Otra vez la sala llena. Es que el público habitual de la Sinfónica, después de tres años de vida, ya estableció sus preferencias, que quedaron de manifiesto, una vez más, en este esperado regreso al podio del maestro Felipe Izcaray.No voy a repetir aquí sus dotes técnicas y musicales, pero interesa señalar la claridad absoluta de su gesto y un detalle que solo se advierte en ciclos como éste, donde intervienen los solistas de la orquesta. Se trata del inamovible respeto que el maestro siente por ellos y que deviene en poner a la orquesta en el fraseo y volumen más adecuado para la obra y para las condiciones de quien es el protagonista.Así sucedió con la página de Mozart en donde un inspirado Jiménez no tuvo nada para envidiar del solista de hace dos años, el excelente Pablo Thimental. A pesar de su juventud, tuvo la madurez necesaria no…
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