La flexibilidad es un gran don para una orquesta, porque es evidente que Mozart no debe sonar como Beethoven y que la orquesta de Beethoven no debe parecerse excesivamente a la de Debussy. No obstante, hay orquestas que, siendo grandísimas, no poseen esa flexibilidad necesaria que les permita adecuarse a la idiosincrasia de todos los repertorios que tocan. Estoy pensando, por ejemplo, en las interpretaciones de música francesa del XX que ha dejado firmadas la Filarmónica de Berlín, tan pesadas ellas. O, dando la vuelta a la situación, las versiones francesas de óperas wagnerianas, que siempre han pasado desapercibidas y en las que el sonido orquestal resulta tan poco convincente. Otro mundo se nos abre con la música rusa: aún hoy, las rudas versiones de Chaicovsqui que firmó Mravinsqui con la Filarmónica de Leningrado hace 40 años me…
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