Inauguro este artículo resaltando una obviedad: la vida es tan corta que a duras penas logramos materializar una mínima parte de nuestros sueños. En un momento de su historia, la humanidad halló una solución a este contratiempo, nunca mejor dicho, que no por más evidente resulta menos fastidioso. La religión. Así, la promesa de un paraíso, o la esperanza en la reencarnación han mitigado en gran medida la melancolía que genera ser consciente de lo efímero de la existencia. No obstante, hay una clase de devotos practicantes que, sin esperar a que se le pare el corazón, ha decidido ganarle la batalla a la fugacidad del tiempo robando, o comprando, instantes de sus ídolos. Los practicantes de este culto a dioses humanos reciben el nombre de cazadores de autógrafos y se dividen, principalmente, en dos grupos confesionales, los proustianos y…
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