Parecían como alejados, a millas de la expectante tensión de una sala repleta: Haitink tranquilamente concentrado en una gesticulación siempre sobria y moderada, alternada con fugaces miradas a la partitura escrita, y los filarmónicos vieneses, con esa actitud tan de ellos, relajada, como si sólo se tratara de dejar fluir a la música sin el menor esfuerzo. Como estos artistas se aprestaban a emprender el camino de la muerte propuesto por la Novena de Mahler, quedó claro desde los primeros acordes: las cuerdas sonaron...casi en piano con una distendida morbidez y los metales entraron con ese vibrato único, todavía propiedad mundial exclusiva de esta gran orquesta. El tan mentado ritmo de la irregularidad cardiaca fue expuesto como si se tratara de un traspié inevitable y la afirmación de las cuerdas a lo largo de la primera melodía…
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