Llegó por barco desde Europa, con las patas bien atadas y la boca amordazada para no dejar salir ningún sonido, América lo recibió como se recibe a King Kong o a un ejemplar parecido. Hicieron falta diez hombres para bajarlo a tierra y desatarlo cautelosamente en medio de sudores y jadeos.El Piano, el objeto, es grave y reticente. Tiene mucho de animal o bestia, de hombre y mujer. Solo basta verlo sostenido sobre sus patas, el trípode que sostiene su masivo y grave cuerpo, su cola inmóvil, su boca que deja ver una sonrisa fija tendida sobre una bahía de marfil y ébano, para imaginarse la bestia escondida dentro de él.Tiene también algo de pantera: nos subyuga y domina, guardamos silencio ante él, nos ahoga en su negritud. Es como un gato gigante visto por Picasso, un gato que levanta el lomo-tapa para defenderse y mostrar su verdadera…
Comentarios