Francia

Simpático

Francisco Leonarte
Huw Montague Rendall
Huw Montague Rendall © 2026 by Simon Fowler / Théâtre des Champs-Élysées
París, martes, 13 de octubre de 2026.
Théâtre des Champs-Élysées. Le nozze di Figaro, opera en cuatro actos. Música de W. A. Mozart. Libreto de Da Ponte directamente tomado de la obra de P. A. Caron de Beaumarchais. Versión de concierto. Con Adrien Fournaison (Figaro), Lauranne Oliva (Susanna), Huw Montague-Rendall (il conte), Elbenita Kajtazi (la contessa), Eva Zaïcik (Cherubino), Nicolas Brooymans (Bartolo, Antonio), Jennifer Courcier (Barbarina), Diane Montague (Marcellina), Raphaël Brémard (don Basilio, don Curzio). Bª Rock Orchestra. Dirección musical, Sasha Scolnik-Brower.
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Otras Bodas de Fígaro. Esta vez en versión de concierto.

Al frente de la Bª Rock Orchestra (un poco tonto utilizar como nombre un juego de palabras un tanto manido, ¿no?), orquesta con instrumentos de época que suenan muy bien, Sasha Solnik-Brower, un director de orquesta resuelto a hacer que su actuación brille ante todo y sobre todos. De hecho, si bien es cierto que Scolnik-Brower cuida los detalles y se preocupa por las líneas presentes en la partitura instrumental, a menudo olvida el material canoro y las necesidades concretas de los cantantes de los que dispone, de suerte que el sonido orquestal tiende a sobrepasar a los cantantes.

Todos los intérpretes tienen una innegable capacidad actoral. Lauranne Oliva, tiene muy bonito timbre pero es patente que ha trabajado poco el rol (y eso no sólo se nota en su dependencia constante de la tablet con la partitura) y queda muy justita en los graves: en particular en su última aria, «Deh vieni non tardar». Justito también en graves Adrien Fournaison como Figaro, de voz más mate. La veterana Diana Montague (madre en la vida real de Hugues Montague-Rendall) cumple con su papel de Marcellina. Como cumple Nicolas Brooymans en su doble papel de Antonio (sabrosa caracterización) y de Bartolo. Jennifer Courcier consigue componer un auténtico personaje con su pequeño rol de Barbarina, como también Raphaël Brémard en su doble cometido de juez y de Basilio.

Ante este plantel de cantantes simpáticos pero un poco ligeros, Huw Montague-Rendall parece tener más peso. Tiene sobre todo una buena técnica y un excelente sentido actoral que le permite coqueterías muy eficaces (hacer un gesto de impaciencia que corresponde a cierta nota orquestal, tomar una breve inflexión de voz que remite a un gesto cotidiano...). La voz también más grande de Eva Zaïcik, de técnica siempre impecable, funciona muy bien para Cherubino. Pero quien se lleva el gato al agua es Elbenita Kajtazi como condesa con una voz de más cuajo que las de sus compañeros, bien manejada, y con buena expresividad actoral.

El público llena la sala (véase el tirón de esta ópera, porque tampoco podemos hablar de intérpretes-estrellas) y se muestra encantado. Es innegable que ha habido teatro y música, que al fin y a la postre es lo que cuenta. Los abundantes gags y sorpresas de Beaumarchais han vuelto a funcionar, la música de Mozart también.

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