Después de su titularidad de 16 años al frente de la Filarmónica de Berlín, Simon Rattle fue recibido para la titularidad artística de la Sinfónica de Londres en el 2017 como el héroe inglés que vuelve a su patria. Entre sus planes figuraba la construcción de lo que Londres no tiene, a saber, un auditorio comparable a los de Paris o Berlín. El héroe se volvió a Alemania cuando estos planes fueron arruinados por el Brexit y la proverbial mezquindad británica para llevar a cabo proyectos culturales de envergadura. Y es así que a la Sinfónica no le quedó más remedio que permanecer en el auditorio del Barbican, el cual pide a gritos una renovación radical para corregir una acústica defectuosa.
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Y a gritos salió allí la Sinfonía nº 2 de Mahler (Resurrección) recientemente dirigida por Antonio Pappano, un sucesor de Rattle de quilates artísticos similares a los de este. A gritos, como protestando contra la sequedad y reverberaciones de una sala inapropiada.
Frente a estas circunstancias adversas Pappano no pareció preocuparse demasiado por imponer un balance de dinámicas y a ello añadió una articulación excesivamente enfática ya desde los acordes iniciales del Allegro Maestoso. ¿Cómo graduar después de este comienzo la progresión dramática del resto de la obra, a través de la intimidad del Ländler en el andante y el “calmo fluir” (“ruhig fliessender Bewegung”) indicado por Mahler para el Scherzo?
En comparación, recuerdo como Abbado y Bernstein dirigieron a Mahler en esta misma sala con mayor cuidado, para de este modo atenuar los problemas acústicos. No experimenté allí con ellos la Segunda o la Octava sinfonía, pero sí las otras y aún la explosión sonora del tercer movimiento de la Cuarta con Bernstein me pareció más controlada que los clímax de Pappano con esta “Resurrección”.
De cualquier manera: el misterioso y aprehensivo “Urhlich” permitió el lucimiento de Noa Beinart, una contralto de lujurioso y bien proyectado timbre. Pero en el último movimiento la normalmente excelente Maria Begtson vio nubladas las notas de su registro medio por la masa orquestal. De más está decir que tratándose de un talento como Pappano, no faltaron conmovedores acentos dramáticos a partir del susurro inicial del similarmente excepcional coro de la Sinfónica.
Y con similar asertividad dramática progresaron todos a un final arrebatador en el cual parecieron decirnos que, “¡al diablo con la acústica! ¡Nosotros vamos por todo, se oiga como se oiga!” Imposible no admirarlos por su arrojo.
Siempre empeñado en introducir obras poco conocidas a su público, Pappano preludió la Segunda de Mahler con Amber Alchemy una breve pieza orquestal (10 minutos) de Dan Fujimura consistente en expresivos acordes de cantábile minimalista fundamentalmente a cargo de las cuerdas.
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Una muestra de la versatilidad y el talento de Pappano y su orquesta fue el hecho que en la misma semana de la Resurrección volvieron a presentarse con la Novena de Bruckner, y esta vez las asperezas arquitectónicas de la misma sala no alcanzaron a malograr la arquitectura sonora de una obra que ejecutaron con refinada sensibilidad y magistral exposición cromática.
Aquí sí que los sforzando del primer movimiento salieron intensos y sin estridencias, bien de acuerdo a las instrucciones de Feierlich (solemne) y sobre todo misterioso impuestas por el compositor. A partir de allí, el resto del movimiento fluyó con meditativa calma hasta construir una coda final acordes intensos, pero nunca forzados. En el segundo movimiento los pizzicatos y el contraste de disonancias rítmicas de las maderas de viento fueron expuestos con diferenciada y meditativa claridad.
El tercer (y último en esta versión) movimiento fue modélico por la radiante progresión de los crescendos y el balance entre las cuerdas y las inquietantes intervenciones de las tubas y trombones. Enseguida y después del último tutti la orquesta se deslizó con contenida expresividad a una coda final idílicamente balanceada por su calma y asertiva expresividad.
Como en el final de la Inconclusa de Schubert, o la Novena de Mahler, la inmensidad del arte de Bruckner logró también en esta oportunidad proyectarse en una tranquila introducción al silencio que completó los últimos acordes.
Antes de la Novena de Bruckner la orquesta interpretó el expresivo Concierto para chelo de Edmund Finnis con Sheku Kanneh Manson como solista.
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