Reconozcámoslo: quien más quien menos entre los lectores de esta reseña –y su autor el primero- en algún momento de su vida han agarrado una aguja de hacer calceta y se han puesto a dirigir ante el espejo su disco favorito; de ellos, algunos incluso dispondrán de la partitura de esa obra y de un atril donde colocarla; aquéllos con posibles, lo harán reproduciendo el compacto en un equipo carísimo en el vano intento de sentirse en medio de una sala de conciertos; muy pocos, además, habrán reunido las influencias suficientes para pedir una oportunidad en un concierto real, y contadísimos los que habrán podido llamar a las puertas de una orquesta de relumbrón… para quedarse, eso, a las puertas (que se lo pregunten si no a Norio Ohga, consejero-delegado de Sony en la época de las vacas gordas). Por fin, hay quien da la campanada; y hay quien…
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