Lo de montar un programa fúnebre en fechas cercanas al Día de Todos los Santos no es algo nuevo ni original. Sí lo es, en cambio, la elección de obras contemporáneas como centro gravitatorio de ese programa, una apuesta arriesgada por parte de la ORTVE que, como comodín del público, incluyó también el Requiem de Cherubini, una incoherencia sólo comprensible como concesión comercial de los responsables de programación de la orquesta.El resultado fue un concierto con dos mitades distintas como la noche y el día (o el día y la noche, no me mojo) que logró desconcertar al público en demasía, quizá porque esperamos que la evolución de un acto musical discurra en un nivel de intensidad creciente, y después de la barbaridad de Halffter lo cierto es que el Cherubini sonó casi a David Bisbal (o Bustamante, como gusten). Con todo, y como siempre…
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