Este año se cumplen cincuenta de la desaparición, una fría noche del marzo moscovita, de Sergei Sergeievich Procofiev, uno de los compositores que modestamente considero puntales de la música del siglo XX (que me perdonen serialistas, minimalistas, neotonales, espectralistas, electroacústicos y nacionalistas diversos, que hay sitio para todos). Si bien, como ocurre con casi todos los genios, su vida y su obra no han sido justamente valoradas sino a partir de entonces: válganos a todos como excusa redentora que Stalin murió esa misma noche. Por eso tengo para mí que no debemos festejar el cincuentenario de la muerte de Procofiev, sino los diez lustros del gozoso sonido de su música libre, clara, expansiva, colorista, siempre punzante en la sequedad de su piano o en su orquestación maestra: así es el arte de este genio a quien le agradaba…
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