Les Arts Florissants y Paul Agnew están ayudando a descubrir este título todavía raro del 'Caro Sassone' a través de una gira por diversas ciudades. Loable empresa ya que siempre está bien conocer a fondo algo más de un autor tan importante. La obra no es exactamente desconocida, pero es cierto que tras su afortunado estreno con motivo de las celebraciones por la coronación de Jorge II cayó en el olvido. Hay varias obras mayores de Haendel (sobre todo instrumentales) que tuvieron un origen cortesano y han sobrevivido perfectamente (alguna incluso se sigue usando en ceremonias de la monarquía).
Aquí, además, se trata de la única obra de Haendel con un protagonista inglés aunque transcurra en la época de las Cruzadas y más concretamente en Chipre. Por supuesto que toda relación con la historia termina con esto. Y el problema es que el libreto, basado en otro anterior de 1710, no es maravilloso. Los personajes son tan planos que aunque la música es magnífica casi nunca tienen vida más allá de las maravillas musicales que encierra (estamos hablando de una época en que ya se habían escrito Giulio Cesare, Rodelinda, Tamerlano, que tenían buenos o magníficos libretos y son ricas en situaciones y personajes complejos), y eso que contaba con su trío de ases de siempre (el Senesino y las dos rivales, Cuzzani y Bordoni). Es extraño que con las situaciones que se plantean haya sólo dos arias de furor (y la más interesante la del antihéroe) y que un momento vital de la furia de Ricardo se resuelva sólo en un -notable por cierto- recitativo acompañado.
Probablemente la distinguida, que no sobresaliente, ejecución tenga algo de responsabilidad.
Lo mejor vino del conjunto creado por Willian Christie que ahora dirige el un tiempo contratenor Paul Agnew con excelentes resultados.
Sobresalientes fueron las dos intérpretes femeninas. La más conocida Mélissa Petit es una excelente soprano capaz de messe di voce y notas filadas ideales para una parte sólo doliente o esperanzada como la prometida del rey codiciada por el chipriota (Isacio). Imagino que podría ser una muy buena Cleopatra, pero aquí el perfil unilateral del personaje limitó un tanto su éxito (incluido su extraordinario desempeño en su gran última aria ‘Il volo così fido’, con sus imitaciones del canto de los pájaros con instrumentos de viento complementados por las cuerdas).
A Juliette Mey sólo podría señalársele que no parece una mezzo, sino una soprano de color más oscuro, sin mucho registro grave y con un extremo agudo a veces muy fijo, pero el personaje de Pulcheria es muy interesante y variado, y fue el que se llevó más aplausos.
El protagonista de Hugh Cutting fue bueno, pero como otros contratenores ingleses tiene un timbre ingrato, un registro central y grave opacos que retiran toda posible expresividad. En el aspecto de color resultó algo más interesante el otro contratenor, el personaje de Oronte, amante más o menos despechado de Pulcheria, Paul Figuier.
Las voces graves tienen menos importancia, pero la que más, la del tirano Isacio, fue confiada a un bajobarítono (tales distinciones no cabían en la época de la composición) que cantó con mucho -incluso tal vez excesivo- entusiasmo lo que le hizo abrir más de lo recomendable sus notas agudas y graves.
Probablemente me equivoque, pero el tipo de personalidad y canto hacen pensar que Andreas Wolf tendría que considerar cuál va a ser su repertorio principal. Resultó en cambio muy interesante la actuación de Alex Rosen en el papel con menos posibilidades de lucimiento (una sola aria y recitativos), el del escudero de Costanza, Berardo, en el que exhibió un bello color oscuro y homogéneo, y tal vez sólo debería regular más el volumen en los recitativos.
La sala estaba concurrida, pero eran evidentes los claros, sobre todo después de la pausa.
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