde una voz ligera puede mostrar sus límites. Así que, en realidad, era previsible que, como ocurrió, en “Un dì, felice, eterea”, el resultado no fuera totalmente convincente. Pero las tablas de Camarena le ayudaron a salir del paso de forma airosa y hasta con humor, y a avanzar creciendo en los dos actos siguientes.
Pratt, por su parte, estaba en terreno dominado en ese primer acto: en la coloratura de “Sempre libera” se siente como en casa, los filados y los agudos fueron tan controlados como elegantes. Ese dominio se revivió en los filados del “Addio del passato” del tercer acto, donde Verdi pide expresamente “un fil de voce”, y con los que Pratt arrancó los aplausos del público.
Camarena tiene un timbre cálido y un fraseo natural que en la sala adecuada son ideales para el lado tierno y juvenil de Alfredo, tal como quedó patente en el tercer acto. Pero, por una parte, la acústica del Euskalduna mermó el disfrute de esas cualidades y, por otra, el emparejamiento con una soprano estupenda, pero de color y peso similares al suyo no ofrecía el contraste de color y peso que su voz y el libreto requieren. El de Alfredo es un papel muy ingrato (inseguro, celoso, un provinciano perdido en París), así que, sin la necesaria presencia vocal, frente a él, Violetta parece estar sacrificándose por un niño. Al contrario, el empaste entre Pratt y Gabriele Viviani, en el papel de Germont padre, en el gran dúo del segundo acto fue de lo mejor de la noche. Cuando Violetta tenía delante una voz de peso y color muy distinto al suyo, el drama cobraba sentido. Viviani ofreció un Germont de voz verdiana, amplia y oscura, con un buen legato.
Los comprimarios, todos ellos, como se dice, de la casa, ganaron el merecido aplauso del público y desempeñaron con acierto el papel de apoyo que Verdi les otorga. Bien el ballet de la fiesta de Flora, y el Coro de la Ópera de Bilbao, tan entregado a su tarea como siempre. Francesco Ivan Ciampa dirigió con atención a los cantantes y extrajo de la Euskadiko Orkestra un buen trabajo de dinámicas y equilibrio bastante bien conseguido entre escenas. Aunque, en el tercer acto, fue donde director, orquesta y soprano hicieron magia. Independientemente del efecto, que fue además impresionante, esa fusión entre foso y escenario es lo que buscamos cuando vamos a la ópera, puro teatro con música.
La temporada continúa en noviembre con Il barbiere di Siviglia, otra joya del repertorio que promete ser un regalo para los rossinianos. Leonor Bonilla es una magnífica elección para Rosina, un papel cuya mezcla de virtuosismo vocal, picardía y determinación ofrece mucho más que un escaparate de agilidad. Santiago Ballerini asumirá el papel de Almaviva, aplaudido en otros teatros por combinar la agilidad vocal con la elegancia del fraseo y la desenvoltura escénica. Bruno de Simone es un veterano del buffo rossiniano que se sabe la parte del Dottor Bartolo del derecho y del revés. Con el español Pedro Bartolomé en el foso, un director joven que conoce la sala y que tiene la reputación de cuidar el equilibrio entre orquesta y cantante, y este reparto, la próxima cita de ABAO tiene buenos argumentos para volver a llenar el Euskalduna.
Desde 1996, informamos con independencia sobre música clásica en español.
Para disfrutar plenamente de nuestros contenidos y servicios, regístrate ahora. Solo lleva un minuto y mejora tu experiencia como lector.
🙌 Registrarse ahora
Comentarios