Entre las numerosas adicciones que he padecido a lo largo de mi vida, la más desconcertante es a los programas de mano de los conciertos. Por más vueltas que le doy, no hallo los motivos que me impulsaron a caer en las garras de un vicio tan absurdo; del mismo modo que tampoco sé por qué fumo. La comparación no es gratuita porque los comentarios de los eruditos se parecen a los paquetes de tabaco en el hecho de que te indican la composición de cada obra, pero no las razones para consumirla.Es más, incluso, algunos, causan los mismos efectos que tragarse en ayunas el humo de un pitillo. Una vez me fumé, perdón, quiero decir leí, la autopsia que un erudito le había practicado a la obra de Beethoven que íbamos a interpretar aquel día, la Novena Sinfonía. Me mareé. El muy bestia, tras abrirla en canal, analizaba el tempo que yacía en el…
Comentarios