Casi un año después (con un mes de diferencia), pude asistir a la última jornada de la Tetralogía sustancialmente con los mismos intérpretes de la primera (prólogo y segunda quedarán para otro momento, cuando mi calendario, mi paciencia y un buen elenco coincidan). Hacía mucho que no veía el Ocaso, que, después de La Valquiria, es la que más me entusiasma pese a su desmesurada duración. La única ventaja es que ahí no hay director de escena que se anima a no hacer los intervalos marcados por el autor.
La puesta de Kupfer volvió a ser notable aunque tal vez haya algunos detalles no demasiado claros u obviables (por ejemplo ese final con ‘Alberich’ apoderándose del anillo para que éste se le haga polvo entre las manos mientras una pareja de niños planta de nuevo el fresno sagrado -concepción cíclica que, sin pretender interpretar a Wagner,…
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