Reportajes

El desafío de competir. Sarah Vaughan

Roberto Espinosa
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Cada vez que la tristeza o la alegría lo acorralan, Asbury abandona la carpintería, abraza la guitarra y comienza a deshojar unos blues. Para Ada es más fácil, porque mientras lava la ropa de los vecinos puebla la primavera con las plegarias de su canto, al que también hace resucitar los domingos en la iglesia Mount Zion Baptist. Newark queda en New Jersey. Ese 27 de marzo de 1924, el carpintero y la lavandera se besan con algarabía porque Sarah Vaughan acaba de nacer.

“Tuve una infancia muy feliz. Fui hija única; no teníamos plata, pero siempre estábamos muy contentos. Como mi mamá comencé cantando y tocando el órgano en la iglesia. A los 18 años mis amigos me alentaron para que interviniese en el concurso de cantantes que el Teatro Apollo organizaba en Harlem. El premio consistía en 10 dólares y pensé que por ese dinero valía la pena…

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