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Murió Carlos Kleiber, un mito de nuestro tiempo

Redacción
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El pasado 13 de julio falleció el director de orquesta Carlos Kleiber, un mito de nuestro tiempo. Kleiber murió igual que vivió: envuelto en el misterio y la discrección, ya que la noticia del óbito se conoció este lunes, 7 días después de su muerte y cuando el cuerpo ya descansa, desde el pasado sábado, en el cementerio de la localidad de Konjsica, en Eslovenia, país de origen de su madre. La noticia de la muerte del director de orquesta argentino-austriaco fue comunicada ayer por una sobrina suya.

Hasta su muerte siguió siendo el enfant terrible. Los melómanos deseaban que se prodigara más por los escenarios, los críticos se apaciguaban ante sus sensibles gestos con la batuta. Muchos le critican su divismo -no concedía entrevistas, cancelaba actuaciones, no aceptaba órdenes- otros le creían el más grande director de orquesta de todos los tiempos.

Y la verdad es que su repertorio no fue extenso, sus pegas, en cambio, para dirigir fueron enormes. Pero su afán perfeccionista y buen hacer en el trabajo musical hicieron que cuando se colocaba al frente de un conjunto diera lo mejor de si mismo.

Debutó en 1954 dirigiendo en Postdam tras haber abandonado sus estudios de química, dedicando sus esfuerzos posteriores a distintas orquestas en Düsseldorf, Zurich (1964-66) y Stuttgart (1966-68). Dirigió en la Musikvereinssaal,  en el Teatro alla Scala, en Bayreuth, el Covent Garden, ... siendo sobre todo freelancing, lo que ha permitido a Kleiber gozar de su independencia y huir de la rutina.

Sus grabaciones también son escasas, y es que trabajar con Kleiber implica que él elige orquesta, solistas y modo de trabajo. El tiempo no cuenta, solo el resultado final, y Kleiber buscaba la perfección.

Hijo del también mítico Erich Kleiber, Carlos nació en Berlín el 3 de julio de 1930. Abandonó Alemania, con toda su familia en 1935 para instalarse en Buenos Aires, donde comenzó sus estudios musicales en 1950. A su vuelta a Europa, comenzó a estudiar Química en Zurich, pero pronto lo abandonó a favor de la música.

Su primer puesto profesional fue como ayudante en el Gartnerplatz Theatre de Munich en 1952, dejándolo en 1954 para hacerse cargo de la dirección musical de Potsdam. Posteriormente aceptaría idéntico cargo en la Ópera Alemana del Rin (1958-64), Zurich (1964-66), Stuttgart (1966-68) y Munich (1968).

Calificado como "el director más venerado tras Arturo Toscanini" por el New York Times, en las últimas décadas abandonó todos sus cargos de responsabilidad y prefirió dedicarse a la dirección de grandes orquestas como artista invitado. Sus discos son escasos y, precisamente por ello, muy valorados por el público que aprecia la dedicación del maestro a un minúsculo repertorio compuesto fundamentalmente por Beethoven, Richard Strauss, Brahms y Mozart.

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