Reportajes

Los duelos entre sopranos: una vieja historia

Susana Desimone
lunes, 24 de julio de 2000
0,000162 Quien crea que la rivalidad entre sopranos y los bandos partidarios de unas y otras data de tiempos más o menos recientes o que los empresarios, representantes y compañías grabadoras atizaron esos fuegos mientras se frotaban las manos al calor de las luchas desatadas, debería recordar que no hay casi nada nuevo bajo el sol.Ya se sabe que, como alguna vez se dijo, la diferencia entre una soprano y un terrorista consiste en que con el terrorista se puede negociar (aunque la misma broma suele aplicarse a las mujeres en general y a las suegras en particular, según el relator y su circunstancia).Pero lo cierto es que ya en el siglo XVIII se produjo un memorable enfrentamiento entre dos divas de la época: Faustina Bordoni (1693-1781 y Francesca Cuzzoni (c.1698-1770).Para una mejor ubicación en el tiempo digamos que, como puede leerse en el Diccionario de Música Grove (Singing: 3. 17th y 18th Centuries) "la historia del canto en los siglos XVII y XVIII se caracterizó por el surgimiento de la estrella profesional de la ópera, inaugurándose una época en la que se sucedieron famosos cantantes. También en esta época fueron muy populares los castrati y tuvo lugar la formación y difusión del estilo italiano del canto, luego conocido como bel canto, basado en la comprensión y el control de las secciones vocales de las obras y un casi desmedido afán por la ornamentación vocal".Mientras algunas ciudades-estado italianas tuvieron leyes que prohibían a las mujeres aparecer sobre un escenario, los castrati fueron imprescindibles y muchos de ellos fueron sometidos a esa bárbara práctica con el beneplácito y el ofrecimiento voluntario de ellos por parte de sus familias, generalmente muy pobres, que encontraban una inesperada fuente de recursos en esos niños de bellas voces que, generalmente, comenzaban a cantar en un coro, hasta que se distinguían dentro del conjunto. Las voces masculinas resultantes -luego de la castración- tenían entonces la categoría vocal y la agilidad de una soprano, más el poder pulmonar y la fuerza de un tenor o un bajo.Sin embargo, comenzaron a surgir voces femeninas cuyo registro de soprano era el único que podía rivalizar con el de los castrados con lo que su popularidad fue aumentando de manera irresistible. Así, a comienzos del siglo XVII, Francesca Caccini causó verdadera sensación en París y fue invitada por el propio rey Enrique IV a sumarse a los músicos y cantantes de la corte francesa.A ella se sumaron más tarde otras grandes sopranos que gozaron de la aclamación popular durante el período barroco que culminó en las brillantes carreras de Francesca Cuzzoni y Faustina Bordoni.La primera hizo su primera aparición en Parma en 1716 y debutó en Venecia en 1718. Después de casarse con el compositor e intérprete de clavicordio Pietro Giuseppe Sandoni, hizo su primera aparición en el King's Theatre en Ottone una de las óperas de Haendel en 1722.Una anécdota refleja claramente la personalidad, tanto de Haendel como la de Francesca. Según se cuenta, la soprano se negaba a cantar el aria Falsa imagine, tal como el autor lo exigía por lo que éste la amenazó con colgarla cabeza abajo desde una ventana hasta que las cosas se hicieran como él lo había dispuesto.En otra ocasión Haendel, rojo de furia, se dirigió a la Cuzzoni diciéndole: "Madame, yo sé que vos sois un demonio, pero sabed que yo soy Belcebú, el jefe de los demonios".Digamos, a manera de descargo parcial de Haendel, que él no quería componer sólo para lucimiento de sus estrellas, sino que escribió óperas de profundo interés dramático con papeles de gran carácter y que la combinación de dramaturgia y música tranformó la ópera en un espectáculo apreciado tanto por la aristocracia como por el pueblo en el Londres del siglo XVIII.Fue en 1726 que Francesca Cuzzoni apareció cantando por primera vez junto con Faustina Bordoni en Londres, aunque existen constancias de algunas presentaciones anteriores de ambas en 1718 y 1719.Faustina había debutado en Venecia en 1716 y allí cantó habitualmente hasta 1725. Antes de su aparición en el King's Theatre de Londres cantó en Reggio, Módena, Bologna, Nápoles, Munich y también, privadamente, en Roma.De modo que para la época de su gran presentación conjunta con la Cuzzoni, las dos tenían ya una bien ganada fama y un séquito de fanáticos admiradores.Y fue precisamente durante la representación de una ópera de Haendel: Astianate, cuando se produjo un fenomenal escándalo: en presencia de lo más refinado de la sociedad londinense las dos cantantes se enredaron -sobre el mismo escenario- en una pelea en la que rodaron por el suelo tirándose de sus cabelleras sin piedad alguna, mientras luchas paralelas tenían lugar fuera del teatro entre los partidarios de una y de otra.Este hecho fue satirizado en años después en La ópera del mendigo de John Gay y se recuerda hasta el presente como manifestación de una rivalidad entre sopranos, feroz y sin atenuantes.Cabe recordar que el destino de estas cantantes fue muy diferente. En efecto, mientras la Bordoni, elogiada por la crítica por su perfecta entonación y el control de su respiración, terminó apaciblemente sus días, luego de una brillante carrera, la temperamental Cuzzoni cantó también durante mucho tiempo en las principales ciudades europeas pero llevando a la vez un estilo de vida extravagante que la hizo contraer enormes deudas. Regresó a Londres a fin de cantar con la idea de pagar algo por lo menos de lo mucho que debía, pero su voz ya no era la misma y la cantidad de sus seguidores se fue reduciendo. Llegó a estar presa por deudas en dos ocasiones hasta que murió en un asilo de Bologna, dedicándose en los últimos años de su vida a fabricar botones para subsistir.Doscientos años después, la rivalidad entre Renata Tebaldi y María Callas tuvo formas más sutiles y refinadas, pero no menos profundas.Así, en cierta ocasión la Tebaldi declaró a la prensa que se alejaba de La Scala porque ya no había allí lugar para élla. Y en tanto la Callas decía: "Renata Tebaldi es una artista sin columna vertebral", ésta le respondía: "No tendré columna vertebral pero tengo algo que le falta a la Callas: un corazón".Durante los años cincuenta los partidarios de una y de otra solían tener violentos enfrentamientos dentro y fuera de La Scala de Milán, sosteniendo una guerra que hoy nos resulta bastante incomprensible, si advertimos el respeto con que se comportan los admiradores de Pavarotti, Carreras o Domingo por ejemplo y la habilidad con que los tres tenores han publicitado su amistad y no sus enconos personales.Si lo que ocurre en los tiempos actuales es producto de la evolución de las costumbres hacia formas más civilizadas de convivencia, sólo cabe congratularnos por ello y desear que esa evolución se haga extensiva más allá de los escenarios de ópera del mundo, donde está a la vista que no sucede lo mismo.
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