Cuando al final de una representación operística el director musical recibe una ovación atronadora, por encima de la que el público dedica a los cantantes, es señal inequívoca de que uno ha asistido a una buena función. Porque el secreto del éxito de una noche de ópera siempre está en las fuerzas estables del teatro donde se representa, por encima de las coyunturas y papanatismos que suelen enturbiar la verdadera clase de este o aquel director de escena, o de este o aquel cantante. Y para que la orquesta y el coro de un teatro den lo mejor de sí hace falta un director que sepa lo que se trae entre manos.
Adam Fischer lleva más de treinta años ganándose los garbanzos en los mejores teatros del mundo, y haciendo casi siempre el repertorio más comprometido, esto es, el alemán. En él Wolfgang Wagner encontró la tabla de salvación para el…
Comentarios