Aída es densa de colores, a veces oscura como la noche misteriosa y miedosa, por momentos luminosa, de un rojo que invade toda la escena o por momentos es dorada, porque el oro exalta la victoria. Enormes espejos reflectores engrandecen el espacio escénico que dibuja, y parece que todo está tergiversado, pero en realidad todo es proyectado en una dimensión llena de misterios, de amor y de exaltante triunfo.
Este bello espectáculo es mérito de Hugo de Ana, quien se ocupó de la regia, la escena y la iluminación. Ninguna inconsistencia material o espiritual, todo lo demás, las luces y los reflejos de la imaginación, redoblados por los espejos, eran una expresión simbólica, espiritualizada, del evento, en el que el amor y las sospechas se encuentran, y la exaltación heroica se transformaba en una vida espiritual e intensa. Las pocas luces…
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