Obituario

Marisa Manchado: alegría y tragedia

Xoán M. Carreira
Marisa Manchado Marisa Manchado © marisamanchado.com
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La trágica muerte de la compositora, Marisa Manchado, una querida amiga desde hace más de treinta años, me ha provocado una serie de reflexiones personales al margen de la información biográfica ya publicada en Mundoclasico.com el pasado 29 de octubre, cuando la noticia de su fallecimiento aún no estaba confirmada. 

Marisa formaba parte de un grupo variopinto de creadores, musicólogos, gestores y periodistas musicales nacidos en la década de 1950, en la que se produjo el fin de la autarquía y la entrada de España en la ONU. Nuestra juventud transcurrió en un país muy triste, sin referencias y sin horizontes, en el que el acceso a la información cultural, y aún más musical, era muy difícil y requería un esfuerzo y un tesón lindantes con lo obsesivo. 

Cuando Marisa inició su tarea creadora, el panorama musical español era desolador en todas las áreas y muy especialmente en la educativa. Muchos compositores/as pudieron desarrollar su carrera gracias a recursos económicos familiares o propios. Pero no era el caso de Marisa Manchado, quien pertenecía además a una familia proscrita por el régimen franquista, con una madre, Nieves Herrero, presa franquista muy vinculada a las 'Trece rosas', una notoriedad que desde su infancia sabía que marcaría su vida y su carrera. 

A esto se unía la existencia de una censura estética que primaba el formalismo radical en las artes plásticas -que le interesaban mucho- y la música de concierto, e invisibilizaba los realismos pictóricos y cualquier corriente musical fuera de las vanguardias institucionales y subvencionadas. El peso de Luis de Pablo, Cristóbal Halffter, Ramón Barce, González Acilu y otros creadores del tardofranquismo pesaron como losas sobre todos los compositores del área madrileña, y Marisa Manchado era madrileña de pura cepa, del barrio de Malasaña, entonces un barrio obrero y triste, al que Marisa siempre mostró especial querencia. 

A las dificultades comunes al resto de su generación, Marisa Manchado sumaba una más, casi la más significativa y contra la que más luchó: ser mujer. Sus padres le habían enseñado otra cosa, pero el mundo musical -clasista y misógino- no aceptaba mujeres que intentaban empoderarse. Este fin de semana repasé mentalmente mis recuerdos, las pocas mujeres que desarrollaban su tarea creativa en aquellos primeros años de la democracia, que a veces queremos ver como una época de libertad ilusionada pero cuya realidad seguía siendo triste, injusta y a menudo descorazonadora. No tuvieron una vida fácil, unas componiendo y estrenando obras que luego firmaban hombres; otras sacrificando sus vidas sentimentales; casi siempre minusvaloradas y ninguneadas, con demasiada frecuencia forzadas a ser heroínas incansables, pero también amargadas, en una lucha por utopías inalcanzables. 

Desde nuestro primer encuentro en Roma en otoño de 1995, tuve claras dos características de Marisa Manchado: su sonrisa contagiosa y su personalidad volcánica, que acompañaron siempre una relación marcada por numerosas discrepancias que nunca empañaron nuestra amistad. Conocía bien mi escasa simpatía por sus ideas leninistas, y Marisa me preguntó en varias ocasiones -sonriente y con la mirada brillante- por qué yo no era comunista. Pocas veces me complació una obra suya, que pocas veces conseguía entender y a menudo publiqué reseñas muy severas tras sus estrenos. Marisa las asumió sin reproches y a la primera ocasión bromeaba cariñosamente sobre las mismas. Porque sabía que -aunque duela- uno tiene que ser fiel a sus convicciones ... o por lo menos intentarlo. Sospecho que Marisa siempre me entendió a mí mejor que yo a ella. Conocedora de mi casi seguro desacuerdo con algunos de sus proyectos más relevantes, nunca dejó de explicármelos y consultar mi opinión, que siempre tuvo en consideración aunque luego siguiera su senda. 

Nuestra última conversación sobre el Premio María de Pablos tuvo lugar hace ocho días y quedé con la ilusión de encontranos en Segovia el 30 de enero. No nos veíamos mucho pero nos queríamos, y nos unía una fuerza tan poderosa como los sueños utópicos. 

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