La pregunta se la hace Apolo a sí mismo en su intenso y revelador soliloquio final, tras haber fulminado a Leucipo por celos y a la vista de la reacción de Dafne, cuando ésta por fin comprende que la verdadera entrega no está en el ensimismamiento por la luz del sol y los habitantes de la naturaleza, y mucho menos en los dioses que juegan a ser humanos, sino en el hombre al que siempre vio sólo como compañero de juegos, y a quien finalmente se ofrece como señal del único amor transformándose en un laurel. La pregunta no es, pues, retórica, sino expresión del reconocimiento y reparación del error –ésa es la diferencia entre los dioses del Olimpo y los del Walhalla-, y por lo tanto la tragedia termina en el mismo hermoso ambiente de serenidad con el que comienza. O debería, porque, por lo mismo, no me parece coherente que Apolo se pase la…
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